Renata asintió.
—Papá trabajó con Sterling hace veinte años.
—¿Y?
—Creo que robó.
Sentí que el aire desaparecía.
—No digas tonterías.
—Yo tampoco quería creerlo.
Abrió otro archivo.
Había un reporte interno.
Faltantes.
Rutas fantasmas.
Mercancía declarada como destruida que luego había sido revendida mediante empresas vinculadas con Rivas Logística.
Millones.
—¿Por qué tienes esto?
—Porque cuando inventé mi ascenso empecé a buscar nombres de gerentes para copiar terminología.
Me miró con vergüenza.
—Encontré el apellido de papá en archivos históricos.
—¿Alejandro sabe?
—No lo sé.
Sí sabía.
Yo lo sentí inmediatamente.
Aquella pregunta que le había hecho a Renata sobre inventarios.
La precisión.
La mirada extraña cuando escuchó nuestro apellido.
Alejandro no solo sabía quién era yo por mi trabajo. También sabía exactamente de qué familia venía.
Tomé mi bolso.
—¿A dónde vas?
—A preguntarle.
—
La sede de Sterling en Santa Fe ocupaba varios pisos de una torre de cristal.
Subí sin cita.
La recepcionista intentó detenerme.
—Señorita, el licenciado Sterling está en junta.
—Dígale que está aquí Valeria Rivas.
No hizo falta.
Las puertas del pasillo se abrieron.
Alejandro apareció acompañado por tres ejecutivos.
Me vio.
Se detuvo.
—Valeria.
Levanté la memoria USB.
Su expresión confirmó todo.
—Sabías.
Los otros ejecutivos miraron discretamente hacia otro lado.
—Vamos a mi oficina.
—No. Aquí.
—Por favor.
—¿Sabías lo de mi papá?
Alejandro guardó silencio.
—Sí.
Sentí una punzada.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de conocerte.
Solté una risa rota.
—Qué sorpresa.
—Valeria…
—Entonces sí me buscaste.
—No por eso.
—¿Cuántas mentiras más vienen?
—No te mentí sobre encontrarte casualmente.
—Pero sabías mi apellido.
—Sí.
—Sabías que mi papá había tenido problemas con tu familia.
—Sí.
—Y aun así aceptaste meterte en mi casa sin decirme nada.
La gente en recepción fingía no escuchar.
Alejandro abrió la puerta de su oficina.
—Cinco minutos. Después, si quieres odiarme, lo haces.
Entré.
Cerró.
Sobre una pared había una fotografía antigua.
Dos hombres frente a un almacén.
Uno era el padre de Alejandro.
El otro…
Mi papá.
—No entiendo.
Alejandro se acercó a la foto.
—Tu padre no robó a Sterling.
—Los archivos dicen…
—Los archivos oficiales sí.
—Entonces, ¿qué pasó?
Alejandro volteó.
—Mi padre robó con él.
El mundo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Arturo Sterling y Gabriel Rivas desviaron mercancía durante cinco años.
—No.
—Sí.
—Mi papá jamás…
—El mío tampoco parecía capaz.
Alejandro abrió una caja fuerte.
Sacó una carpeta vieja.
—Mi madre descubrió todo.
Dentro había cartas.
Reportes.
Fotografías.
—Quiso denunciar a los dos.
Me senté.
—¿Qué hicieron?
—Nuestros padres llegaron a un acuerdo.
—¿Cuál?
Alejandro tragó saliva.
—Culparon a un tercero.
Sentí náuseas.
—¿Quién?
Él puso una fotografía frente a mí.
Un hombre joven.
Overol azul.
Cabello oscuro.
Sonrisa enorme.
—Se llamaba Miguel Álvarez.
—No lo conozco.
—Era jefe de almacén.
Mi corazón empezó a golpear.
—Lo acusaron de robo, fraude y falsificación.
—¿Fue a prisión?
—Cinco años.
Cerré los ojos.
—Dios.
—Perdió su casa. Su esposa se fue. Nunca recuperó su vida.
—¿Por qué me cuentas esto?
Alejandro sacó otra fotografía.
Una niña de unos seis años abrazando al hombre.
—Porque esa niña era hija de Miguel.
Miré la foto.
Algo en sus ojos me resultó familiar.
Demasiado familiar.
—¿Quién es?
Alejandro no contestó.
No necesitó hacerlo.
Lo entendí.
—No.
—Valeria…
—No.
La puerta se abrió.
Y entró mi mamá.
—
Me puse de pie.
—¿Qué haces aquí?
Mi madre llevaba el mismo bolso caro del fin de semana, pero parecía haber envejecido veinte años.
—Alejandro me llamó.
Lo miré.
—¿La llamaste?
—Necesitabas escuchar esto de ella.
Mi mamá se acercó.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Perdóname.
Sentí un miedo tan profundo que casi no podía hablar.
—¿Quién era Miguel Álvarez?
Ella comenzó a llorar.
—Mi padre.
No entendí.
—¿Qué?
—Miguel Álvarez era mi papá.
El silencio me rompió por dentro.
Miré la fotografía otra vez.
La niña.
Mi mamá.
—Eso significa…
—Gabriel Rivas no era mi padre —continuó ella—. Era el hombre que años después se casó conmigo.
Me llevé una mano a la boca.
—Papá sabía quién eras.
—Sí.
—¿Se casó con la hija del hombre que mandó a prisión?
Mi mamá cerró los ojos.
—Porque yo me acerqué a él para destruirlo.
No podía respirar.
Alejandro permanecía en silencio.
—Yo tenía veintidós años —dijo mamá—. Mi padre había salido de prisión enfermo, sin dinero, sin nada. Antes de morir me contó lo que Gabriel y Arturo habían hecho.
—¿Entonces te vengaste?
—Eso intenté.
—¿Casándote con él?
—Me acerqué para conseguir pruebas.
—Pero tuviste hijas con él.
Mi mamá empezó a temblar.
—No.
La palabra cayó despacio.
Terrible.
—¿Qué dijiste?
—Renata sí es hija de Gabriel.
Me miró directamente.
—Tú no.
El piso pareció desaparecer.
—No.
—Valeria…
—No me toques.
Retrocedí.
—¿Quién es mi padre?
Mi madre miró a Alejandro.
Él bajó los ojos.