Ella tendría siete años. Yo, doce.

Estábamos sentados en la caja de una camioneta, comiendo elote. Erika sonreía con los dientes manchados de chile. Yo tenía un brazo alrededor de sus hombros.

Durante años conservé esa foto porque me recordaba por qué la ayudaba.

Esa mañana la guardé en un cajón.

En la escuela traté de concentrarme en mis clases. Hablé sobre la Revolución Mexicana, revisé tareas y separé a dos muchachos que se estaban peleando junto a las canchas.

A la hora del recreo, la directora se asomó a la puerta del salón.

—Profe Bruno, lo buscan en administración.

Pensé que sería mi mamá.

Pero era una mujer de traje gris, cabello recogido y una carpeta negra bajo el brazo.

—¿Señor Bruno Ramírez?

—Sí.

—Soy la licenciada Valeria Cárdenas, del Banco del Norte.

Sentí que el estómago se me apretaba.

—¿Pasó algo con mi cuenta?

—Necesito confirmar unas transferencias periódicas.

La hice pasar al salón vacío.

Valeria colocó la carpeta sobre un pupitre.

—Usted programó depósitos mensuales de ocho mil pesos a una cuenta registrada con el alias “Hipoteca Erika Ramírez”, ¿correcto?

—Sí.

—¿La señora Erika Ramírez le informó que ese dinero se aplicaba directamente a un crédito hipotecario?

—Eso me dijo.

La licenciada abrió la carpeta.

—Señor Ramírez, esa cuenta no pertenece a ninguna institución hipotecaria.

Tardé unos segundos en entender.

—¿Cómo?

—Es una cuenta personal.

—¿De Erika?

Valeria me miró con cautela.

—No.

Sacó una hoja.

El nombre estaba impreso en la parte superior.

Gerardo Salinas Herrera.

Sentí que el salón se inclinaba.

—No puede ser.

—Las transferencias llegaron a su cuenta durante tres años.

—Pero el alias decía…

—El alias lo escribió usted cuando guardó al beneficiario. No es el nombre legal del titular.

Recordé la primera vez que Erika me pidió ayuda. Me había enviado un número de cuenta por mensaje.

“Es la cuenta donde se carga la hipoteca”, escribió.

Yo no pregunté más.

Era mi hermana.

—¿Por qué me dicen esto hasta ahora?

—Porque ayer usted canceló la transferencia programada y, unas horas después, el titular de la cuenta intentó reportarla como un incumplimiento de pago vinculado a un préstamo privado.

—¿Un préstamo privado?

—Presentó un documento donde asegura que usted le debe cuatrocientos cincuenta mil pesos.

Me reí.

No porque fuera gracioso.

Fue una risa seca, incrédula.

—Yo nunca le he pedido dinero a ese hombre.

—Por eso estamos investigando.

Valeria puso otra hoja frente a mí.

Había una firma al pie.

Mi firma.

O algo parecido.

—Esto es falso.

—¿Está seguro?

—Completamente.

—Entonces debe denunciarlo.

Me quedé mirando aquel garabato. Era una imitación torpe, pero suficiente para engañar a alguien que no me conociera.

—¿Erika firmó algo?

La licenciada vaciló.

—Su hermana aparece como testigo.

Esa palabra me abrió el pecho.

Testigo.

No víctima.

No engañada.

Testigo.

Salí de la escuela antes del mediodía. La directora me dio permiso cuando vio mi cara.

Manejé directamente a la casa de Erika.

Vivía en una colonia nueva a las afueras de Saltillo, en una casa de dos pisos con fachada color arena, cochera eléctrica y macetas decorativas. Yo había ayudado a pagar esa fachada. Yo había pagado parte de aquellas ventanas. Yo había renunciado a mis vacaciones para que ellos pudieran conservar ese techo.

Toqué el timbre.

Gerardo abrió.

Traía playera de marca, reloj brillante y una taza de café en la mano.

—Mira quién decidió aparecer.

Le aventé la copia del documento al pecho.

—¿Qué es esto?

La hoja cayó al suelo.

Gerardo la miró y su expresión cambió apenas un segundo.

Pero lo vi.

Miedo.

—¿De dónde sacaste eso?

—Del banco.

Erika apareció detrás de él.

—Bruno…

—Dime que no sabías.

Ella se quedó quieta.

—Dime que Gerardo falsificó mi firma sin que tú supieras.

—Podemos explicarlo.

—Dímelo.

—Bruno, baja la voz.

—¡Dímelo!

Un perro ladró en la casa vecina.

Gerardo cerró la puerta detrás de mí.

—No armes un escándalo.

—Me robaron casi trescientos mil pesos.

—No te robamos nada —dijo él—. Tú lo diste.

—Para una hipoteca.

Erika se cruzó de brazos.

—La casa también necesitaba gastos.

—¿Qué gastos?

—Mantenimiento, servicios, deudas…

—La cuenta estaba a nombre de Gerardo.

—Porque él maneja las finanzas.

Lo dijo con una naturalidad que me dio náuseas.

—¿Y el pagaré falso?

Erika apretó los labios.

—Era una garantía.

—¿Garantía de qué?

Gerardo se acercó.

—De que no nos fueras a dejar colgados, como acabas de hacer.

Lo miré, incapaz de creerlo.

—¿Falsificaste mi firma para obligarme a seguir pagando?

—No dramatices.

—Eso es fraude.

—Eso es familia resolviendo entre familia.

—¿Y tú firmaste como testigo? —le pregunté a Erika.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Durante toda mi vida, sus lágrimas habían sido una orden.

Esa vez no sentí nada.

—Gerardo dijo que era sólo por si un día te ponías raro.