Alguien le mandaba documentos diciendo que yo estaba escondiendo dinero.

Fotos manipuladas.

Audios recortados.

Demandas preparadas por abogados que aparecían misteriosamente antes de que pudiéramos hablar tranquilos.

Y ahora, bajo aquella cama, escuché a Efraín reír.

—Mónica mandaba las capturas falsas. Tú le metías miedo a Esteban con lo de los niños. Paula contrataba abogados, él también… y nosotros cobramos por ayudar a los dos.

Me tapé la boca.

Tuve que hacerlo porque sentí un sonido subir desde el pecho.

Un gemido.

Un grito.

Algo.

Tomás soltó una risita.

—Esteban quiere tanto la paz que nunca pregunta quién se la roba.

No sé cuánto tiempo me quedé mirando la alfombra.

Cinco segundos.

Treinta.

Tal vez un minuto.

Entonces saqué despacio el celular.

Activé la grabadora.

Luego le escribí a Adriana Villaseñor, mi abogada.

“Escucha esto. No llames. Hay pastillas y documentos.”

Adjunté la transmisión de audio.

No sabía si alcanzaría a escucharla.

No sabía si ellos descubrirían mi teléfono.

Pero necesitaba que alguien más tuviera aquello.

—¿Y la prueba? —preguntó Tomás.

—Mónica la tiene —respondió Efraín.

—¿Cuál prueba?

—La de paternidad.

Sentí que el aire desaparecía del cuarto.

—No empieces —dijo Tomás.

—Te estoy diciendo. Si no firma, podemos soltar que uno de los chamacos no es suyo. Con eso lo quebramos.

Los chamacos.

Mis hijos.

Emiliano y Gael.

Por un segundo dejé de escuchar el resto.

Recordé a Emiliano con seis años, parado en la puerta de su cuarto después de una de mis primeras separaciones de Paula.

Tenía un dinosaurio de plástico en una mano.

—Papá.

—¿Qué pasó?

—¿Tú también te vas a ir?

Me agaché.

—Nunca.

—¿Aunque mamá ya no te quiera?

—Aunque el mundo entero se enoje conmigo.

Él extendió la mano.

—Promételo.

Y lo prometí.

Debajo de esa cama, nueve años después, sentí que alguien estaba arrancando aquel recuerdo con las uñas.

—Si Julieta no firma el convenio —continuó Tomás—, la hacemos quedar como infiel. Una copa, una habitación a nombre de otro hombre y dos fotos bastan.

—¿Y las pastillas?

—Para que no recuerde bien la noche.

Me ardió el estómago.

Quise salir.

Quise agarrar a Tomás del cuello.

Quise romperle la cara a Efraín.

Pero entonces el colchón se hundió.

Efraín se había arrodillado.

Vi sus dedos tocar la alfombra.

Luego el reloj.

Luego una parte de su cara bajando hacia el borde.

Estaba a segundos de verme.

Contuve el aire.

Entonces escuché tacones.

Tac.

Tac.

Tac.

Mi madre entró.

—Déjalo —dijo.

Efraín se enderezó.

Yo seguía inmóvil.

Mi madre, Teresa Salgado, era una mujer pequeña.

Setenta años.

Cabello plateado siempre bien arreglado.

Rosario cada domingo.

La clase de señora que preguntaba por tus hijos antes de criticarte.

Durante toda mi vida había sido el centro moral de nuestra familia.

Cuando mi padre murió, ella nos mantuvo unidos.

O eso creía.

—Mañana Esteban tiene que quedarse sin esposa, sin hijos y sin empresa antes del mediodía —repitió.

Tomás bajó la voz.

—¿Y si sospecha?

—No sospecha de nosotros.

—¿Cómo estás tan segura?

Mi madre se rio suavemente.

—Porque lleva cuarenta años queriendo que yo lo quiera.

La frase me partió en dos.

No por crueldad.

Por precisión.

Siempre había buscado su aprobación.

Cuando compré mi primer camión, la llevé a verlo.

Cuando logré mi primer contrato grande, le compré la casa en Zapopan.

Cuando me divorcié, dormí una semana en su sala.

Cuando decidí casarme con Julieta, lo primero que pregunté fue:

—¿Te cae bien?

Ella sonrió.

—Si te hace feliz.

Mentira.

Todo mentira.

Entonces mamá dijo algo más:

—Además, Esteban ya no es el único que escucha detrás de las puertas.

Sentí que la sangre se me fue a los pies.

Otra sombra apareció junto a ella.

Zapatos beige.

Un vestido color vino.

Julieta.

Julieta estaba ahí.

Y sostenía mi celular viejo.

El que yo guardaba en el cajón del estudio.

La pantalla estaba encendida.

Había una llamada activa.

El nombre visible era:

Paula.

Por un segundo pensé que Julieta también estaba involucrada.

Fue la peor sensación de toda la noche.

Peor que escuchar lo de mi empresa.

Peor que las pastillas.

Peor que la prueba de paternidad.

Pensé que la mujer con la que iba a casarme también me había utilizado.

Entonces Julieta habló.

—Paula, ¿sigues ahí?

La voz de mi exesposa salió por el altavoz.

—Sí.

Tomás soltó una grosería.

Efraín se levantó.

—¿Qué chingados estás haciendo?

Julieta cerró la puerta.

—Escuchando.

Mónica, que hasta entonces casi no había hablado, dio un paso atrás.

—Julieta, no entiendes.

—Entiendo perfecto.

Mi madre no se movió.

—Apaga eso.

—No.

—Estás metiéndote en un asunto familiar.

Julieta sonrió sin humor.

—Mañana iba a convertirme en familia, ¿no?

Silencio.

—Entonces supongo que me toca escuchar.

Paula habló desde el teléfono.

—Pregúntales por Querétaro.

Efraín palideció.

Mi madre giró despacio hacia Julieta.

—Cuelga.