—¿Raro como descubrir que se estaban burlando de mí?
—Estábamos desesperados.
—¿Desesperados?
Señalé la televisión enorme de la sala, los sillones nuevos, la cafetera italiana, el comedor de madera fina.
—Yo llevaba tortas a la escuela para que ustedes compraran todo esto.
—No sabes lo difícil que ha sido —dijo Erika.
—¿Difícil?
—Gerardo perdió clientes. La mensualidad subió. La vida está carísima.
—¿Cuánto deben de la casa?
Ninguno contestó.
—¿Cuánto deben?
Gerardo levantó la barbilla.
—Eso no es asunto tuyo.
—Llevo tres años pagándola. Claro que es asunto mío.
Erika miró al piso.
Entonces entendí.
—No hay hipoteca, ¿verdad?
El silencio me respondió antes que ella.
—La casa se pagó hace tiempo —dijo Erika finalmente.
Sentí un frío extraño en los brazos.
—¿Hace cuánto?
—Dos años.
Tuve que apoyarme en una silla.
—¿Y durante dos años siguieron recibiendo mi dinero?
—Lo necesitábamos.
—¿Para qué?
Gerardo dejó la taza sobre una mesa.
—Inversiones.
—¿Qué inversiones?
—Criptomonedas, un negocio de importación, oportunidades.
—¿Perdiste mi dinero?
—No todo.
Erika comenzó a llorar.
—Bruno, por favor, no vayas a la policía.
—¿Por qué no?
—Porque Gerardo puede ir a la cárcel.
—Eso debió pensarlo antes de falsificar mi firma.
—¡Es mi prometido!
—Y yo soy tu hermano.
Ella levantó la mirada.
—Precisamente por eso deberías ayudarnos.
Ahí murió la última esperanza que me quedaba de recuperar a mi hermana.
No gritó.
No pidió perdón.
No dijo que se sentía avergonzada.
Sólo esperaba que yo volviera a sacrificarme para salvarlos de las consecuencias de haberme robado.
Saqué el celular.
—Tienen veinticuatro horas para devolverme el dinero.
Gerardo se rio.
—¿O qué?
—O presento la denuncia.
Su rostro se endureció.
—Ten cuidado, maestro. Hay cosas que no entiendes.
—Entiendo perfectamente.
—No, Bruno. No entiendes nada de esa casa.
—¿Qué significa eso?
Gerardo miró a Erika.
Ella negó con la cabeza.
—Cállate —le dijo.
—Ya es hora de que sepa.
—Gerardo, no.
—¿Que sepa qué?
Él sonrió, pero ahora había malicia en sus ojos.
—Pregúntale a tu papá quién pagó realmente esta casa.
Erika le dio una bofetada.
El golpe sonó seco.
Gerardo se llevó una mano a la mejilla.
—Lárgate, Bruno —dijo ella.
—¿Qué quiso decir?
—¡Que te largues!
No me moví.
—Erika.
—¡Vete!
Salí con el corazón golpeándome el pecho.
Esa noche fui a ver a mis padres.
Mi mamá abrió la puerta y, al verme, se llevó una mano al pecho.
—Mira nada más quién se dignó venir.
—Necesito hablar con papá.
—Está descansando.
—Es importante.
—También era importante su cumpleaños y te fuiste como si nada.
La miré.
—Erika y Gerardo me robaron.
Su cara no mostró sorpresa.
Eso fue suficiente.
—Tú sabías.
—No digas tonterías.
—Mamá, tú sabías.
—Yo sabía que estaban pasando una mala racha.
—La casa está pagada desde hace dos años.
Ella desvió la mirada.
—Erika es tu hermana.
—Me robaron casi trescientos mil pesos y falsificaron mi firma.
—Gerardo se equivocó.
—¿Se equivocó treinta y seis veces?
—No destruyas a la familia por dinero.
Sentí una calma extraña.
—No fui yo quien la destruyó.
Mi papá apareció al fondo del pasillo.
Se veía pálido. Caminaba apoyándose en la pared.
—Déjalo pasar, Teresa.
Mi mamá quiso protestar.
—Manuel…
—Déjalo.
Entré.
Papá me condujo a su cuarto y cerró la puerta. Luego sacó una caja metálica del clóset.
—Siéntate, hijo.
—Gerardo dijo que te preguntara quién pagó la casa de Erika.
Don Manuel cerró los ojos.
—Yo.
—¿Cómo?
—Yo pagué el enganche.
—Eso lo sabía.
—No. No sabes todo.
Abrió la caja.
Dentro había escrituras, estados de cuenta y un sobre amarillento con el nombre de mi abuela: Doña Elena Ramírez.
—Tu abuela me prestó dinero para comprar esa casa —dijo—. Pero puso una condición.
—¿Cuál?
—Que legalmente quedara a nombre de quien aportara la mayor parte.
—Erika.
Papá negó con la cabeza.
—Tú.
Me le quedé viendo.
—Eso no tiene sentido.
—Cuando murió tu abuelo, dejó un fondo para los nietos. Erika gastó su parte antes de cumplir veinticinco. Tú nunca tocaste la tuya. Tu abuela usó ese dinero como enganche.
—¿Mi dinero compró la casa?
—El treinta y cinco por ciento.
—¿Y por qué nunca me dijeron?
Don Manuel bajó la mirada.
—Porque Erika estaba embarazada.
—¿Embarazada?
—Hace doce años. Perdió al bebé. Quedó muy mal. Tu mamá creyó que saber que la casa no era completamente suya podía afectarla.
—¿Y decidieron ocultármelo?
—Yo pensé que después arreglaríamos los papeles.
—¿Después de qué?
No contestó.
Abrí el sobre.
Había una escritura notariada.
La propiedad estaba dividida.
Treinta y cinco por ciento a nombre de Bruno Ramírez Ortega.
Sesenta y cinco por ciento a nombre de Erika.
Sentí que me faltaba el aire.
—Gerardo dijo que la casa estaba pagada.
—Lo está.
—Entonces mis pagos…
—No fueron a la casa.
—Ya lo sé.
Papá apretó la mandíbula.