—Hazlo —le dijo Claire con suavidad—. Pero hazlo sabiendo que esta es tu última oportunidad de demostrarme de qué lado estás.
Ethan asintió lentamente, se acercó a ella con pasos cautelosos y se detuvo a poca distancia, pidiendo permiso con la mirada antes de atreverse a tocarla.
Claire no retrocedió.
—Te lo demostraré, Claire —susurró él—. Te prometí que iba a cambiar, y cumpliré mi palabra aunque tenga que enfrentarme al mundo entero para hacerlo.
Capítulo 7: La tormenta antes de la calma
Esa misma noche, Ethan se presentó en la mansión de Linda.
La confrontación duró más de dos horas.
Según le contó por teléfono a Claire ya entrada la madrugada, Linda había intentado el mismo repertorio de siempre: lágrimas fingidas, gritos de ingratitud, acusaciones de que Claire lo había abducido mentalmente y advertencias apocalípticas sobre el futuro de la familia.
Pero esta vez, Ethan no había cedido ni un milímetro.
No gritó, no suplicó y no se disculpó por defender a su esposa.
Simplemente le entregó una copia de la notificación formal de restricción legal redactada por su abogado, en la que se anulaba cualquier participación de Linda en decisiones futuras sobre la crianza de Eleanor o la gestión de los bienes familiares, y le informó que cortaría todo contacto con ella de manera indefinida hasta que buscara ayuda profesional para sus problemas de control.
Al colgar el teléfono tras esa llamada, Claire sintió por primera vez en meses que el aire en la casa volvía a ser ligero.
Los días siguientes transcurrieron en una relativa y apacible calma.
Ethan continuaba viviendo en su apartamento temporal, pero pasaba cada vez más horas en casa de Claire, ayudando a terminar los últimos detalles del cuarto del bebé, cocinando para ella y acompañándola a cada control médico con el obstetra.
La distancia física entre ellos seguía siendo un recordatorio de la herida abierta, pero la cercanía emocional crecía con cada conversación honesta y cada gesto de respeto mutuo.
Un viernes por la tarde, exactamente tres semanas después del incidente con los documentos legales, Claire comenzó a sentir una presión sorda en la espalda baja mientras leía un libro en el sofá.
Al principio intentó ignorarlo, pensando que se trataba de las molestias habituales del último mes de gestación.
Sin embargo, a los veinte minutos, la intensidad aumentó de golpe, acompañada de un calambre rítmico que le cortó la respiración.
Claire dejó caer el libro al suelo.
Intentó levantarse, pero una nueva contracción la obligó a aferrarse con fuerza a los cojines del sofá.
Su teléfono estaba sobre la mesa ratonera, justo fuera de su alcance.
Por fortuna, la puerta principal se abrió en ese preciso instante y Ethan entró cargando una bolsa con compras del supermercado.
Al ver la expresión en el rostro de Claire y la postura encorvada que tenía, dejó caer la bolsa al suelo con estrépito.
—¿Claire? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —preguntó él, corriendo hacia el sofá con el rostro pálido.
—El bebé… —jadeó Claire, apretando los dientes mientras la ola de dolor alcanzaba su punto máximo—. Las contracciones… ya empezaron.
Ethan se quedó paralizado durante una fracción de segundo antes de que el instinto tomara el control absoluto.
—¡De acuerdo! ¡Mantén la calma! ¡Voy por la bolsa del hospital! —exclamó con la voz temblorosa, aunque sus manos se movían con una eficiencia sorprendente.
En menos de tres minutos, la tenía en el coche, conduciendo hacia el hospital con el corazón latiéndole en la garganta, mientras Claire respiraba profundamente en el asiento del copiloto, sabiendo que el momento que tanto habían esperado y temido había llegado por fin.