Sa belle-mère a menacé sa belle-fille enceinte avec une canne… Mais lorsque le fils est revenu, il a découvert le secret que sa mère lui avait caché.
La femme était enceinte de sept mois.
Elle portait une robe bleu clair et marchait avec difficulté dans le hall d’un immense manoir.
Une main tenait son ventre.
L’autre essayait de se protéger.
Devant elle, une vieille femme aux cheveux argentés relevés en chignon tenait une canne en bois sombre.
Elle portait une robe de velours couleur bordeaux et un collier de perles.
« SORTEZ DE CHEZ MOI ! » cria la vieille femme.
La jeune femme recula.
—S’il vous plaît, madame… je suis enceinte…
Mais la femme avança avec sa canne.
—CE GAMIN NE VA PAS ME PRENDRE CE QUI M’APPARTIENT !
La femme enceinte se mit à pleurer.
—C’est son petit-fils…
La vieille femme pinça les lèvres.
—N’OSEZ PAS L’APPELER COMME ÇA !
La jeune femme a perdu l’équilibre et s’est retrouvée sur le sol, à côté d’un canapé beige.
Elle serra son ventre contre elle.
—MON BÉBÉ ! S’IL VOUS PLAÎT !
La vieille femme se tenait devant elle, tenant sa canne.
Puis les portes principales s’ouvrirent.
Un homme de grande taille, vêtu d’un costume noir et d’une chemise blanche, entra dans le manoir.
Il était le mari de la jeune femme.
Voyant sa femme pleurer sur le sol, il resta immobile.
— QUE SE PASSE-T-IL ICI ?
La vieille femme tourna la tête.
-Fils…
L’homme regarda la canne.
Puis il regarda sa femme, qui protégeait toujours son ventre.
—MAMAN… QU’EST-CE QUE TU LUI AS FAIT ?
La femme tenta de répondre.
Mais son fils avait déjà compris que quelque chose de terrible était en train de se produire.
Il s’approcha d’elle.
Il a exigé une explication.
Et lorsqu’elle entendit ses paroles, elle prit une décision qui allait changer à jamais le destin de la famille.
Il restait cependant à découvrir pourquoi cette vieille femme détestait autant le bébé qui allait naître.
CHAPITRE 1 — La femme enceinte qui vivait dans la peur
La demeure Montenegro était située dans un quartier résidentiel huppé de Mexico.
C’était une immense propriété, avec des murs couleur crème, de grandes portes en bois et des fenêtres donnant sur un jardin parfaitement entretenu.
Le sol en marbre reflétait la lumière du soleil.
Dans la pièce principale se trouvaient un canapé beige, des meubles anciens et des tableaux encadrés.
Tout semblait calme.
Mais ce matin-là, à l’intérieur de la maison, une femme enceinte pleurait inconsolablement.
Elle s’appelait Lucía Herrera .
Il avait vingt-huit ans.
Ses cheveux châtain foncé lui tombaient sur les épaules.
Elle portait une robe bleu clair, ample au niveau du ventre.
Elle était enceinte de sept mois.
Son mari, Alejandro Montenegro , était un homme d’affaires de trente-sept ans.
Ils étaient mariés depuis trois ans.
Durant les premiers mois de leur mariage, ils avaient vécu heureux dans leur propre appartement.
Mais lorsqu’Alejandro a commencé à voyager fréquemment pour son travail, sa mère a insisté pour qu’ils emménagent dans le manoir familial.
—Aquí estarán más cómodos —había dicho.
Alejandro aceptó.
Creía que su madre ayudaría a Lucía durante el embarazo.
Pero ocurrió exactamente lo contrario.
La anciana se llamaba Doña Beatriz Montenegro.
Tenía sesenta y siete años.
Su cabello plateado estaba recogido en un moño elegante.
Vestía un vestido largo de terciopelo color vino y un collar de perlas.
Era una mujer autoritaria.
Durante décadas había dirigido los negocios familiares.
Estaba acostumbrada a dar órdenes.
Y no soportaba que alguien cuestionara sus decisiones.
Desde que Lucía llegó a la mansión, Beatriz comenzó a tratarla con desprecio.
Criticaba su manera de vestir.
Su forma de hablar.
Y hasta los alimentos que preparaba.
Pero todo empeoró cuando supo que Lucía estaba embarazada.
Una mañana, la joven estaba sentada en el salón.
Tenía una mano sobre el vientre.
El bebé se había movido.
Lucía sonrió.
—Buenos días, mi amor…
Entonces escuchó unos pasos.
Beatriz apareció en la puerta.
Llevaba su bastón de madera oscura.
—¿Con quién hablas?
Lucía levantó la mirada.
—Con el bebé, señora.
La anciana frunció el ceño.
—Siempre haciendo tonterías.
La joven bajó la cabeza.
—Lo siento.
Beatriz se acercó.
—¿Ya hablaste con Alejandro sobre los documentos?
Lucía sintió que el corazón se le aceleraba.
—Todavía no.
La anciana golpeó el suelo con el bastón.
—¡TE DIJE QUE LO HICIERAS!
La joven se estremeció.
—Él está trabajando…
Beatriz apretó los labios.
—¡SIEMPRE TIENES UNA EXCUSA!
Lucía comenzó a llorar.
—Por favor, no grite…
Pero la anciana levantó el bastón.
Y aquella discusión se convirtió en la escena que Alejandro encontraría al regresar a casa.
CAPÍTULO 2 — La mujer que nunca fue aceptada por su suegra
Lucía Herrera no provenía de una familia rica.
Había crecido en un pequeño barrio de Puebla.
Su padre era mecánico.
Su madre trabajaba como costurera.
No tenían grandes lujos.
Pero siempre se habían esforzado por darle una buena educación.
Lucía estudió enfermería.
Durante varios años trabajó en una clínica privada.
Era una mujer tranquila.
Responsable.
Y profundamente dedicada a sus pacientes.
Conoció a Alejandro Montenegro cuando él acudió a la clínica para visitar a un empleado accidentado.
Alejandro quedó impresionado por la manera en que Lucía trataba a los pacientes.
No le importaba si eran ricos o pobres.
Siempre encontraba tiempo para escucharlos.
Comenzaron a conversar.
Después salieron a tomar café.
Y poco a poco se enamoraron.
Cuando Alejandro le presentó a su madre, Lucía estaba nerviosa.
Había comprado flores.
Llevaba un vestido sencillo.
Y había preparado un pequeño pastel casero.
Beatriz observó el regalo.
—¿Lo hiciste tú?
Lucía sonrió.
—Sí, señora.
La anciana levantó una ceja.
—Qué… considerado.
Pero cuando Alejandro salió de la habitación, Beatriz cambió de expresión.
—Escúchame bien, muchacha.
Lucía levantó la mirada.
—¿Sí, señora?
La anciana se acercó.
—Mi hijo pertenece a una familia importante.
La joven guardó silencio.
Beatriz continuó:
—Espero que entiendas que su mundo es muy diferente al tuyo.
Lucía sintió una profunda vergüenza.
—Yo amo a Alejandro.