—Vio a tu hermano entrando con ella a un restaurante.
—¿Y decidió fotografiarlos?
—Me llamó primero.
Daniel la miró incrédulo.
—¿A ti?
—Sí.
—¿Por qué?
Elena bajó la mirada.
—Porque yo ya sospechaba algo.
Aquella frase fue otro golpe.
—¿Desde cuándo?
—Hace cuatro meses.
Daniel retrocedió.
—Cuatro meses.
—Hijo…
—¿Llevas cuatro meses sabiendo esto?
—No sabía exactamente qué ocurría.
—Pero tenías las fotografías.
—Las primeras no demostraban nada.
Daniel soltó una risa amarga.
—¿Y esta?
Le mostró la imagen del beso.
Elena comenzó a llorar.
—Esa llegó hace dos semanas.
Daniel parecía incapaz de procesarlo.
—¿Dos semanas?
—Quería hablar contigo personalmente.
—Me viste tres veces desde entonces.
—Verónica siempre estaba presente.
Daniel miró a su esposa.
Finalmente comprendió algo.
—Por eso no querías dejarla sola conmigo.
Verónica negó con la cabeza.
—No.
—Por eso cada vez que mi madre llamaba preguntabas qué quería.
—Daniel…
—Y por eso intentaste quitarle el teléfono.
Verónica guardó silencio.
Daniel caminó hacia la ventana.
La ciudad brillaba debajo del penthouse.
Aquella vista siempre le había dado una sensación de control.
Esa noche no controlaba absolutamente nada.
—¿Dónde está Javier?
Verónica levantó la cabeza.
—No lo sé.
Daniel tomó su propio teléfono.
—Voy a preguntárselo.
—No.
Verónica corrió hacia él.
—No lo llames.
Daniel se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque hay algo más.
Elena levantó la mirada.
Ni siquiera ella sabía a qué se refería.
Daniel observó a Verónica.
—¿Qué más?
Verónica comenzó a llorar.
—Prométeme que me escucharás hasta el final.
Daniel respondió:
—No estás en posición de pedirme promesas.
Ella bajó la cabeza.
—Javier no empezó a verme hace cuatro meses.
Daniel quedó inmóvil.
—¿Qué?
Verónica cerró los ojos.
—Lo conocía antes de conocerte a ti.
CHAPTER 3 – Verónica había conocido primero a Javier
Daniel sintió que el aire desaparecía de la habitación.
—Repítelo.
Verónica no quería mirarlo.
—Conocí a Javier antes que a ti.
—¿Cuánto antes?
—Casi un año.
Elena también parecía sorprendida.
—Nunca me dijiste eso —susurró.
Verónica la ignoró.
Daniel preguntó:
—¿Eran pareja?
—No exactamente.
—No vuelvas a responderme así.
Verónica respiró profundamente.
—Tuvimos una relación.
Daniel cerró los ojos.
—¿Mi hermano sabía quién eras cuando me presentaste contigo?
—Sí.
Daniel abrió los ojos.
—¿Y ninguno de los dos pensó que debía decírmelo?
—Habíamos terminado.
—Eso no responde mi pregunta.
Verónica comenzó a llorar nuevamente.
—Javier me pidió que no dijera nada.
Daniel soltó una risa llena de incredulidad.
—Claro.
Tomó el teléfono.
Esta vez llamó.
Javier respondió al tercer tono.
—¿Daniel?
—Ven a mi casa.
Silencio.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Pasó algo?
Daniel miró a Verónica.
—Creo que ya sabes lo que pasó.
La llamada quedó en silencio.
Después Javier preguntó:
—¿Está Verónica contigo?
Daniel cerró los ojos.
Aquella pregunta confirmó todo.
—Tienes treinta minutos.
Terminó la llamada.
Verónica se acercó.
—No hagas una locura.
Daniel la miró.
—Mi madre está sangrando porque intentaste quitarle las pruebas de que me engañabas con mi hermano.
—No quise hacerle daño.
—Pero sí querías impedir que hablara.
Verónica no respondió.
Elena tomó la mano de Daniel.
—Hijo.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—No.
Daniel la miró.
—Pero voy a estarlo.
Treinta y cinco minutos después sonó el timbre.
Javier entró.
Era dos años menor que Daniel.
En cuanto vio a Elena con una pequeña venda en la frente, su expresión cambió.
—¿Qué ocurrió?
Daniel le mostró el teléfono.
—Esto.
Javier observó la primera fotografía.
Después dejó de mirar.
—Daniel…
—¿Desde cuándo?
Javier permaneció callado.
—Ella dice que ustedes estuvieron juntos antes de que yo la conociera.
—Es verdad.
—¿Y después?
Silencio.
—Javier.
—Volvimos a hablar hace unos meses.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Hablar?
Javier miró a Verónica.
—Cometimos un error.
Daniel rio.
—Qué palabra tan conveniente.
—Lo siento.
—¿Cuántas veces?
Javier no respondió.
Daniel volvió a preguntar:
—¿Cuántas?
—No importa.
—A mí sí.
Finalmente Javier respondió:
—Cinco.
Verónica cerró los ojos.
Daniel quedó completamente inmóvil.
Cinco veces.
No había sido un momento.
No había sido una confusión.
Había sido una decisión repetida.
Cinco veces.
Daniel miró a las tres personas que tenía delante.
Su madre herida.
Su esposa llorando.
Su hermano incapaz de mirarlo.
Entonces Javier dijo algo inesperado.
—Hay otra cosa que tienes que saber.
Daniel soltó una risa amarga.
—Por supuesto que la hay.
Javier metió una mano en el bolsillo de su chaqueta.
Sacó un sobre.
—Por eso vine tan rápido.
Daniel miró el sobre.
—¿Qué es?
Javier lo dejó sobre la mesa.
—Una prueba de embarazo.
CHAPTER 4 – La pregunta que ninguno quería responder
Nadie habló.
Daniel miró el sobre.
Después miró a Verónica.
Ella estaba llorando.
—¿Estás embarazada?
Verónica asintió.
Daniel sintió que las piernas le fallaban.
Se sentó.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Una semana.
—¿Es mío?
Verónica cerró los ojos.
Aquella reacción fue suficiente.
Daniel se levantó inmediatamente.
—¿Es mío?
—No lo sé.
Elena llevó una mano a la boca.
Javier bajó la mirada.
Daniel comenzó a caminar por la habitación.
—No lo sabes.
—Las fechas…
—No quiero escuchar las fechas.
—Daniel, por favor.
—No.
Se volvió hacia Javier.
—¿Tú sabías?
—Me lo dijo ayer.
—¿Y qué pensabas hacer?
Javier no respondió.
—¿Esperar a que naciera?
—No.
—¿Dejar que yo creyera que era mi hijo?
—¡No!
—Entonces dime cuál era el plan.
Javier permaneció callado.
No había plan.
Ese era precisamente el problema.
Daniel miró a Verónica.
—¿Cuándo ibas a decírmelo?
—Quería estar segura.
—¿Segura de qué?
—De quién era.
Aquellas palabras fueron quizá las más dolorosas de toda la noche.
Daniel dejó de gritar.
Su voz se volvió completamente tranquila.
—Vete.
Verónica lo miró.
—Daniel.
—Vete de mi casa.
—Por favor.
—No puedo mirarte ahora.
—Podemos arreglarlo.
Daniel negó lentamente con la cabeza.
—No sé qué significa “arreglar” esto.
Verónica intentó tomar su mano.
Él retrocedió.
—No me toques.
Ella comenzó a llorar con más fuerza.
Daniel miró a Javier.
—Tú también.
—Hermano…
—No me llames así esta noche.
Javier bajó la cabeza.
Ambos se marcharon.
La puerta se cerró.
Daniel permaneció inmóvil.
Elena se acercó.
—Lo siento.
Él no respondió.
—Hijo…
Daniel se volvió hacia ella.