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El Grand Aurelia nunca había estado tan silencioso. Ni cuando la bodega se inundó en la primavera del año de las inundaciones. Ni cuando llegaron los inspectores de sanidad con sus portapapeles. Ni siquiera la noche en que dos de las familias más antiguas de la ciudad se reunieron en la trastienda y se marcharon sin darse la mano.

Las arañas de cristal zumbaban sobre las copas vacías. El piano de la esquina se había detenido a mitad de frase, con las manos del pianista congeladas sobre las teclas.…