La anciana sonrió con desprecio.
—Eso dicen todas.
A pesar de la oposición de Beatriz, Alejandro decidió casarse con Lucía.
La boda fue sencilla.
Asistieron familiares y amigos cercanos.
Durante la ceremonia, Alejandro tomó las manos de Lucía.
—Prometo cuidarte siempre.
La joven comenzó a llorar.
—Y yo prometo estar a tu lado.
Beatriz observaba desde la primera fila.
Su expresión era fría.
Nunca había aceptado que su hijo eligiera a una mujer de origen humilde.
Pero cuando Lucía anunció su embarazo, la situación empeoró.
Alejandro estaba emocionado.
Compró ropa para el bebé.
Preparó una habitación.
Y comenzó a hablar de nombres.
Una noche, mientras cenaban, tomó la mano de Lucía.
—No puedo esperar para conocer a nuestro hijo.
La joven sonrió.
—Yo tampoco.
Beatriz observó la escena.
Después dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Antes de celebrar, deberían pensar en el futuro de la familia.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir, mamá?
La anciana sonrió.
—Solo digo que hay asuntos patrimoniales que deben resolverse.
Lucía bajó la mirada.
No comprendía completamente aquellas palabras.
Pero pronto descubriría que su suegra tenía un plan.
Y que el embarazo había puesto en peligro algo que Beatriz deseaba controlar.
CAPÍTULO 3 — El secreto escondido en los documentos de la familia
La familia Montenegro poseía varias empresas inmobiliarias.
También tenía propiedades comerciales y terrenos en diferentes ciudades.
Durante muchos años, Beatriz había administrado una parte importante del patrimonio familiar.
Después de la muerte de su esposo, continuó tomando decisiones.
Alejandro confiaba en ella.
Nunca había cuestionado su autoridad.
Pero cuando se casó con Lucía, comenzó a pensar en el futuro.
Quería proteger económicamente a su esposa.
Y también al bebé que estaba por nacer.
Una tarde, Alejandro se reunió con su abogado.
—Quiero organizar mis bienes —explicó.
El abogado asintió.
—¿Tiene alguna prioridad?
Alejandro sonrió.
—Mi esposa y mi hijo.
Durante varias semanas prepararon documentos.
Alejandro decidió crear un fideicomiso para el futuro del bebé.
También quiso establecer medidas para que Lucía pudiera vivir con tranquilidad si algún día él faltaba.
Cuando Beatriz se enteró, se enfureció.
Durante décadas había controlado gran parte de las decisiones familiares.
Y ahora sentía que estaba perdiendo influencia.
Una noche llamó a Lucía a su despacho.
La joven entró lentamente.
—¿Quería verme, señora?
Beatriz estaba sentada detrás de un enorme escritorio.
Sobre la mesa había varios documentos.
—Siéntate.
Lucía obedeció.
La anciana empujó una carpeta hacia ella.
—Necesito que hables con Alejandro.
La joven frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
Beatriz señaló los papeles.
—Debe reconsiderar sus decisiones patrimoniales.
Lucía abrió los ojos.
—Pero eso es algo que él debe decidir.
La anciana apretó los labios.
—¡TÚ ERES SU ESPOSA!
Lucía bajó la mirada.
—Sí, señora.
Beatriz continuó:
—Entonces convéncelo.
La joven respiró profundamente.
—No quiero intervenir en algo que no comprendo completamente.
La anciana golpeó el escritorio.
—¡NO ME DES EXCUSAS!
Lucía comenzó a llorar.
—Por favor…
Beatriz se inclinó hacia ella.
—Desde que llegaste a esta familia, todo ha cambiado.
La joven levantó la mirada.
—Yo no quiero quitarle nada a nadie.
La anciana respondió:
—Eso lo veremos.
Durante los días siguientes, Beatriz comenzó a presionar constantemente a Lucía.
Le exigía que hablara con Alejandro.
Le recordaba que la mansión pertenecía a la familia.
Y le hacía sentir que nunca sería aceptada.
Lucía intentó evitar las discusiones.
No quería que el estrés afectara su embarazo.
Pero Beatriz se volvió cada vez más agresiva.
Hasta que una mañana encontró a Lucía revisando unos documentos médicos.
La anciana creyó que eran papeles relacionados con el patrimonio.
Se acercó furiosamente.
—¡TE DIJE QUE NO HICIERAS NADA SIN MI PERMISO!
Lucía levantó la mirada.
—Son mis resultados médicos…
Pero Beatriz no escuchó.
Tomó su bastón.
Y comenzó a gritar.
La joven retrocedió.
Intentó protegerse.
Perdió el equilibrio.
Y terminó en el suelo.
En aquel preciso instante, Alejandro regresó a casa.
CAPÍTULO 4 — El hijo que encontró a su esposa llorando en el suelo
Alejandro Montenegro había terminado una reunión antes de lo previsto.
Decidió regresar a casa para almorzar con Lucía.
Había comprado un pequeño regalo para el bebé.
Una manta blanca bordada con estrellas azules.
Quería sorprender a su esposa.
Pero al entrar en la mansión escuchó un grito.
—¡POR FAVOR, NO!
Reconoció inmediatamente la voz de Lucía.
Dejó la bolsa sobre una mesa.
Corrió hacia el salón.
Y entonces vio la escena.
Su esposa estaba sentada en el suelo.
Tenía el rostro lleno de lágrimas.
Ambas manos protegían su vientre.
Beatriz permanecía frente a ella.
Sostenía un bastón de madera oscura.
Su expresión era furiosa.
Alejandro sintió que la sangre se le helaba.
—¡LUCÍA!
La joven levantó la mirada.
—¡ALEJANDRO!
Él corrió hacia ella.
Pero antes de llegar, observó el bastón.
Después miró a su madre.
—¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?
Beatriz giró la cabeza.
Su rostro cambió inmediatamente.
—Hijo…
Alejandro señaló a Lucía.
—¿Por qué está en el suelo?
La anciana respiró profundamente.
—Tu esposa estaba discutiendo conmigo.
Él frunció el ceño.
—¿Y por qué tienes el bastón levantado?
Beatriz bajó lentamente el brazo.
—Solo estaba intentando hacerla entrar en razón.
Alejandro sintió una profunda indignación.
—¡ESTÁ EMBARAZADA!
La anciana apretó los labios.
—Siempre usa eso como excusa.
Alejandro permaneció inmóvil.
Durante varios segundos observó a su madre.
Después miró a Lucía.
La joven seguía llorando.
—Me duele… —susurró.
Alejandro sintió que el corazón se le encogía.
Se acercó inmediatamente.
Se arrodilló junto a ella.
—¿Dónde te duele?
Lucía sostuvo su vientre.
—Tengo miedo por el bebé…
Alejandro respiró profundamente.
—Vamos a buscar ayuda médica.
La joven comenzó a llorar con más fuerza.
Él la sostuvo cuidadosamente.
Después miró a su madre.
—¿QUÉ LE HICISTE?
Beatriz abrió los ojos.
—¡NO ME HABLES ASÍ!
Alejandro se incorporó lentamente.
Su expresión era seria.
—Mamá, necesito que me digas la verdad.
La anciana apretó los labios.
—Esa mujer está intentando quedarse con todo.
Alejandro frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Beatriz señaló a Lucía.
—¡DESDE QUE LLEGÓ A ESTA CASA, SOLO PIENSA EN EL DINERO!
Alejandro permaneció inmóvil.