La voz escondida en el conejo salvó a un condenado. Pero la niña llevaba ocho años esperando descubrir quién era realmente su padre.

La voz que salió de la pequeña grabadora no sonaba como la de un hombre preocupado por hacer justicia.

Sonaba como la de alguien que ya había decidido a quién enterrar.

—Mercado no va a firmar —dijo el comandante Esteban Rivas, con una calma espantosa—. Y si no firma, Castillo va a cargar con todo.

Un segundo hombre soltó una carcajada baja.

—¿Gabriel? Ese pobre diablo confía hasta en el mecánico que le roba las bujías.

Gabriel Castillo sintió que el aire desaparecía de la sala de visitas.

Conocía esa segunda voz.

No sólo la conocía.

La había escuchado durante veinte años en reuniones familiares, bautizos, carnes asadas y funerales.

Era la voz de Ramiro Salcedo, hermano mayor de Carmen, su difunta esposa.

Su cuñado.

El hombre que había consolado a Lupita durante el juicio.

El hombre que había pagado parte del funeral de Carmen.

El hombre que, desde hacía dos años, visitaba a la niña cada domingo y le llevaba dulces de leche.

Gabriel levantó la mirada, pálido.

—No puede ser…

La grabación siguió.

—Yo me encargo de la chamarra —dijo Rivas—. Tú asegúrate de que Daniel esté solo.

—¿Y el cuchillo?

—Con las huellas de Castillo. Ya lo agarró hoy cuando repararon la transmisión de la patrulla.

El alcaide Roberto Medina no parpadeaba.

Los dos custodios permanecían inmóviles junto a la puerta. La trabajadora social tenía una mano sobre la boca. Lupita miraba a su padre, abrazando el conejo abierto contra el pecho, como si aquel juguete herido fuera el único ser en el mundo que comprendía lo que estaba ocurriendo.

La voz de Ramiro volvió a escucharse.

—¿Y Carmen?

Hubo un silencio.

Después Rivas respondió:

—A Carmen déjamela a mí. Cuando maten a Daniel y encierren a Gabriel, va a estar demasiado ocupada llorando para hacer preguntas.

Medina detuvo la grabación.

La sala quedó suspendida en un silencio tan profundo que se escuchaba el zumbido de la lámpara fluorescente.

Gabriel sintió que las cadenas se le clavaban en las muñecas.

—Siga —dijo.

El alcaide lo miró.

—Castillo…

—Siga.

Medina presionó el botón.

La voz de Daniel Mercado apareció de pronto, más cercana, más nerviosa.

—Están hablando como si yo no estuviera aquí.

Se oyó un golpe.

Un jadeo.

Luego la voz de Rivas:

—Porque tú ya estás muerto, Daniel.

La grabación terminó con un ruido seco y una respiración apresurada.

La pantalla volvió al principio.

Faltaban cinco horas y treinta y dos minutos para la ejecución.

El oficial que había entrado con el mensaje del gobernador parecía no saber dónde poner las manos.

—Alcaide… la oficina pregunta si continuará el traslado.

Medina levantó la grabadora.

—Diles que no.

—Señor, la orden…

—Diles que apareció evidencia nueva relacionada con una conspiración policial y que, si alguien intenta llevarse a Castillo de esta sala, tendrá que pasar sobre mí.

El custodio tragó saliva y salió corriendo.

Gabriel volteó hacia Lupita.

—¿Dónde encontraste esto, mi amor?

La niña pasó los dedos por la oreja abierta del conejo.

—En la casa de la abuela.

—¿Dónde exactamente?

—En la caja de mamá.

La trabajadora social se agachó junto a ella.

—Lupita, necesito que nos cuentes todo desde el principio.

La niña miró a Gabriel, esperando permiso.

Él asintió.

—Cuéntales, mi’ja. No tengas miedo.

Lupita respiró hondo.

—Ayer mi abuela se enfermó y la llevaron al hospital. Yo estaba buscando una foto para llevarle. Abrí el ropero de mamá, el que nadie toca. Había una caja con vestidos y cartas. Hasta abajo estaba el conejo.

—¿Nunca lo habías visto? —preguntó Medina.

—Sí. Era mío cuando estaba chiquita. Pero mamá me lo quitó antes de morir. Me dijo que no lo abriera hasta que alguien quisiera matar a mi papá.

Gabriel sintió un golpe en el pecho.

—¿Te dijo eso?

—Sí. Pensé que hablaba de alguien malo que iba a venir a la casa.

Lupita se abrazó más fuerte al peluche.

—Anoche escuché a mi abuela decirle al tío Ramiro por teléfono que hoy te iban a matar. Entonces busqué unas tijeras, pero me dio miedo romperlo. Sólo apreté la oreja y sentí algo duro. La abrí poquito. Vi la grabadora y la cosí otra vez.

Medina frunció el ceño.

—¿Tú cosiste la oreja?

Lupita negó.

—Mamá ya la había cosido. Yo sólo cerré lo que abrí.

Gabriel cerró los ojos.

Carmen había sabido.

Carmen había tenido la prueba.

Y, sin embargo, nunca la presentó.

Aquella idea le atravesó el alma como un cuchillo nuevo.

—¿Por qué no la entregó? —murmuró.

La respuesta llegó desde la puerta.

—Porque sabía que la iban a matar.

Todos voltearon.

La mujer que acababa de entrar era alta, de cabello canoso recogido en un chongo y rostro severo. Vestía pantalón oscuro, blusa blanca y un saco azul marino. Dos agentes federales venían detrás de ella.