Me quedé mirando la pantalla.
Iván sonrió otra vez, pero esta vez lo hizo con esfuerzo.
—¿Qué pasa, Lucía? ¿Te quedaste sin discurso?
Guardé el teléfono.
—La fiesta terminó.
—Tú no decides eso.
—En esta casa, sí.
Cynthia soltó una risa aguda.
—¡La casa es de mi hijo!
La miré.
—No.
Su rostro cambió.
—¿Cómo?
—La escritura está a nombre del fideicomiso.
Iván dio un paso hacia mí.
Santiago se puso enfrente.
—Dije que no la tocaras.
Yo saqué del sobre la carta del banco.
—A partir de las ocho de esta noche, cualquier movimiento superior a cincuenta mil pesos de Vanguard requiere autorización de dos fiduciarios.
Mauricio tragó saliva.
—¿Qué hiciste?
Lo miré.
—Lo que debí hacer hace año y medio.
Iván se rio.
—No puedes congelar mi empresa.
—Nuestra empresa.
—Yo la dirijo.
—Y yo controlo la mayoría.
Eso sí logró silenciarlo.
Cynthia fue la primera en reaccionar.
—Iván, dile que está mintiendo.
Él no respondió.
Porque lo sabía.
Quizá había fingido olvidarlo, pero lo sabía.
Mauricio señaló la USB.
—¿Qué hay ahí?
—Copias.
—¿Copias de qué?
—De todo.
Su vaso se le resbaló.
No cayó porque alcanzó a sujetarlo.
Esa pequeña reacción me confirmó algo que ya sospechaba.
Mauricio sabía más de lo que admitía.
Mi teléfono volvió a vibrar.
El mismo número.
REVISA EL CONTRATO DE TOLUCA. PÁGINA 14. NO ESTÁS PELEANDO SÓLO CONTRA IVÁN.
Miré hacia la casa.
Mi despacho estaba en el segundo piso.
Iván siguió mi mirada.
—Ni se te ocurra.
Esa fue la confirmación que necesitaba.
Subí.
Santiago vino conmigo.
—¿Quieres que llame a la policía?
—Ya deberían venir.
—¿Ya llamaste?
—No.
Le mostré mi mano.
—Pero Renata sí.
Abajo, a lo lejos, se oyó a Cynthia insultando a alguien.
Entramos a mi estudio.
Abrí la caja fuerte.
Dentro tenía copias físicas de los contratos importantes.
Encontré la carpeta de Toluca.
Vanguard había comprado un terreno industrial de sesenta hectáreas ocho meses antes.
La operación me había parecido extraña desde el principio.
Demasiado cara.
Demasiado rápida.
Iván dijo que era una oportunidad.
Mauricio aseguró que un grupo extranjero estaba interesado en instalar un centro logístico.
Abrí la página catorce.
Ahí estaba.
Una cláusula de garantía cruzada.
Leí dos veces.
Sentí frío.
—No manches.
Santiago tomó el contrato.
—¿Qué?
—Pusieron como garantía participaciones del fideicomiso.
—¿Sin tu firma?
—Aquí hay una.
Señalé el documento.
Mi nombre aparecía al pie.
Lucía Salcedo de Aranda.
Mi firma.
Perfecta.
Excepto por una cosa.
Yo siempre firmaba “Lucía Salcedo”.
Nunca había usado “de Aranda”.
Jamás.
—Es falsa —dije.
Santiago tomó una foto.
Entonces vimos la segunda firma.
Licenciado Arturo Mejía.
Nuestro abogado corporativo.
El hombre que había redactado documentos para mi familia desde antes de que yo conociera a Iván.
El mismo que me llamaba “mijita”.
El mismo que me había dicho seis meses atrás:
—Lucía, no te obsesiones con los números. Iván sabe administrar.
El mensaje tenía razón.
El abogado también había firmado.
Escuchamos sirenas.
Iván subió corriendo.
—¡Dame esa carpeta!
Santiago cerró la puerta.
—Ábreme, Lucía.
—No.
Golpeó.
—¡Es propiedad de la empresa!
—Entonces entenderás cuando la entregue a los auditores.
Silencio.
Luego una voz mucho más baja.
—No sabes qué estás haciendo.
—Creo que por fin sí.
—Si empiezas con esto, nos hundes a todos.
Nos.
No “me hundes”.
Nos hundes.
—¿A quiénes?
No contestó.
Las sirenas se detuvieron frente a la casa.
Iván bajó.
Yo respiré hondo.
Santiago miró mi mano.
—Necesitas un hospital.
—Primero quiero que vean la cámara.
—Lucía…
—Si salgo de aquí sin asegurar el video, desaparecerá.
Entré al sistema desde mi computadora.
La cámara del jardín estaba grabando en una nube privada.
Descargué tres copias.
Una para la policía.
Otra para mí.
La tercera la envié automáticamente a una cuenta que Iván no conocía.
Cuando bajamos, dos patrullas estaban en el jardín.
Renata hablaba con una oficial.
Cynthia seguía cubierta de salsa.
Iván se había puesto una chamarra.
Como si el cambio de ropa pudiera volverlo respetable.
—Fue un accidente —decía.
Renata soltó una carcajada.
—Ay, por favor.
La oficial me vio.
—¿Usted es la señora Salcedo?
—Sí.
—Necesitamos llevarla a revisión médica.
—También quiero denunciar una agresión.
Iván cerró los ojos.
Cynthia explotó.
—¡No puedes denunciar a tu propio marido!
La oficial la miró.
—Claro que puede.
Mi suegra se quedó callada.
Esa noche terminé en urgencias.
Quemadura de segundo grado.
Lesiones en la muñeca.
Fotografías.
Certificado médico.
Declaración.
Iván no fue detenido de inmediato porque sus abogados consiguieron que la agresión fuera procesada inicialmente como lesiones no graves mientras “se aclaraban circunstancias”.
Arturo Mejía apareció en el hospital.
Traía un traje gris impecable.
—Lucía, mijita.
Me dio asco escucharlo.
—No me digas así.
Se sentó.
—Entiendo que estás alterada.
—Me quemaron la mano.
—Fue una situación lamentable.
—¿Situación?
—Iván perdió los estribos.