Treinta y cinco por ciento a nombre de Bruno Ramírez Ortega.
Sesenta y cinco por ciento a nombre de Erika.
Sentí que me faltaba el aire.
—Gerardo dijo que la casa estaba pagada.
—Lo está.
—Entonces mis pagos…
—No fueron a la casa.
—Ya lo sé.
Papá apretó la mandíbula.
—Hay algo más.
Sacó otro documento.
Era una solicitud de crédito con garantía hipotecaria.
La casa había sido usada como respaldo para un préstamo de novecientos mil pesos.
—Gerardo hipotecó la propiedad otra vez —dijo papá.
—No puede hacerlo sin mi firma.
Nos miramos.
La falsificó.
No sólo había inventado un pagaré para obligarme a seguir depositando.
Gerardo había falsificado mi firma para hipotecar una casa que también era mía.
—¿Desde cuándo lo sabes? —pregunté.
—Tres semanas.
Me levanté de golpe.
—¿Tres semanas?
—Estaba reuniendo documentos.
—¿Y ayer te quedaste callado mientras se burlaban de mí?
Papá bajó la cabeza.
—Quería escuchar hasta dónde llegaban.
—¿Y hasta dónde llegaron?
—Más lejos de lo que imaginé.
Me acerqué a la puerta.
—Bruno.
—No.
—Hijo…
—Toda mi vida me pediste que entendiera. Que cediera. Que recogiera lo que Erika rompía. Ayer necesitaba que fueras mi padre, no un investigador.
Él se cubrió la cara con las manos.
Por primera vez lo vi llorar.
Pero yo ya no tenía fuerzas para consolar a nadie.
Al día siguiente presenté la denuncia.
Gerardo desapareció esa misma tarde.
Erika aseguró que no sabía dónde estaba. Mi mamá me llamó monstruo. Dos tías dejaron mensajes diciendo que los problemas de familia se arreglan en casa.
La policía encontró a Gerardo tres días después en Monterrey, intentando cruzar hacia Nuevo Laredo.
Había vaciado dos cuentas.
En una encontraron ciento veinte mil pesos.
En la otra, apenas cuatro mil.
El resto se había ido.
Pero no a criptomonedas.
No a inversiones.
No a un negocio fallido.
Gerardo llevaba siete años manteniendo otra familia.
Una mujer llamada Lorena.
Dos hijos.
Una casa rentada en San Nicolás.
Erika se enteró en la fiscalía.
Se desmayó.
Cuando despertó, me pidió que fuera a verla.
No fui.
Una semana después, recibí una llamada de la licenciada Valeria.
—Encontramos algo que debe ver.
Nos reunimos en el banco.
Sobre la mesa había estados de cuenta, transferencias y fotografías tomadas de un expediente.
—Gerardo usaba el dinero que usted enviaba para cubrir el crédito hipotecario fraudulento y mantener su segunda casa —explicó—. Pero encontramos depósitos adicionales.
—¿De quién?
Giró una hoja hacia mí.
El remitente era mi padre.
Don Manuel había estado depositando cinco mil pesos mensuales a Gerardo durante casi un año.
—No entiendo.
—Su padre escribió el mismo concepto en cada transferencia: “Para que no hables”.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Para que no hablara de qué?
Valeria sacó una copia de un acta de nacimiento.
Era de un niño llamado Mateo Salinas.
Tenía diez años.
El nombre de la madre era Lorena Cruz.
El padre registrado era Gerardo.
Pero en el margen había una anotación de reconocimiento de paternidad solicitada y luego retirada.
El nombre que aparecía en la solicitud era:
Manuel Ramírez Ortega.
Mi padre.
Durante varios segundos no pude respirar.
—Esto debe ser un error.
—La solicitud se presentó hace cuatro años.
Manejé hasta la casa de mis padres sin recordar los semáforos.
Mi mamá estaba sentada en la cocina.
Mi papá, frente a ella.
Parecían esperarme.
Arrojé el acta sobre la mesa.
—¿Mateo es tu hijo?
Papá cerró los ojos.
Mi mamá no lloró.
—Contesta.
—No —dijo él.
—Entonces ¿por qué intentaste reconocerlo?
—Porque creí que podía serlo.
La cocina se volvió pequeña.
—¿Tuviste una relación con Lorena?
—Hace once años.
Mi madre apretó una servilleta entre los dedos.
—Yo ya lo sé —dijo.
La miré.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace cuatro años.
—¿Y Gerardo?
Papá tragó saliva.
—Gerardo descubrió la relación. Encontró mensajes viejos. Lorena le hizo creer que Mateo podía ser mío.
—¿Y te chantajeó?
—Sí.
—¿Por eso le mandabas dinero?
—Amenazó con contarlo. Tu mamá estaba enferma del corazón. Yo tuve miedo.
Golpeé la mesa.
—¡Por miedo dejaron que me robara!
—No sabíamos lo de tus transferencias —dijo mamá.
—¡Sabían suficiente!
Papá sacó un sobre del bolsillo.
—Me hice una prueba de ADN hace dos semanas.
La abrió.
—Mateo no es mi hijo.
—Entonces todo fue una mentira.
—Sí.
—¿Y por qué no denunciaste?
—Porque Gerardo tenía otra cosa.
Mi mamá comenzó a llorar.
—Manuel, ya no.
—Tiene derecho a saber.
Sacó una fotografía vieja.
En ella aparecía mi madre, joven, cargando a un bebé.
Yo.
A su lado estaba mi abuela Elena.
Detrás de ellas, un hombre que nunca había visto.
—¿Quién es?
Mi padre respiró hondo.
—Tu padre biológico.
El silencio cayó sobre nosotros.
Me reí, igual que en el banco, sin humor.
—No.