—¡No! ¡Esperen! ¡Es un malentendido! ¡Ashley, haz algo! —gritó James intentando zafarse, pero las esposas se cerraron brutalmente alrededor de sus muñecas impecables.

Con la camisa arrugada y la pajarita torcida, el gran seductor de la noche fue empujado sin contemplaciones hacia la salida, lejos de las miradas admiradoras que tanto ansiaba.

El silencio en la sala se volvió ensordecedor, roto únicamente por los sollozos histéricos de Ashley, quien se derrumbó en el suelo, con su vestido blanco manchado de polvo.

Nadie acudió a ayudarla.

Nadie le tendió la mano a la novia caída, exactamente igual que como ella y James habían hecho con Melissa unos minutos antes.

Melissa se mantuvo de pie en el centro de la sala, erguida y resplandeciente en su vestido color ciruela, dominando las ruinas de una boda construida sobre mentiras y crueldad.

Su padre se le acercó y le colocó una chaqueta abrigada sobre los hombros todavía húmedos por el agua sucia que le habían arrojado.

—Lo siento tanto, hija mía… No supe ver nada —murmuró él con la voz quebrada por el remordimiento.

Melissa apoyó suavemente la mano en el brazo de su padre, esbozando una sonrisa apacible pero firme.

—El pasado ya está arreglado, papá. Ahora es momento de limpiar la casa desde los cimientos —respondió ella.

Se giró hacia el maestro Vance, quien la esperaba listo para ejecutar sus estrictas órdenes de liquidar los activos de los infractores.

La fiesta había terminado definitivamente, y una nueva era, implacable y justa, comenzaba bajo las brillantes lámparas de araña del dominio Grandview.