—También pensé que encontraría la manera de hablar contigo más tarde.

No se me ocurría ninguna solución. Me disculpé y empezamos a hacer algo concreto: cenábamos juntos cuando ambos estábamos en casa, sin usar el móvil. A veces hablábamos del expediente, a veces del precio de las verduras. Hubo momentos de silencio que tuve que aprender a respetar.

Durante las primeras semanas, evitó sentarse en el sofá del salón. No compré uno nuevo sin consultarle. Un sábado, me pidió que la ayudara a elegir una tela azul para retapizarlo.

—Me gusta este lugar para leer. No quiero perderlo.

Empezó terapia y volvió a sus reuniones habituales de los jueves. Dejé de preguntarle todos los días si estaba bien. Antes, le preguntaba si quería compañía, si debía llevarla en coche o si prefería estar sola.

Rosa solicitó que se le permitiera encargarse de las compras y las tareas del hogar. Acordamos nuevas tareas, un horario y un salario. Su renuncia nunca estuvo condicionada a este cambio. Ella misma solicitó que esto quedara documentado por separado y por escrito.

Hace dos domingos, encontré a mi madre en su sillón azul, revisando una oferta comercial. Había hecho anotaciones en el margen y subrayado un número con tinta roja.

Me senté frente a él.

—¿Deberíamos comprobarlo?

—Primero, trae café. Y pregúntale a Rosa si ella también quiere.

Su respuesta llegó desde la cocina. Mamá se rió y apartó los papeles para dejar espacio para las tazas. Esta vez pude escucharla sin mirar el teléfono.

¿Habrías aceptado que te devolvieran el dinero si, a cambio, hubieras guardado silencio sobre la agresión?