PARTE 1. «YO LO VI CAER»
El salón entero había quedado en silencio.
Dante sostenía la pequeña jeringa entre los dedos.
No sabía qué contenía.
Ni siquiera sabía si había contenido algo.
Solo veía el cilindro transparente, la pieza azul y el extraño objeto que segundos antes había aparecido sobre el mármol, junto al bolso plateado de Victoria.
Sofía mantenía a Lucía detrás de ella.
La niña abrazaba su oso de peluche contra el pecho.
Victoria se había puesto de pie con ayuda de Marcos.
Su vestido color champán estaba ligeramente arrugado por la caída.
Su rostro ardía de rabia.
«¡Esa mujer me ha atacado delante de todos!»
Dante no la miró.
Seguía observando la jeringa.
«Lucía.»
La niña levantó los ojos.
«¿Qué viste?»
Sofía le acarició suavemente el hombro.
«No tengas miedo.»
Lucía apretó el oso.
«Lo vi caer.»
Dante bajó lentamente la mano.
«¿De dónde?»
La niña señaló hacia el suelo.
«Por ahí.»
Victoria dio un paso.
«¡Eso no demuestra nada!»
Dante levantó una mano.
«Déjala hablar.»
Victoria cerró la boca.
Lucía continuó:
«Estaba mirando el bolso.»
Dante miró el clutch plateado.
«¿Por qué?»
«Porque brillaba.»
Algunos invitados intercambiaron miradas.
Era una respuesta completamente infantil.
Y precisamente por eso Dante le creyó.
«¿Viste a alguien meter eso dentro?»
Lucía negó.
“No.”
«¿Viste a Victoria tocarlo?»
La niña volvió a negar.
Victoria dejó escapar el aire.
«¿Lo ves?»
Dante la ignoró.
«¿Viste algo más?»
Lucía dudó.
«Sí.»
El salón volvió a quedar inmóvil.
«Antes de que Sofía viniera, un señor pasó muy cerca.»
Dante frunció el ceño.
«¿Qué señor?»
Lucía miró alrededor.
Había más de cincuenta invitados.
Hombres con trajes negros.
Mujeres con vestidos largos.
Camareros.
Personal de servicio.
«No sé.»
«¿Puedes reconocerlo?»
La niña se escondió ligeramente detrás de Sofía.
«Tal vez.»
Dante alzó la mirada hacia las enormes puertas.
«Nadie sale.»
Un murmullo recorrió el salón.
Victoria lo miró incrédula.
«Dante, no puedes detener una fiesta entera por algo que nadie sabe qué es.»
«Precisamente porque nadie sabe qué es.»
Marcos intervino.
«Quizá deberíamos llamar a alguien que pueda examinarlo.»
Dante asintió.
«Eso haremos.»
Después miró a Sofía.
«Y tú no te mueves de aquí.»
Sofía endureció el rostro.
«¿Cree que yo lo puse allí?»
«No he dicho eso.»
«Pero lo está pensando.»
Dante se acercó.
«Estoy pensando por qué golpeaste a Victoria antes de que apareciera la jeringa.»
Sofía miró a Lucía.
«Porque la niña estaba asustada.»
Victoria se rio con incredulidad.
«Yo solo estaba hablando con ella.»
Sofía respondió:
«Entonces pregúntele por qué estaba temblando.»
Dante miró a Lucía.
La niña apretó más fuerte el oso.
«No me gustaba cómo me preguntaba por la llave.»
Silencio.
Dante giró lentamente hacia Victoria.
«¿Qué llave?»
Ella palideció.
Y por primera vez desde que había caído al suelo, dejó de hablar.
PARTE 2. LA LLAVE QUE LUCÍA LLEVABA ESCONDIDA
Dante se arrodilló frente a Lucía.
«¿Qué llave?»
La niña metió una mano debajo del vestido.
Sacó una pequeña cadena.
En ella colgaba una llave antigua.
De color oscuro.
Muy pequeña.
Victoria abrió mucho los ojos.
Dante lo vio.
«La reconoces.»
«No.»
«Has reaccionado antes de que dijera nada.»
Victoria negó.
«Me sorprende que una niña lleve una llave colgada al cuello.»
Lucía habló:
«Me la dio mi abuela.»
Dante preguntó:
«¿Quién es tu abuela?»
La niña miró a Sofía.
Sofía parecía confundida.
«Yo tampoco lo sé.»
Lucía respondió:
«Se llama Teresa.»
Dante se quedó inmóvil.
Marcos también.
Victoria bajó lentamente la mirada.
Sofía notó las tres reacciones.
«¿Quién es Teresa?»
Dante no respondió.
Tomó la llave sin quitársela del cuello.
En uno de los lados había grabadas dos letras:
D. M.
Sofía miró a Dante.
«Son sus iniciales.»
Dante asintió.
«Sí.»
Lucía sonrió.
«Mi abuela dijo que usted sabría dónde usarla.»
Victoria retrocedió.
Dante levantó la cabeza.
«¿Cuándo te dijo eso?»
«Hace mucho.»
«¿Cuánto?»
La niña pensó.
«Antes de ponerse muy enferma.»
Dante mantuvo la calma.
«¿Y por qué te pidió traerla hoy?»
«No me pidió venir.»
Dante frunció el ceño.
«Entonces ¿cómo llegaste aquí?»
Lucía señaló a Sofía.
«Con ella.»
Sofía abrió los ojos.
«Yo no sabía que llevaba esa llave.»
«¿Quién invitó a Sofía?», preguntó Dante.
Una mujer del personal levantó tímidamente la mano.
«Señor, su nombre estaba en la lista.»
«¿Quién lo añadió?»
La mujer consultó una tableta.
Su expresión cambió.
«No aparece.»
«¿Cómo que no aparece?»
«La entrada fue autorizada desde una cuenta interna.»
Dante se incorporó.
«¿Qué cuenta?»
La mujer tragó saliva.
«La suya.»
Dante quedó inmóvil.
«Yo no invité a Sofía.»
La tensión en el salón aumentó.
Sofía dio un paso hacia él.
«¿Entonces alguien utilizó su cuenta?»
Dante no respondió.
Miró la llave.
Después la jeringa.
Después a Victoria.
Dos objetos habían aparecido en la misma noche.
Y ninguno tenía una explicación.
«Lucía.»
La niña levantó la cabeza.
«¿Victoria te preguntó específicamente por esa llave?»
Lucía asintió.
Victoria protestó:
«¡Porque la vi debajo del vestido!»
Sofía respondió:
«La niña dice que usted ya sabía que era una llave.»
Victoria guardó silencio.
Dante caminó hacia ella.
«¿Cómo sabías lo que llevaba?»
Victoria respiró profundamente.
«Recibí un mensaje.»
«¿De quién?»
«No lo sé.»
«Enséñamelo.»
Victoria sacó su teléfono.
Buscó.
Nada.
«Ha desaparecido.»
Marcos soltó una pequeña risa nerviosa.
«Conveniente.»
Victoria lo miró con furia.
«¡Tú estabas conmigo cuando llegó!»
Marcos dejó de sonreír.
Dante lo observó.
«¿Es verdad?»
Marcos asintió.
«Sí.»
«¿Qué decía?»
Marcos recordó:
«Algo como: “La niña lleva una llave que pertenece a Dante. Consíguela antes de que él la vea”.»
Silencio.
Sofía abrazó a Lucía.
Dante preguntó:
«¿Y tú obedeciste?»
Victoria respondió:
«Quería saber qué estaba pasando.»
Dante miró la jeringa.
«Y ahora tenemos otro problema.»
Entonces Lucía levantó una mano.
«El señor que pasó junto al bolso llevaba un reloj rojo.»
Marcos palideció.
Dante lo vio.
«¿Qué ocurre?»
Marcos respondió:
«Conozco a alguien que lleva uno así.»
«¿Quién?»
Marcos miró hacia la puerta.
«Tu hermano.»
PARTE 3. EL HERMANO QUE NO ESTABA INVITADO
Dante no se movió.
«Mi hermano está en Madrid.»
Marcos negó.
«Eso pensábamos.»