A las diez, cambió los cuadros de Roberto por fotografías de su familia.
A las once, acomodó en la sala un letrero de madera que decía: “Casa de los Valdés-Serrano”.
Lo vi desde el corredor y no dije nada.
A las doce, llegaron sus padres. Su madre, Patricia, me entregó una bolsa con un chal de color beige.
—Para que no pase frío, señora Dolores.
—Gracias.
—Renata nos contó que últimamente se le baja mucho la presión.
—Renata exagera.
Patricia sonrió con una condescendencia que me revolvió el estómago.
—No se preocupe. Nosotros vamos a estar pendientes de usted.
No le respondí.
A las tres de la tarde, el comedor estaba lleno. Olía a mantequilla, romero, canela y vino tinto. La música salía de las bocinas ocultas. La fotógrafa iba de un lado a otro pidiendo que todos sonrieran.
Yo había preparado el pavo.
Yo había hecho el relleno.
Yo había horneado el pan de elote.
Yo había comprado las flores.
Pero no tenía una silla.
Tomé mi bolsa y me puse el abrigo.
Detrás de mí, la voz de Renata sonó alegre sobre el ruido de los cubiertos:
—¿Dolores? Cariño, todavía falta el postre.
Santiago finalmente levantó la cabeza. Nuestros ojos se encontraron a través de veintitrés personas y un pavo que había metido al horno a las cuatro de la mañana.
Entendió, un segundo antes que los demás, por qué llevaba el abrigo puesto.
—Mamá… —dijo.
Entonces el celular volvió a iluminarse.
Esta vez era la notaría.
Tres palabras aparecieron en la pantalla:
“Inscripción confirmada. Todo listo.”
Guardé el celular.
—¿Te vas? —preguntó Renata, sin perder la sonrisa.
—Sí.
—Pero falta el brindis.
—Brinden ustedes.
La fotógrafa dejó de tomar fotos. Patricia frunció el ceño. El padre de Renata, Octavio, bajó lentamente la copa.
—Señora Dolores —dijo—, sería una descortesía retirarse de su propia cena.
Lo miré.
—No es mi cena.
Renata soltó una risita nerviosa.
—Ay, ya empezó.
—¿Ya empezó qué?
—Tu drama.
Por primera vez en muchos meses, no sentí miedo de su voz.
—No es drama, Renata. Es una decisión.
—¿Qué decisión?
Tomé el teléfono y lo puse sobre la mesa. Abrí el correo de Mara y giré la pantalla para que todos pudieran leerlo.
“La propiedad ubicada en Coyoacán ha quedado legalmente transferida al patrimonio de la Fundación Roberto Valdés.”
Nadie entendió al principio.
Luego Patricia dejó la copa sobre el mantel.
—¿Qué significa eso?
—Que esta casa ya no puede venderse, hipotecarse ni transferirse a una empresa privada.
Renata me miró como si yo hubiera empezado a hablar en otro idioma.
—¿Qué hiciste?
—Lo que ustedes llevaban meses planeando hacer conmigo.
Santiago se puso de pie.
—Mamá, espera.
—No me llames así para detenerme.
La frase le pegó más fuerte que un grito.
Renata se acercó.
—Tú no puedes hacer eso.
—Ya lo hice.
—La casa es de Santiago.
—No.
—Él es tu único hijo.
—Y precisamente por eso le dejé una salida.
Renata se quedó inmóvil.
—¿Qué salida?
—El dinero del fideicomiso. Lo suficiente para saldar sus deudas. Pero no lo recibirá mientras siga casado contigo y mientras no reconozca su participación en el fraude.
La sala quedó en silencio.
Una de sus hermanas comenzó a llorar. No por mí. Por la posibilidad de que la cena se hubiera arruinado.
—Esto es una locura —dijo Octavio—. Usted está confundida.
—Le ruego que no me hable como si fuera una niña —respondí.
—Renata tiene derechos.
—No sobre una propiedad que nunca fue suya.
—Mi hijo invirtió dinero aquí.
—Mi hijo vivió aquí. Eso no significa que comprara la casa.
—Él pagó varias remodelaciones.
—Con dinero que salió de mis cuentas.
Mara había preparado una carpeta para cada invitado. Yo la saqué de mi bolsa y la coloqué sobre el aparador.
—Aquí están los estados de cuenta, los contratos, los correos y las conversaciones relacionadas con la transferencia de dinero a Serrano Diseño y Patrimonio, la empresa de Renata.
La fotógrafa dio un paso hacia atrás.
Renata se puso pálida.
—¿Me grabaste?
—No tuve que grabarte. Tú escribiste todo.
—Eso es ilegal.
—Lo ilegal fue usar mi firma digital para pedir un préstamo.
Santiago cerró los ojos.
Patricia volteó hacia él.
—¿Qué hiciste?
—Yo no sabía que ella iba a usarlo así —murmuró.
—¡No te pregunté eso! —gritó Patricia—. ¿Pediste un préstamo con la firma de tu madre?
—Lo hice para pagar una deuda de la empresa.
—¡De nuestra empresa! —corrigió Renata, desesperada.
Ese “nuestra” cambió el aire del comedor.
Todos la miraron.
Yo también.
Renata entendió que había cometido un error.
—No quise decir…
—Sí quisiste —dije.