—¿Alguien de mi propia casa te ayudó? —repetí.
Vanessa permaneció pegada a la pared, con el teléfono apretado contra el pecho. Tenía los ojos hinchados y el maquillaje corrido, pero lo que más me inquietaba era que no parecía sorprendida de que yo hubiera encontrado los documentos.
Parecía aterrorizada por lo que todavía podía encontrar.
— ¿Quién? —pregunté—. ¿Quién de mi familia sabía lo de Mateo?
—Daniel, necesito que te calmes.
—No me digas que me calme. Acabo de descubrir que escondidos documentos de un niño detrás del armario de mi hija, y todavía no me explicas por qué.
Vanessa se secó las mejillas con la manga.
—No escondí documentos esos para hacerte daño.
—Entonces, ¿para qué?
—Porque estaba tratando de proteger a todos.
Solté una risa sin humor.
—¿A todos? ¿También a Lily, a quien le negabas comida? ¿También a Noah, a quien amenazate con separarlo de su familia?
Vanessa cerró los ojos.
—No entiendes lo que pasó.
—Tienes razón. No entiendo nada. Así que empieza por el principio.
Dejé la carpeta sobre la cama de Lily y extendí los documentos. Había copias de certificados, correspondencia de abogados, recibos de transferencias y fotografías de un niño de cabello oscuro. En una de ellas, Mateo aparecía sentado en una silla alta, con un pastel de cumpleaños delante.
Tenía los mismos ojos de Vanessa.
Al reverso, alguien había escrito: «Mateo, tres años. No olvidar lo que prometemos».
Debajo de la fotografía encontré una hoja doblada.
Era una carta dirigida a Vanessa.
Si sigues ocultando la verdad, no voy a poder protegerte para siempre. Mateo tiene derecho a saber quién es su padre. Y Daniel tiene derecho a saber lo que hiciste con el dinero.
Me quedé mirando la última frase.
—¿Qué dinero?
Vanessa se acercó un paso.
—Dame esa carta.
La levante fuera de su alcance.
—Primero contesta.
—Era dinero mío.
—¿Dinero tuyo o dinero de nuestra cuenta?
No respondió.
Aquello fue suficiente para que sacara mi teléfono y revisara los movimientos bancarios que había descargado unas semanas antes para preparar los impuestos. Recordé varias transferencias que no había reconocido. Vanessa me había dicho que eran pagos de una deuda médica de su madre.
Abrí el archivo.
Tres transferencias. Una por mil ochocientos dólares. Otra por dos mil cuatrocientos. La última por tres mil.
Todas enviadas a una cuenta cuyo titular no conocía.
La primera se había realizado hacía seis meses.
La última, hace apenas nueve días.
Le mostré la pantalla.
—¿Esto también es parte de tu intento de proteger a todos?
Vanessa miró las cifras y se llevó una mano a la boca.
—Necesitaba pagar algo.
—¿Qué cosa?
—No podía decírtelo.
—¿Era para Mateo?
Su silencio me dio la respuesta.
Me senté en el borde de la cama. Sentía que cada pieza de mi vida estaba siendo arrancada de su lugar, una detrás de otra.
—¿Quién es su padre?
Vanessa empezó a llorar otra vez.
—No quiero hablar de eso.
—Pues yo sí.
—Daniel, por favor…
—¿Es el hombre que te escribió?
Ella negoció rápidamente con la cabeza.
-No. Ese hombre no es su padre.
—Entonces dime quién es.
Vanessa miró hacia la puerta abierta, como si esperara que alguien apareciera para rescatarla.
—Su padre murió.
—¿Cuándo?
—Antes de que yo te conociera.
—Y ¿por qué escondiste a tu hijo de mí?
Se dejó caer en una silla.
—Porque sabía que no ibas a casarte conmigo si te contaba toda la historia.
Me levanté.
—No tenías derecho a decidir eso por mí.
—¡Tenía miedo! —gritó—. Había perdido mi trabajo, no tenía dinero suficiente para pagar una casa y la familia de Mateo quería quitármelo.
Cuando te conocí, tú tenías estabilidad. Tenías una casa, un buen trabajo y dos niños que necesitaban una madre.
La miré con incredulidad.
—Me elegiste porque necesitabas una casa?
-¡No! Al principio no. Me enamoré de ti.
—¿Y después?
Vanessa bajó la cabeza.
No contestó.
En ese momento, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Elena.
Los niños están conmigo. Lily está comiendo sopa y Noah no quiere separarse de ella. ¿Qué encontraste?
Le respondí que estaba bien y le pedí que no regresara todavía.
Entonces marqué a mi hermana.
—Elena, necesito que me contestes algo con sinceridad.
—Claro. ¿Qué pasó?
Miré a Vanessa antes de hablar.
— ¿Sabías que Vanessa tenía un hijo antes de conocerme?
Al otro lado de la línea hubo un silencio extraño.
No fue largo, pero sí lo bastante significativo para que sintiera que el suelo se movía bajo mis pies.
—Elena —insistí—, ¿lo sabías?
—Daniel, no es tan sencillo.
Cerré los ojos.
—Eso significa que sí.
—Escúchame primero.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de tu boda.
Me apoyé contra la pared.