
—Y antes de hablar de mi empresa, necesitan entender algo…
Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa con una calma que volvió todavía más incómodo el silencio.
Nadie se movió.
Ni mi mamá.
Ni mi papá.
Ni Renata, que sostenía su tarjeta falsa entre dos dedos como si de pronto quemara.
Hasta el tío Mauricio, que llevaba toda la tarde tratándolo como si fuera el muchacho que había llegado a cambiar un tanque de gas, había perdido esa sonrisa presumida.
Yo, en cambio, apenas podía respirar.
—¿Alejandro… Sterling? —repetí.
Él volteó hacia mí.
No había orgullo en su cara.
Había culpa.
Eso fue lo que me dio miedo.
—Sí.
Mi papá se puso de pie tan rápido que golpeó la mesa con la rodilla.
—¿Sterling como Corporativo Sterling?
—Exactamente.
Renata soltó una risa nerviosa.
—Ay, por favor. ¿De verdad se van a creer esto?
Alejandro la miró.
—La compañía que aparece en tu tarjeta fue fundada por mi abuelo en 1978. Mi padre la expandió a seis estados. Yo asumí la dirección general hace cuatro años.
El tío Mauricio ya estaba buscando frenéticamente en su celular.
De pronto levantó la pantalla.
—No manches…
Todos voltearon.
En la página corporativa aparecía una fotografía de Alejandro con traje oscuro, parado frente a un centro logístico enorme, estrechándole la mano al gobernador de algún estado.
Era él.
Sin botas.
Sin grasa.
Sin la camisa manchada de café.
Pero era él.
El mismo hombre al que mi hermana había llamado “albañil oloroso” frente a toda la familia.
Mi mamá se llevó una mano al pecho.
—Dios mío.
Renata dejó caer la tarjeta.
—Esto es una estupidez.
—No —dijo Alejandro—. Una estupidez es imprimir un cargo que no tienes y presumirlo frente a personas que pueden verificarlo en treinta segundos.
La cara de Renata se deformó.
—¡Tú no sabes nada de mí!
Alejandro sacó otra cosa de su bolsillo.
No era un teléfono.
Era una pequeña credencial.
La puso frente a ella.
—Sé que ingresaste a Sterling hace once meses como auxiliar temporal de captura en el centro administrativo de Naucalpan.
Renata palideció.
—Sé que hace cuatro meses recibiste una amonestación por alterar horarios en el sistema.
Mi papá volteó hacia ella.
—¿Qué?
—Papá, no…
—Y sé —continuó Alejandro— que hace dos semanas Recursos Humanos rechazó tu solicitud para convertirte en supervisora porque mentiste sobre una certificación que nunca terminaste.
—¡Cállate!
Renata golpeó la mesa.
Varias copas temblaron.
Mi mamá reaccionó por fin.
—Renata, mi amor, tranquila.
Mi amor.
Claro.
Incluso atrapada en una mentira monumental, seguía siendo “mi amor”.
Yo llevaba treinta años siendo “Valeria, ¿por qué no puedes ser más como tu hermana?”.
Alejandro notó mi expresión.
—No vine aquí para destruirla —dijo.
Renata soltó una carcajada histérica.
—Pues qué considerado.
—Vine por Valeria.
Todos voltearon hacia mí.
Sentí un frío extraño en la espalda.
—¿Por mí?
Alejandro asintió.
—Y necesito pedirte perdón.
Ahí algo dentro de mí se tensó.
—¿Perdón por qué?
Él miró alrededor.
—Por no decirte toda la verdad desde el principio.
Mi mamá frunció el ceño.
—¿Entonces sí es su novio?
—No —respondimos los dos al mismo tiempo.
Algunos primos soltaron murmullos.
Mi papá me miró como si yo hubiera cometido un delito.
—¿Lo contrataste?
La vergüenza me subió por el cuello.
—Sí.
Mi mamá cerró los ojos.
—Valeria…
Esa vez no soporté el tono.
—No.
Me puse de pie.
—No empieces.
Ella me miró sorprendida.
—Tú me dijiste que consiguiera a alguien. Dijiste que yo incomodaba llegando sola. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que sacara un novio de una aplicación para que ustedes pudieran respirar tranquilos mientras comían?
—No era literal.
—Entonces debiste pensar antes de humillarme.
Mi voz temblaba.
Pero no bajé la mirada.
Por primera vez en años, nadie tenía una respuesta inmediata para mí.
Alejandro dio un paso adelante.
—Valeria no hizo nada malo.
Renata se limpió una lágrima con furia.
—Claro. Ahora el millonario la defiende. Qué conveniente.
—Renata —advirtió mi papá.
—¡No! ¿De verdad nadie ve lo ridículo? Ella trae un hombre falso y resulta ser el dueño de mi empresa. ¿Y ahora todos vamos a fingir que esto es normal?
No lo era.
En eso tenía razón.
Volteé hacia Alejandro.
—Contesta.
Él sostuvo mi mirada.
—¿Qué?
—¿Por qué aceptaste?
—Te lo dije.
—No. Me dijiste que aceptabas una comida.
Me acerqué.
—Pero ahora dices que viniste por mí. ¿Qué significa eso?
Alejandro apretó la mandíbula.
Por primera vez desde que lo conocí, pareció realmente incómodo.
—Significa que nuestro encuentro en la cafetería no fue tan casual como tú crees.
Sentí que me vaciaban un vaso de agua helada encima.
—¿Qué?
Mi mamá dejó de fingir que no escuchaba.
Mi papá volvió a sentarse.
Renata abrió la boca.
—¡Ja! ¡Lo sabía!
Yo ni siquiera la miré.
—Explícate.
Alejandro respiró lentamente.
—Yo sabía quién eras.