
Su amante le dijo a su esposa embarazada que no valía nada, pero cuando el jefe de la mafia se enteró de que ella esperaba gemelos suyos, hizo una promesa que sacudió a todo Chicago: el fin.
Dante Russo se detuvo en la puerta de la habitación del hospital como si lo hubieran parado en seco. El hombre cuyo nombre muchos en Chicago pronunciaban en voz baja, de repente parecía un hombre que había llegado tarde. Ante él yacía Emily en una estrecha cama de hospital. Estaba pálida como la muerte, con el pelo pegado a la frente, y aún vestía el uniforme negro de sirvienta. La tela se había deslizado a la altura del hombro, polvorienta en un punto por el mármol de la escalera. Se veían marcas oscuras de presión alrededor de su muñeca izquierda, claramente las marcas de dedos que habían apretado demasiado fuerte.
Dante se acercó lentamente. Sus zapatos apenas hacían ruido sobre el suelo liso. Observó las marcas de presión, luego el rostro de Emily, y después su vientre, que subía y bajaba bajo la manta. No le puso la mano encima de inmediato. Tenía miedo de lastimarla.
—Emily —dijo en voz baja.
Sus ojos se abrieron solo un poco. Lo reconoció, y por un instante pareció sentir alivio. Luego, el miedo regresó, como si recordara lo que había sucedido hacía apenas unos instantes.
—Dante —susurró—. Los bebés.
En ese momento, la médica de guardia se acercó a él. La doctora Francesca Romano era una mujer serena, con canas y una voz directa y sin rodeos. Sostenía un expediente en la mano y miró fijamente a Dante.
“Señor Russo, estamos muy preocupados por los bebés”, dijo ella.
Dante se quedó paralizado. Lentamente giró la cabeza hacia ella. Su mirada era dura, pero su voz casi se quebró.
“¿Criaturas?”
El doctor Romano asintió. “Su esposa está esperando gemelos. Dos hijos. Usted lo sabe, ¿verdad?”
Por un instante, Dante no dijo nada. Luego negó con la cabeza, casi imperceptiblemente, como si intentara ahuyentar el pensamiento. «Un niño», dijo. «Me habló de un niño. Un bebé».
Emily cerró los ojos. Una lágrima rodó por su mejilla. «Quería decírtelo», susurró. «Quería decírtelo tantas veces. Pero no contestaste el teléfono. Once veces esta mañana. Once veces».
Dante miró sus manos. Recordó la mañana. Había estado en una reunión, luego en otra, y después se dirigía a una cita que Vanessa le había concertado. Su teléfono había vibrado en el bolsillo de su chaqueta. Pensó en devolver la llamada más tarde. Ese “más tarde” nunca llegó. Y ahora su esposa yacía en una cama de hospital con un uniforme de sirvienta, y él se enteraba por un médico de que iba a ser padre de gemelos.
—¿Por qué llevas eso puesto? —preguntó, señalando el uniforme. Su voz era más baja ahora, pero aún denotaba una rabia que no iba dirigida a Emily.
Emily versuchte zu lächeln, doch es gelang ihr nicht. „Vanessa hat es mir befohlen“, sagte sie. „Sie hat gesagt, in diesem Haus sei ich nur noch eine Angestellte. Sie hat die Halskette getragen, Dante. Deine Halskette. Die, die du mir zum Hochzeitstag geschenkt hast.“
Dante schloss kurz die Augen. Er erinnerte sich an den Tag, an dem er Emily die Diamantkette gegeben hatte. Es war kein lautes Geschenk gewesen. Er hatte sie ihr an einem ruhigen Abend gegeben, ohne Gäste, ohne Fotografen. Er hatte gesagt, sie solle sie tragen, wenn sie sich an ihn erinnern wolle, auch wenn er spät nach Hause kam. Jetzt trug eine andere Frau diese Kette durch sein Haus, und seine Frau trug eine Uniform.
Dr. Romano legte die Akte auf den Nachttisch. „Mrs. Russo ist im achten Monat. Der Sturz auf der Treppe hat starke Wehen ausgelöst. Wir haben sie im Moment unter Kontrolle, aber die Babys müssen engmaschig überwacht werden. Beide Herztöne sind da, aber sie sind schwach und unregelmäßig gewesen. Ihre Frau braucht absolute Ruhe, keine Aufregung, keine weiteren Belastungen. Und sie braucht jemanden, der bei ihr bleibt, dem sie vertraut.“
Dante nickte. Er zog einen Stuhl an das Bett und setzte sich. Er nahm Emilys Hand, ganz vorsichtig, so dass er die Druckstellen nicht berührte. „Ich bleibe“, sagte er. „Ich gehe nicht mehr weg, bevor ich nicht weiß, was hier geschehen ist.“
Emily sah ihn an. „Vanessa hat mir Scheidungspapiere gezeigt“, sagte sie. „Mit deiner Unterschrift. Sie hat gesagt, du planst das seit Wochen. Und sobald die Babys da sind, würdest du das Sorgerecht beantragen.“
Dante wurde still. So still, dass Dr. Romano einen Schritt zurücktrat. „Ich habe keine Scheidungspapiere unterschrieben“, sagte er langsam und deutlich. „Niemals. Und ich werde niemals das Sorgerecht gegen dich beantragen. Emily, hör mir zu. Das ist nicht wahr.“
„Aber die Unterschrift sah aus wie deine“, sagte Emily.
„Dann ist sie gefälscht“, antwortete Dante. „Ich werde es beweisen. Ich verspreche es dir. Nicht mit Worten, die in diesem Haus schon zu oft nichts bedeutet haben. Mit Beweisen, mit Papieren, mit Menschen, die die Wahrheit sagen.“
Er beugte sich etwas näher zu ihr. „Und ich gebe dir ein weiteres Versprechen, Emily. Ab heute wird dich in diesem Haus niemand mehr wie eine Dienstmagd behandeln. Niemand wird dir deine Kette nehmen, niemand wird dir dein Telefon nehmen, niemand wird dir sagen, dass du wertlos bist. Wer das noch einmal versucht, der wird es mit mir zu tun bekommen. Das gilt für Vanessa, das gilt für jeden in Chicago, der glaubt, meine Frau sei ein Niemand.“
Emily weinte jetzt leise, aber es war nicht mehr nur Angst. Es war Erschöpfung und ein erstes, vorsichtiges Gefühl, gehört zu werden. „Ich wollte nur einen Arzt erreichen“, sagte sie. „Ich hatte Schmerzen. Ich habe dich angerufen. Ich habe den Fahrer rufen wollen. Vanessa hat ihm verboten, mich zu fahren.“