El rostro de Renata cambió apenas. Camila lo notó. También Alejandro.

—¿Qué significa eso? —preguntó Valeria.

Camila no respondió.

La verdad estaba en un expediente sellado sobre el escritorio de su abogado: la hipoteca, el convenio de transferencia, los pagos vencidos y una autorización legal que había entrado en vigor esa misma mañana.

La residencia de Polanco ya no pertenecía a Renata ni a su familia.

Camila salió sin mirar atrás.

Afuera, la noche de la Ciudad de México olía a lluvia y gasolina. Un chofer abrió la puerta de su carro, pero ella permaneció unos segundos bajo la marquesina, con la mejilla ardiendo y el pecho cerrado.

Su celular vibró.

Era un mensaje de su abogado.

“Camila, apareció una segunda firma en el expediente. Necesito que venga mañana temprano. Puede cambiarlo todo.”

Camila leyó el mensaje dos veces.

Luego escribió:

—¿Qué segunda firma?

La respuesta tardó menos de un minuto.

—La de su padre.

Camila sintió que el aire se le atoraba en la garganta.

Su padre llevaba muerto seis años.

*

A las seis y media de la mañana, Camila llegó a las oficinas de su empresa, ubicadas en un edificio de Santa Fe que alguna vez había sido una fábrica abandonada. Ahora tenía ventanales de piso a techo, mármol claro y una recepción silenciosa donde las plantas parecían crecer con disciplina.

Su abogado, Esteban Robles, la esperaba en la sala de juntas con dos carpetas, una computadora abierta y la expresión de alguien que había dormido muy poco.

—¿La golpeó? —preguntó al verla.

—Sí.

—¿Y usted le respondió?

Camila se quitó los lentes oscuros.

—También.

Esteban cerró los ojos un instante.

—No me diga que hay video.

—Hay empleados. Y una hija que seguramente ya lo subió a redes.

—Entonces tendremos que atender dos problemas: la demanda por lesiones y el expediente de la casa.

Camila se sentó frente a él.

—Explíqueme lo de la firma.

Esteban deslizó una copia hacia ella.

—Éste es el convenio de transferencia. La hipoteca de la residencia estaba a nombre de Inmobiliaria Castaño, su empresa. Hace tres años, cuando el señor Ibarra no pudo cubrir el crédito, usted aceptó comprar la deuda y permitir que la familia siguiera viviendo ahí durante treinta y seis meses.

—Lo recuerdo.

—Lo que no recuerda es esta cláusula.

Camila bajó la vista.

La cláusula establecía que, si la familia no cubría la deuda en la fecha convenida, la propiedad pasaría a manos de la empresa de Camila. El plazo había vencido la semana anterior. Renata no había pagado un solo peso.

—Entonces, ¿por qué dice que la firma de mi padre cambia todo?

Esteban abrió una segunda carpeta.

—Porque en el Registro Público apareció una escritura anterior. Supuestamente, su padre transfirió la propiedad a Renata Ibarra hace siete años.

Camila frunció el ceño.

—Eso es imposible. Mi padre nunca fue dueño de esa casa.

—Según este documento, sí.

—¿Y la firma?

Esteban la miró directamente.

—Parece auténtica.

Camila sintió que una parte del suelo se movía bajo sus pies.

—Mi padre no pudo haber comprado esa casa. La empresa era suya, sí, pero él nunca tuvo una propiedad así.

—Hay algo más. El documento está fechado dos meses antes de su muerte. Y usted aparece como testigo.

Camila se quedó inmóvil.

—Yo no firmé eso.

—Su nombre aparece aquí.

Ella tomó la hoja. La firma parecía suya: la misma inclinación, la misma curva en la C, la misma forma de cerrar la última vocal. Pero Camila jamás había visto el documento.

—Es falsificación.

—Puede ser. Pero alguien utilizó documentos reales de la empresa y una copia de su identificación.

—¿Quién tenía acceso?

Esteban no contestó de inmediato.

—Su padre.

Camila apartó la hoja.

Durante años había pensado que conocía todos los secretos de su padre. Después de su muerte, había revisado cuentas, contratos, cajas de seguridad y hasta el archivo de la vieja bodega familiar. Había encontrado deudas, amenazas de empresarios y un pleito fiscal que nadie le había contado.

Pero nunca una propiedad a nombre de Renata Ibarra.

—¿Por qué mi padre le habría transferido una casa a esa mujer?

—Ésa es la pregunta.

La puerta se abrió. Entró Mariana, directora financiera de la empresa y la única persona en quien Camila confiaba sin reservas.

—Perdón por llegar tarde —dijo—. La prensa ya está afuera.

Camila la miró.

—¿Qué prensa?

Mariana dejó su celular sobre la mesa. En la pantalla aparecía un video grabado durante la cena.

La imagen temblaba, pero el sonido era claro.

Se veía a Renata golpeando a Camila. Luego a Camila respondiendo.

El video terminaba con Valeria gritando:

—¡Esta mujer está enferma! ¡Mi esposo y yo hemos vivido años de abusos!

El título decía: “Empresaria golpea a su suegra por negarse a pagar viaje de lujo.”

Los comentarios se multiplicaban.