El hombre de barba entrecana, Rafael, alzó apenas la vista del teléfono. Tenía los labios secos y el pulgar inmóvil sobre la pantalla. Daniel le preguntó qué ocurría, pero él tardó un instante en responder.

—Se han suspendido las autorizaciones de la sociedad —dijo—. También la disposición de la cuenta de la fundación.

Patricia apretó su móvil contra el pecho, como si así pudiera deshacer el aviso. Daniel soltó una risa breve, incrédula.

—Emily está fingiendo. Una llamada no puede hacer eso.

—Una llamada de la presidenta del consejo, sí —repuso Rafael.

El silencio alcanzó incluso a los parientes que todavía miraban sus pantallas. Rafael era el director financiero de la empresa familiar y sabía distinguir una incidencia bancaria de una orden formal. Los avisos indicaban una suspensión cautelar de los instrumentos corporativos y una revisión de las transferencias pendientes. Las cuentas privadas de cada cual seguían siendo suyas; lo que se había detenido era el dinero que administraban en nombre de otros.

Daniel miró hacia las puertas de cristal. Emily ya había salido al camino de grava. Se lanzó tras ella, pero Rafael se interpuso.

—No vuelvas a acercarte así. Acabas de golpearla delante de todos.

—Es mi mujer.

—Eso no te da ningún derecho.

La frase, dicha por alguien que rara vez contradecía a Daniel, hizo que varios familiares bajaran la mirada. Patricia recuperó la voz para exigirle a Rafael que llamara al banco. Él negó con la cabeza.

—Primero quiero saber por qué el pago a Construcciones Varela estaba programado para hoy. Casi dos millones de euros, con cargo al proyecto de viviendas de San Isidro.

Patricia abrió la boca y la cerró. Daniel dijo que se trataba de una adjudicación ordinaria, pero Rafael había revisado aquel expediente la víspera: faltaban la certificación de obra y la firma de la interventora. Había recibido una instrucción para no preguntar, enviada desde el despacho de Patricia.

Al otro lado del cristal, Emily se detuvo cuando oyó que la llamaban por su nombre. No regresó. Marcus acababa de aparcar junto a la verja y salió del coche con una carpeta bajo el brazo. Era el responsable de cumplimiento del grupo y llevaba semanas reuniendo documentos con ella. Al ver las marcas en su mejilla izquierda, preguntó si necesitaba atención médica.

—Sí, después de dejar constancia de lo que ha pasado —contestó Emily—. Hay testigos. Y dentro está la transferencia que intentaban ejecutar.

Marcus le explicó que el banco había recibido la comunicación del consejo y que las operaciones de riesgo quedaban sujetas a revisión. Emily había firmado las facultades necesarias aquella mañana, antes de acudir a la comida familiar. La llamada había activado el protocolo previsto si Daniel o Patricia intentaban forzar un pago o intimidarla para que retirase sus objeciones. Nunca había imaginado que Daniel la golpearía.

Él apareció en el umbral. La distancia entre ambos era pequeña, pero Emily no dio un paso atrás.

—Has venido preparada para humillarnos —dijo Daniel.

—He venido a pedirte que mirases las facturas antes de firmar. Me respondiste con una bofetada.

Daniel vio entonces el enrojecimiento de su cara sin el amparo de su propia ira. Bajó la mano con la que había señalado la salida. No pidió perdón. Quiso saber cuánto tiempo llevaba investigando a su madre.

—Lo suficiente para saber que faltan fondos destinados a familias que esperan esas viviendas —dijo Emily—. Y lo bastante poco para necesitar todavía la verdad.

Marcus propuso que hablaran en presencia de un abogado. Emily aceptó, pero dejó claro que aquella noche no volvería a la casa. Daniel se apartó para que ella pasara junto al coche. Desde el vestíbulo, Rafael observaba a Patricia buscar una explicación entre los mensajes de su teléfono. En uno de ellos reconoció el nombre del proveedor al que se dirigía el pago suspendido. Por primera vez comprendió que su firma podía haber servido para encubrir algo mucho más grave que una disputa familiar.

Emily subió al coche. Antes de cerrar la puerta, le pidió a Marcus que preservara las grabaciones del vestíbulo y los registros de autorización. Daniel escuchó la petición entera. Cuando el vehículo arrancó, Rafael se volvió hacia Patricia.

—Necesito todos los contratos de Varela. Ahora.

Ella respondió que no sabía dónde estaban. Rafael acababa de ver una carpeta con ese nombre en la pantalla de su marido y reconoció, en su mentira, el comienzo de una historia que ya no podría contenerse entre aquellas paredes.

La historia aún no ha terminado… descubre lo que sucede en el próximo PARTE.