—¿Lo ves? —susurró—. A veces hay que cortar los cables para que los demás aprendan a volar por sí mismos.

Me recosté contra su pecho y sonreí mientras contemplaba el jardín.

Durante años había creído que mi valor residía en mi utilidad, en la cantidad de problemas que podía resolver y en los cheques que firmaba para mantener la paz.

Pero me había equivocado.

El amor no es una transacción.

No es una orden de pago domiciliada que vence puntualmente el primer día del mes.

El amor verdadero empieza donde terminan las condiciones.

Y a veces, para comprenderlo, hace falta el valor de abandonar la mesa donde solo se te quiere a cambio de tu propio sacrificio, para sentarte en otro lugar donde, por fin, se te ama por lo que eres.