—Quiero que me escuches bien. Mañana voy a hablar con la escuela, con el médico que atendió a Nia y con mi abogado. No voy a permitir que nadie vuelva a ocultarme información que afecte a mis hijos.
—¿Y qué pasa conmigo?
—Eso dependerá de lo que descubramos.
Vanessa se quedó mirando el suelo.
Después levantó la cabeza.
—¿Vas a destruir nuestro matrimonio por esto?
La pregunta me sorprendió por su egoísmo.
No había preguntado si Nia estaba bien. No había preguntado qué necesitaba su hijastra después de aquella experiencia. Ni siquiera había ofrecido disculpas.
Solo quería saber qué iba a pasar con ella.
—No fui yo quien puso en peligro nuestra familia —respondí—. Y no fui yo quien decidió ocultarlo.
Me dirigí a la puerta.
—Daniel, espera.
Me detuve.
Vanessa se acercó lentamente.
—Hay una razón por la que Marissa estaba aquí esa noche. Pero si te la cuento, tienes que prometerme que no vas a sacar conclusiones antes de escucharme.
La miré sin responder.
—Marissa y yo tuvimos una discusión esa tarde —continuó—. Una discusión sobre Nia.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿Qué discusión?
Vanessa miró hacia el pasillo, asegurándose de que los niños no estuvieran cerca.
—Marissa me acusó de tratar a Nia de manera diferente a Malik.
—¿Y tenía razón?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo no odio a tu hija, Daniel.
—No te pregunté eso.
Vanessa retrocedió.
Luego pronunció una frase que me hizo comprender que el problema podía ser mucho más profundo de lo que había imaginado.
—Marissa quería que te dijera lo que Nia había estado haciendo con la comida antes de que yo empezara a ponerle límites.
—¿Qué estaba haciendo?
Vanessa me miró fijamente.
—Estaba robando comida de la casa y escondiéndola en su habitación.
No respondí de inmediato.
Recordé las galletas que Nia quería guardar en su mochila. Recordé a Malik diciendo que le guardaba comida por si acaso.
La explicación de Vanessa no encajaba con lo que yo había visto.
Pero necesitaba escucharla completa.
—¿Qué encontraste en su habitación? —pregunté.
Vanessa se humedeció los labios.
—Una caja llena de alimentos. Galletas, barras de cereal, pan, paquetes de avena. Incluso había comida debajo de su colchón.
—¿Y qué hiciste?
—Le dije que tenía que dejar de hacerlo.
—¿Qué te respondió?
Vanessa bajó la voz.
—Que tenía miedo de quedarse sin comida cuando tú no estuvieras.
Me quedé inmóvil.
—¿Y tú qué le dijiste?
Ella tardó en responder.
—Le dije que era una mentirosa.
La miré durante unos segundos.
Después salí del despacho.
No quería seguir escuchando explicaciones que parecían diseñadas para convertir el miedo de una niña en una falta de disciplina.
Al pasar por el dormitorio de Nia, vi que la puerta estaba entreabierta. Ella estaba sentada en la cama, abrazando una almohada, mientras Malik le hablaba en voz baja.
Toqué suavemente.
—¿Puedo pasar?
Nia asintió.
Me senté junto a ella.
—Princesa, necesito preguntarte algo. No estás en problemas. Quiero que lo sepas antes de responderme.
Ella asintió de nuevo.
—¿Has estado guardando comida en tu habitación?
Nia dejó de abrazar la almohada.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí, papá.
—¿Por qué?
Miró a Malik, quien le tomó la mano.
—Porque algunas noches tengo hambre y no quiero molestar a Vanessa.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Desde cuándo haces eso?
Nia se secó una lágrima.
—Desde antes de que me llevaran al hospital.
Me quedé sin aliento.
—¿Qué pasó la noche que fuiste al hospital, cariño?
Mi hija miró hacia la puerta.
Después susurró:
—Papá, yo no me desmayé porque estuviera enferma.