Camila volteó hacia él.

Alejandro tenía el rostro destruido.

—Mi madre también intentó incendiar el despacho —dijo—. Para borrar los archivos.

—¿Dónde está?

—Detenida.

Esteban asintió.

—La policía encontró combustible, computadoras y documentos en la residencia. La fiscalía ya tiene una orden de aprehensión por fraude, falsificación, tentativa de homicidio y despojo.

Camila volvió a mirar a Lucía.

Su hermana.

Su reflejo perdido.

—¿Por qué no me buscaste antes?

Lucía sonrió con tristeza.

—Porque yo también creí que estabas muerta.

Camila cruzó la habitación y la abrazó.

Al principio ninguna de las dos se movió. Después Lucía se aferró a ella con una fuerza desesperada.

Camila lloró como no había llorado desde la muerte de su padre.

No por la casa. No por el dinero. No por Alejandro.

Lloró por todos los años que le habían robado. Por las dos niñas separadas. Por la madre que había muerto sin contar la verdad. Por una hermana que había vivido escondida mientras ella crecía creyéndose sola.

*

Los meses siguientes fueron una batalla legal.

Renata fue procesada junto con Patricia y otros dos empleados que habían ayudado a falsificar documentos. Patricia aceptó colaborar con la fiscalía y entregó las claves, grabaciones y contratos que demostraban que Renata había organizado todo desde hacía años.

Valeria huyó a Miami con una tarjeta prestada, pero fue detenida al intentar vender una propiedad que no le pertenecía.

La casa de Polanco pasó oficialmente a Inmobiliaria Castaño. Camila pudo haberla vendido, pero decidió conservarla.

No para Renata.

No para Alejandro.

Para ella y para Lucía.

Mandó restaurar el jardín, retirar los retratos familiares y sustituirlos por fotografías nuevas. En el comedor, donde había ocurrido la bofetada, colocó una mesa más pequeña. Ya no quería cenas interminables ni parientes que confundieran la cercanía con el derecho a exigir.

Alejandro se mudó a un departamento en la Del Valle. Presentó su declaración contra Renata y renunció a cualquier herencia de su familia.

Durante un tiempo, Camila no quiso verlo.

Él no insistió.

Una tarde, después de varios meses, se encontraron frente al juzgado.

—¿Cómo estás? —preguntó Alejandro.

—Aprendiendo.

—¿Puedo decirte algo?

Camila dudó, pero asintió.

Alejandro respiró hondo.

—Te amé de la manera más cobarde posible. Te defendía cuando nadie me veía, pero guardaba silencio cuando más necesitabas que hablara. Eso no fue amor suficiente.

Camila lo observó.

—No.

—Lo sé.

—Pero fue amor.

Él bajó la mirada.

Camila sintió que una parte de ella todavía lo quería. Sin embargo, querer a alguien no siempre significaba volver.

—Necesito tiempo —dijo.

Alejandro levantó los ojos.

—Te lo voy a dar.

Esta vez, cuando él se fue, Camila no sintió que perdía algo.

Sintió que recuperaba el control.

*

Un año después, Camila y Lucía organizaron una cena en la residencia de Polanco.

No había champaña importada ni invitados interesados en presumir. Sólo personas que habían demostrado lealtad: Mariana, Esteban, algunos empleados antiguos y Alejandro, quien llegó con flores y pidió permiso para entrar.

Lucía abrió la puerta.

Durante un segundo, Alejandro creyó estar viendo a Camila.

—Sigues confundiendo nuestras caras —dijo Lucía.

—Ya no —respondió él—. Camila mira como si pudiera incendiar una ciudad. Tú miras como si ya la hubieras incendiado.

Lucía soltó una carcajada.

Desde el comedor, Camila escuchó y sonrió.

La cena transcurrió tranquila. Nadie pidió dinero. Nadie mencionó viajes. Nadie levantó la voz.

Al final, Lucía llevó a Camila al antiguo despacho.

—Encontré algo entre los papeles de mamá —dijo.

Le entregó una caja de madera.

Camila la abrió.

Dentro había una pulsera diminuta, dos fotografías y una carta.

La letra era de su madre.

*“A mis hijas: si algún día descubren la verdad, sepan que no las abandoné. Me obligaron a elegir, y elegí mantenerlas vivas. No sé si algún día podrán perdonarme.”*

Camila leyó la carta dos veces.

—¿La perdonas? —preguntó Lucía.

Camila miró la fotografía de las dos niñas.

—No sé.

—Yo tampoco.

—Pero podemos dejar de cargar con lo que ellos hicieron.

Lucía tomó su mano.

Afuera, la lluvia empezó a golpear los ventanales. La misma ciudad que tantas veces había observado Camila desde la distancia ahora se extendía frente a ellas, enorme, ruidosa y viva.

En la pared del despacho aún quedaba un cuadro antiguo que nadie había retirado. Era una fotografía de la familia Ibarra durante una celebración.

Camila se acercó y lo descolgó.

Detrás había una cavidad en el muro.

Dentro encontraron un sobre cubierto de polvo.

Esteban, que había subido al escuchar el ruido, lo abrió con cuidado.

Había un solo documento.

Una escritura de propiedad.

Camila la leyó.

Después dejó escapar una risa incrédula.

—¿Qué dice? —preguntó Lucía.

Camila le entregó el papel.

Lucía palideció.

La residencia no había pertenecido originalmente a los Ibarra.

Tampoco a los Castaño.