Mi madre no se movió.
—Apaga eso.
—No.
—Estás metiéndote en un asunto familiar.
Julieta sonrió sin humor.
—Mañana iba a convertirme en familia, ¿no?
Silencio.
—Entonces supongo que me toca escuchar.
Paula habló desde el teléfono.
—Pregúntales por Querétaro.
Efraín palideció.
Mi madre giró despacio hacia Julieta.
—Cuelga.
—¿Qué pasó en Querétaro?
Nadie contestó.
Paula insistió.
—Pregúntales por el laboratorio Santel.
Mi corazón empezó a golpearme las costillas.
La prueba de paternidad.
Pensé.
Tiene que ser eso.
Mónica tomó su bolsa.
—Yo me voy.
Julieta se plantó frente a la puerta.
—No.
Mónica soltó una carcajada nerviosa.
—¿Y tú quién eres para impedirme salir?
—La mujer a la que pensabas drogar.
Tomás se acercó.
—Quítate.
—No lo haría.
—¿Por qué?
Julieta levantó el teléfono.
—Porque hay dos patrullas en recepción.
Se hizo un silencio brutal.
Efraín murmuró:
—No manches.
Mi madre miró alrededor.
Por primera vez sonó preocupada.
—¿Qué hiciste?
—Lo que Esteban debió hacer hace años —contestó Julieta—. Dejé de confiar en ustedes.
Mi teléfono vibró bajo la cama.
Casi me mata del susto.
Mensaje de Adriana:
“Policía avisada. NO SALGAS TODAVÍA. Necesitamos que sigan hablando.”
Tragué saliva.
Julieta parecía saber que yo estaba ahí.
Pero no miraba hacia la cama.
—¿Dónde está Esteban? —preguntó Mónica.
—No sé.
Mentía.
La conocía suficiente para saberlo.
—Entonces, ¿por qué trajiste su celular?
Julieta levantó el aparato viejo.
—Porque Paula y yo llevamos tres meses investigándolos.
Yo cerré los ojos.
Tres meses.
Sin decirme nada.
Sentí una punzada de traición.
Paula habló.
—Encontramos pagos a abogados, transferencias, líneas telefónicas a nombre de terceros, cuentas falsas…
—Todo circunstancial —interrumpió Tomás.
—Encontramos las fotografías originales —respondió Paula.
Tomás calló.
—Las del hotel —añadió—. Yo nunca besé a ese hombre. Era mi primo Ernesto. Ustedes recortaron la foto.
Mi pecho se quebró.
Durante años había creído que esa imagen demostraba una infidelidad.
Yo había gritado.
Paula había llorado.
Aquella foto había terminado de destruir nuestra confianza.
Y era falsa.
—También encontramos el correo donde Mónica pagó para editar las capturas —continuó Paula.
Mónica se dejó caer en un sillón.
—Cállate.
—No.
La voz de Paula tembló.
—Me quitaste quince años de vida con mis hijos.
—Tú tuviste a tus hijos.
—¡Me quitaste una familia!
Por primera vez sentí que la rabia de Paula no estaba dirigida hacia mí.
Y eso dolió todavía más.
Porque durante años habíamos sido enemigos construidos por otros.
Julieta respiró profundamente.
—Ahora la prueba de paternidad.
Mi madre endureció la mirada.
—No existe.
—Claro que existe —dijo Paula—. Yo la encontré.
Todo el cuarto pareció encogerse.
—¿Resultado? —preguntó Julieta.
Paula tardó.
Yo dejé de respirar.
—Gael es hijo de Esteban.
Sentí un alivio instantáneo.
Después entendí lo que faltaba.
Emiliano.
Paula siguió.
—Emiliano también.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Los dos.
Mis dos hijos.
Tomás soltó:
—Entonces no sirve.
Paula se rio.
—La prueba sí sirve.
—¿Para qué?
—Para demostrar otra cosa.
Mi madre dijo con voz baja:
—Paula.
Había miedo en su tono.
Miedo real.
—No lo hagas.
Paula no respondió.
Julieta sostuvo el teléfono con las dos manos.
—¿Qué demuestra?
Silencio.
Después Paula dijo:
—Que Esteban no es hijo biológico de Teresa.
No entendí.
Literalmente.
Mi cerebro escuchó la frase, pero se negó a procesarla.
Arriba, nadie se movió.
Mi madre fue la primera.
—Eso es ridículo.
—No —respondió Paula—. El laboratorio repitió la comparación tres veces.
Yo miré la alfombra.
No soy hijo de mi madre.
La frase apareció en mi cabeza.
Desapareció.
Volvió.
No soy hijo de mi madre.
La mujer que me crió.
Que me castigó.
Que me llevó a la escuela.
Que estuvo en el funeral de mi padre agarrándome la mano.
Que acababa de ordenar que me quitaran esposa, hijos y empresa.
No era mi madre biológica.
Efraín murmuró:
—Mamá, ¿qué está diciendo?
Teresa se sentó.
No respondió.
Julieta preguntó:
—¿Quién es la madre de Esteban?
Paula contestó:
—Eso es lo que encontramos en Querétaro.
Mi madre levantó la cabeza.
—¡Cállate!
Su grito fue tan fuerte que Emilia—
No.
No había Emilia.
Por un segundo mi mente mezcló recuerdos.
Me obligué a enfocarme.
Teresa continuó:
—¡No sabes de lo que estás hablando!
Paula dijo:
—Sé que el registro del Hospital Santa Lucía de 1983 tiene dos nacimientos masculinos con apellidos alterados seis días después.
El cuarto quedó congelado.
Tomás miró a mi madre.
—¿Qué hiciste?
Ella apretó los labios.
—Nada.
—Mamá.
—¡Nada!
Julieta dijo:
—Tenemos copia del expediente.
Mi madre empezó a temblar.
Y entonces lo comprendí.
No necesitaba salir de debajo de la cama.
No necesitaba enfrentarla.
Su cara estaba confesando por ella.
Paula continuó:
—Uno de esos bebés era hijo de Teresa Salgado.
El otro era hijo de una mujer llamada Elena Alcocer de Valdés.
Efraín soltó una risita nerviosa.
—¿Valdés?
Tomás lo miró.
—Cállate.