Ya no llevaba el uniforme azul de limpieza. Ahora vestía un traje sastre de lana fría color carbón, cortado a la perfección, combinado con una blusa de seda blanca y zapatos de tacón sobrios. Su cabello oscuro, antes recogido apresuradamente, ahora caía con elegancia sobre sus hombros. Irradiaba un nivel de poder y sofisticación que obligó a todos los presentes a ponerse de pie instintivamente.

Cursos de gestión

Detrás de ella entraron Don Patricio y, arrastrando los pies como un condenado a muerte hacia el patíbulo, Rodrigo. El Director de  Recursos Humanos estaba sudando copiosamente. Su corbata de diseñador parecía estar asfixiándolo. Dos guardias de seguridad del corporativo aguardaban estoicos junto al marco de la puerta.

—Tomen asiento, por favor —indicó Elena, sentándose en la cabecera de la mesa. Abrió una carpeta de cuero negro que contenía el expediente de la sucursal—. Empecemos con el tema más importante de esta mañana. La cultura laboral de nuestro corporativo en México.

Rodrigo tragó saliva. Sus manos temblaban tanto que tuvo que esconderlas debajo de la mesa de caoba. Intentó formular una disculpa, forzando una sonrisa patética que parecía más una mueca de dolor.

—Señora Presidenta… licenciada Garza —balbuceó Rodrigo, rompiendo el silencio—. Le ruego me permita explicar el lamentable incidente del vestíbulo. He estado bajo una presión insoportable por el cierre fiscal del trimestre. Tuve un lapso de juicio. Una crisis de estrés. Yo jamás… jamás me comporto de esa manera. Fue un accidente.

Elena levantó la vista de sus documentos. Sus oscuros ojos latinos lo atravesaron como dos estacas de hielo.

Software de RRHH

CAPÍTULO CINCO: LA JUNTA DIRECTIVA Y EL VEREDICTO

—¿Un accidente, Rodrigo? —preguntó Elena, con un tono suave pero mortalmente afilado—. Un accidente es derramar un  café. Un accidente es enviar un correo electrónico al destinatario equivocado. Lo que tú hiciste ahí abajo no fue un accidente. Fue una demostración calculada de tu verdadera naturaleza.

Elena pulsó un botón en la consola táctil de la mesa, y una pantalla gigante en la pared descendió, mostrando una serie de gráficas en rojo sangre.

—He estado revisando las métricas de tu departamento de Recursos Humanos durante los últimos seis meses —continuó la Presidenta, sin elevar la voz—. La tasa de rotación en el nivel operativo es del cuarenta por ciento. Tienes docenas de denuncias anónimas por hostigamiento laboral, abuso de autoridad y discriminación. Denuncias que, curiosamente, tú mismo archivaste argumentando “falta de pruebas”.

Los murmullos de desaprobación comenzaron a surgir entre los miembros de la junta directiva global. El vicepresidente europeo negó con la cabeza, disgustado.

Alquilar Oficinas

—Tú dijiste que este lugar es para ejecutivos, y no para “gente de la calle” —Elena citó sus palabras exactas, haciendo que Rodrigo se encogiera en su lujosa silla—. Te equivocas profundamente. Este edificio se construyó gracias a la gente que tira cables bajo la lluvia, a las telefonistas que aguantan los gritos de clientes enfadados, y a las mujeres y hombres que se levantan a las cuatro de la mañana para limpiar los pisos que tú pisas con esos zapatos de mil dólares.

—Por favor, se lo ruego —Rodrigo estaba al borde de las lágrimas, su arrogancia completamente aniquilada—. Tengo una hipoteca en Polanco, tengo pagos de colegiaturas. Si me despide por esto, mi reputación en el sector quedará destruida. Le prometo cambiar. ¡Tomaré cursos de sensibilidad!

—No me interesan tus cursos de sensibilidad —cortó Elena, cerrando la carpeta de cuero con un golpe seco—. En Grupo Cóndor no financiamos la soberbia. Como Director de Recursos Humanos, tu único trabajo era cuidar el bienestar de nuestra gente. Has fallado miserablemente.

Elena miró a Don Patricio, asintiendo ligeramente.

Ventanas

—Rodrigo, estás despedido. Con causa justificada, por violación flagrante al código de ética y conducta de la corporación. No habrá paquete de indemnización. No habrá bono trimestral. Tienes exactamente cinco minutos para vaciar tu escritorio bajo la supervisión de los elementos de seguridad. Y te aseguro que me encargaré personalmente de que tu expediente refleje la verdadera razón de tu salida.

CAPÍTULO SEIS: EL PESO DE UNA CAJA DE CARTÓN

El descenso a los infiernos de Rodrigo fue rápido y humillante. Los mismos oficinistas que una hora antes se apartaban aterrados de su camino, ahora se asomaban por encima de sus cubículos para observar el espectáculo.

Flanqueado por dos inmensos guardias de seguridad privada, Rodrigo caminó por el pasillo del departamento de  Recursos Humanos cargando una caja de cartón con sus pertenencias: un par de diplomas enmarcados, una taza de café ridículamente cara y algunas plumas de marca. Ya no había rastro del rey corporativo. Parecía un hombre roto, derrotado, envejecido diez años en cuestión de minutos.