Cuando mis padres murieron en un accidente carretero, yo tenía diecinueve años. Mi abuela me educó para dirigir el grupo, pero también me advirtió que el dinero atraía sonrisas falsas.
—La riqueza no cambia a la gente, mi’ja —decía—. Nada más le quita la vergüenza de mostrar lo que siempre fue.
Después de su muerte asumí la presidencia del consejo, aunque dejé la operación diaria en manos de ejecutivos. A los treinta y nueve años, cansada de hombres que investigaban mi fortuna antes de preguntarme qué música me gustaba, decidí desaparecer de mi propio mundo.
Me mudé a una casa sencilla en Monterrey, usé solamente mi primer apellido y acepté trabajos modestos.
Entonces conocí a Adrián.
Creí que había encontrado al hombre capaz de quererme sin saber quién era.
Qué equivocada estaba.
Entré a la cocina, todavía con el botón quemado entre los dedos, y marqué un número que no utilizaba desde hacía casi un año.
Harrison Barragán, secretario del consejo y amigo más antiguo de mi familia, respondió al primer tono.
—Señora presidenta.
—Me dijeron que esta noche habría una celebración.
Hubo una pausa.
—El señor Méndez aseguró que usted no asistiría.
Miré por la ventana. Adrián cruzaba la sala con una copa en la mano, satisfecho, creyendo que acababa de borrarme de su nueva vida.
—Cambió el programa —dije—. Mande el automóvil, al equipo de seguridad y el vestido de París.
—¿Desea que preparemos un anuncio?
Cerré el puño alrededor del botón.
—Todavía no. Primero quiero escuchar lo que mi esposo dice de mí cuando cree que no puedo entrar.
Treinta minutos después, tres camionetas negras se detuvieron frente a la casa.
Adrián ya se había marchado.
La estilista abrió una funda de terciopelo. Dentro brillaba un vestido azul oscuro, bordado a mano. Junto a él estaba el collar de diamantes que mi abuela usó el día en que inauguró la primera planta de Vanguardia.
Mientras me arreglaban el cabello, escuché unos golpes suaves en la ventana.
Era Doña Matilde.
—¿Está bien, niña? —preguntó desde el patio.
—Sí.
Sus ojos se detuvieron en el botón que había dejado sobre la mesa.
De pronto, su rostro perdió el color.
—¿De dónde sacaste eso?
—Era de mi vestido.
—Déjame verlo.
Lo tomó con manos temblorosas. Lo volteó, acercándolo a la luz.
—No es un botón cualquiera.
—Claro que sí. Lo compré en una mercería del centro.
Doña Matilde negó despacio.
—Esa marca de atrás… ese círculo partido… yo la conozco.
Antes de que pudiera explicar más, uno de los guardias me avisó que debíamos salir.
—Luego hablamos —le dije.
Ella me sujetó la muñeca.
—Clara, por el amor de Dios, no confíes en Harrison Barragán.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué acaba de decir?
Pero un claxon sonó en la calle. La estilista llamó mi nombre y Doña Matilde soltó mi brazo.
—Ve —murmuró—. Pero no firmes nada. Pase lo que pase, no firmes.
Durante el trayecto al hotel, sus palabras me retumbaron en la cabeza.
Harrison había trabajado con mi abuela durante más de cuarenta años. Había organizado mi educación, protegido mis acciones y administrado el fideicomiso familiar. Después de la muerte de mis padres, fue lo más parecido a un tío.
¿Por qué Doña Matilde me advertía contra él?
Al llegar al Gran Hotel Imperial, dos guardias abrieron las puertas del salón.
Dentro, más de cuatrocientas personas cenaban bajo lámparas de cristal. Había arreglos de rosas blancas, música de cuerdas y meseros circulando con charolas de plata.
Adrián estaba junto al escenario, sosteniendo una copa. Vanessa llevaba un vestido verde esmeralda y tenía la mano apoyada en su brazo.
El presentador tomó el micrófono.
—Antes de ratificar el nombramiento del nuevo vicepresidente, recibiremos a la propietaria mayoritaria de Grupo Vanguardia Dominion.
Las puertas se abrieron por completo.
Y Adrián levantó la mirada justo cuando yo di el primer paso.
Su sonrisa desapareció.
Vanessa retiró la mano de su brazo.
Los ejecutivos se pusieron de pie. Algunos inclinaron la cabeza. Otros comenzaron a aplaudir.
Harrison avanzó para recibirme.
—Señora presidenta —dijo, besando mi mano—. Qué alegría verla de nuevo.
No respondí.
Caminé hasta el escenario. Cada tacón contra el mármol sonaba como un golpe de martillo.
Adrián trató de acercarse.
—Clara…
—Buenas noches —contesté—. Parece que sí pude entrar.
—Mi amor, déjame explicarte.
—¿Explicarme qué? ¿Por qué quemaste mi vestido? ¿Por qué invitaste a otra mujer haciéndola pasar por tu pareja? ¿O por qué les dijiste a todos que tu esposa era una empleada doméstica enferma que te daba vergüenza?
Adrián palideció.
Un murmullo recorrió el salón.
Vanessa soltó una risa nerviosa.
—Esto debe ser una confusión.
La miré.
—No, señorita Rivas. La confusión fue creer que podía tocar a mi esposo sin consecuencias.
—Clara, basta —intervino Adrián entre dientes—. Estás haciendo el ridículo.