Volvió a casa y encontró a Mateo afinando el mismo piano.

Puso delante de él la transcripción de la cinta.

—Hay jóvenes pagando por tu silencio.

Su padre leyó la frase de Lucía.

Después vio el nombre de Iván.

Le tembló un músculo junto al ojo.

—No sabes cómo empezó.

—Entonces cuéntamelo.

Mateo cerró la puerta del taller.

Sacó una caja metálica de un armario alto.

Dentro había recibos de hospital, transferencias y sobres que Elena no reconocía.

Cuando Lucía enfermó, él había vendido dos instrumentos.

Después llegaron gastos que no pudo cubrir.

Gabriel, entonces un director prometedor, ofreció pagar parte del tratamiento.

A cambio, trabajaría en la orquestación de Las doce mareas.

—Ella seguiría siendo la autora —dijo Mateo—. Eso decía el acuerdo.

Elena apoyó los dedos sobre la mesa.

—¿Lucía lo firmó?

—El primero, sí.

Gabriel presentó después un anexo.

Pedía derechos mucho más amplios y un lugar como coautor.

Lucía se negó.

Empezó a decirse en ciertos círculos que sus borradores imitaban la música de Gabriel.

Mateo sabía que no era verdad.

—Me amenazaron con exigir el dinero. Pensé que podría arreglarlo cuando ella mejorara.

Elena miró los recibos.

Había reconocido algunas fechas.

Días en que Lucía todavía le enviaba postales con bromas.

—No mejoró, papá.

Mateo cerró los ojos.

—Lo sé.

—Y tú seguiste callado después.

Él extendió una mano.

Elena retrocedió.

Necesitó salir al patio para que su voz no se quebrara delante de él.

Mateo la siguió con un justificante bancario.

En el concepto había una referencia al acuerdo y una notaría.

Rebeca consiguió una copia autorizada.

El texto limitaba la intervención de Gabriel a transcribir y orquestar.

No le concedía la autoría de la composición.

A partir de aquel documento solicitaron frenar provisionalmente la explotación de la obra.

También incorporaron el hallazgo del piano y el análisis inicial de la cinta.

La primera decisión detuvo temporalmente los planes de Armonía.

Elena dejó que Nuria la abrazara.

No se atrevió a llamarlo victoria.

Gabriel reaccionó donde podía hacer más daño.

Iván perdió la beca.

Mateo recibió una reclamación que sumaba intereses y penalizaciones a la deuda antigua.

El importe podía poner en peligro el taller y el departamento.

Días después apareció en televisión.

Dijo que Lucía había permitido utilizar su música.

Elena lo vio desde la habitación de su hermana.

Esperó la parte donde explicaría los límites.

Esa parte nunca llegó.

El teléfono de Mateo sonó abajo.

Ella no bajó.

Gabriel presentó la declaración y un anexo que atribuía a Elena la autorización para administrar el archivo.

La firma parecía suya.

Rebeca apoyó una copia delante de ella.

—¿Lo firmaste?

Elena negó con la cabeza.

La falta de una grabación completa y los nuevos documentos complicaron la medida provisional.

Se permitió continuar preparando el estreno, con condiciones económicas y la disputa aún abierta.

Gabriel anunció un concierto en un gran auditorio de Guadalajara.

Su representante habló de una reivindicación.

Elena amplió la firma del anexo.

Había un temblor familiar en una curva.

Abrió el seguro contratado para la boda.

Los dos trazos coincidían demasiado.

Buscó la interrupción diminuta que su bolígrafo había dejado al cambiar de dirección.

Estaba en ambos documentos.

También una gota de tinta.

No se parecía a otra firma suya.

Era la misma.

La especialista que examinó los archivos pidió los documentos originales.

Elena los llevó en carpetas separadas.

Durante la revisión, se quedó mirando una mancha del escritorio.

Era absurdo cuánto podía depender de una línea de tinta.

El dictamen confirmó que la firma del anexo procedía de la imagen del contrato de la boda.

Habían ajustado el contraste para esconder el borde.

Rebeca presentó el informe y solicitó que se investigara la falsificación.

Elena quiso llamar a Gabriel.

No para discutir.

Quería preguntarle en qué momento había empezado a verla como una llave.

Nuria encontró el teléfono en su mano.

—No necesitas escucharlo para saber lo que hizo.

Elena dejó el aparato.

Había preguntas que él podía utilizar para entrar de nuevo.

Iván recordó los registros del catálogo patrimonial.

Las instituciones consultaban títulos y descripciones, pero cada acceso quedaba anotado.

Durante la digitalización, Elena había exigido conservar una copia de esos registros.

Un técnico independiente ayudó a revisarlos.

Armonía había buscado Las doce mareas seis meses antes de que Gabriel conociera a Elena en una exposición.

La ficha mencionaba la pausa del octavo movimiento.

Elena se quedó sentada.

Recordó cómo él le había preguntado por los silencios de su hermana aquella primera noche.

Ella creyó que alguien finalmente entendía qué echaba de menos.

Ahora vio una fecha anterior sobre la pantalla.

—Sabía lo que buscaba —dijo.

Iván cerró la ventana del registro.

—Sabía que existía. Lo demás tenemos que demostrarlo.

La cautela le dolió y le sirvió al mismo tiempo.

Elena revisó los correos donde Gabriel proponía una exposición conmemorativa.

Después había llegado la digitalización.

Después, las visitas, las cenas y las promesas.

No podía declarar falso cada momento amable.

Pero podía reconocer los accesos que cada momento había facilitado.

Nuria la encontró llorando frente a una fotografía del noviazgo.

—¿Qué necesitas?

Elena tardó en contestar.

—Que no me digas que debí darme cuenta.

Su amiga se sentó a su lado.

—No te lo voy a decir.

Elena apoyó la frente en su hombro.

Hasta entonces había llorado por Lucía, por Mateo y por los alumnos.

También necesitaba llorar por la vida que había creído estar eligiendo.

Rebeca separó las investigaciones.

Una concernía a la agresión, sus grabaciones y los testigos.

Otra, a los documentos y las presiones.

La autoría musical requería su propio conjunto de pruebas.

Elena aprendió a preguntar qué faltaba, incluso cuando algo parecía evidente.

En el caso del video, faltaba asegurar la copia de Celia.

La mesera llegó al despacho con su teléfono envuelto en una servilleta.

Había perdido varios turnos después de negarse a borrar la grabación.

—Dicen que metí a la hacienda en un problema.

Elena sintió que la vergüenza cambiaba de lugar dentro de ella.

—No tenías que perder trabajo por ayudarme.