«El teléfono apareció dentro de un bolso que alguien acaba de mover.»

Dante asintió.

«Exacto.»

Victoria la miró.

«¿Ahora lo defiendes?»

«No.»

Sofía respondió con calma.

«Estoy evitando que volvamos a acusar a alguien solo porque una pista parece demasiado perfecta.»

Dante la observó.

Era exactamente el error contra el que Teresa había advertido.

La explicación más sencilla.

Victoria.

Después Marcos.

Alguien estaba colocando una persona detrás de otra frente a ellos.

Dante preguntó:

«Lucía, cuando viste al hombre del reloj rojo, ¿viste su cara?»

La niña negó.

«Solo un poquito.»

«¿Era Marcos?»

Lucía lo miró.

Después negó.

«No.»

Marcos exhaló.

Dante continuó:

«¿Era alto?»

«Sí.»

«¿Cabello oscuro?»

«Sí.»

«¿Viejo o joven?»

Lucía pensó.

«Como usted.»

Dante casi sonrió.

«Eso no ayuda mucho.»

Lucía señaló una fotografía familiar sobre una mesa.

«Ese.»

Todos se giraron.

La niña señalaba a Alejandro.

Victoria cerró los ojos.

Dante tomó su teléfono.

Esta vez recibió una llamada.

Número privado.

Respondió.

«¿Alejandro?»

Una voz masculina se rio.

«Hola, hermano.»

Dante sintió que años de preguntas se condensaban en un segundo.

«¿Dónde estás?»

«Cerca.»

«¿Fuiste tú quien entró al salón?»

«Quizá.»

«¿Pusiste esa jeringa allí?»

Silencio.

Después:

«Todavía sigues haciendo las preguntas equivocadas.»

Dante apretó el teléfono.

«Entonces dime cuál es la correcta.»

Alejandro respondió:

«Pregunta por qué Sofía pateó a Victoria justo en ese momento.»

Todos miraron a Sofía.

Ella se quedó inmóvil.

Dante preguntó:

«¿Qué quieres decir?»

Alejandro colgó.

Victoria dio un paso.

«Sí. ¿Por qué exactamente en ese momento?»

Sofía miró a Lucía.

Después a Dante.

«Porque escuché a la niña decir una palabra.»

«¿Qué palabra?»

Sofía dudó.

«Teresa.»

Dante quedó inmóvil.

«¿Qué?»

«Cuando entré al salón, Victoria estaba inclinada junto a Lucía. La niña dijo: “Teresa me dijo que no le diera la llave a nadie”.»

Victoria respondió:

«Eso es verdad.»

Sofía continuó:

«Entonces vi a Victoria intentar tomar algo de la cadena de Lucía.»

Victoria protestó:

«¡Quería ver qué era!»

«Yo no sabía eso.»

Sofía miró a Dante.

«Solo vi a una mujer desconocida intentando quitarle algo a una niña aterrorizada.»

Dante asintió lentamente.

Al fin la intervención tenía una explicación.

No una conspiración.

No conocimiento previo de la jeringa.

Una reacción rápida ante lo que Sofía había visto.

Lucía habló:

«Sofía pensó que ella me iba a quitar la llave.»

Sofía bajó la mirada.

«Sí.»

Dante se acercó.

«¿Sabías algo de la jeringa antes?»

«No.»

«¿De Teresa?»

«Tampoco.»

Dante la creyó.

El teléfono volvió a sonar.

Alejandro.

Dante respondió inmediatamente.

«¿Qué quieres?»

«Que entiendas lo que papá hizo.»

«Entonces deja de jugar.»

«No puedo.»

«¿Por qué?»

Alejandro guardó silencio.

Después dijo:

«Porque alguien más está escuchando.»

La llamada se cortó.

Dante miró el aparato.

Un mensaje llegó.

Una fotografía.

Alejandro estaba sentado en una habitación desconocida.

Sobre la mesa había otra fotografía de Teresa.

Y junto a ella, un documento con el sello de la familia.

Debajo aparecía:

NO FUI YO QUIEN COLOCÓ LA JERINGA.

Segundo mensaje:

Y TAMPOCO FUI YO QUIEN BORRÓ LAS CÁMARAS.

Tercero:

PREGÚNTALE A VICTORIA QUIÉN LE DIO REALMENTE ESE BOLSO.

Victoria palideció.

Dante levantó lentamente la mirada.

«¿Quién te dio el clutch?»

Victoria no respondió.

«Victoria.»

Ella comenzó a llorar.

«No era mío.»

Silencio absoluto.

Marcos abrió mucho los ojos.

Sofía abrazó a Lucía.

Dante se acercó.

«¿Qué significa que no era tuyo?»

«El mío desapareció antes de la fiesta.»

«¿Y este?»

Victoria señaló el clutch plateado.

«Estaba en mi habitación junto a mi vestido.»

«¿Por qué lo usaste?»

«Pensé que el equipo de organización lo había sustituido.»

Dante cerró los ojos.

La jeringa había aparecido junto a un bolso que ni siquiera pertenecía originalmente a Victoria.

Todo volvía a empezar desde cero.

Entonces Lucía tiró suavemente de la manga de Dante.

«Señor.»

Él se agachó.

«¿Qué pasa?»

Lucía abrió la cremallera del pequeño vestido de su oso de peluche.

Sacó un papel doblado.

«Mi abuela dijo que si veía al hombre del reloj rojo, tenía que darle esto.»

Dante tomó el papel.

Lo abrió.

Había una sola frase escrita por Teresa:

ALEJANDRO NO ES EL HOMBRE DEL QUE DEBES TENER MIEDO.

Debajo aparecía un nombre.

Dante lo leyó.

Su rostro perdió todo el color.

Marcos preguntó:

«¿Quién?»

Dante no respondió.

Porque el nombre pertenecía a una persona que llevaba toda la noche dentro del salón.

Una persona que había observado cada discusión.

Cada acusación.

Cada movimiento.

Y que en ese mismo instante ya no estaba allí.

Dante levantó la cabeza hacia las puertas abiertas.

«Ciérrenlas.»

Sofía preguntó:

«¿A quién estamos buscando?»

Dante apretó el papel.

Y respondió:

«Al hombre que organizó esta fiesta.»

Lucía abrazó su oso.

Victoria dejó de respirar.

Y en algún lugar de la mansión, una puerta se cerró.