Mi madre no dijo nada.

Después:

—¿Elena?

—Sí.

—Eso es imposible.

—No.

—Ella jamás me dijo nada.

Héctor cerró el portafolio.

—No tenía obligación de hacerlo.

—

Ocho meses antes de que mi padre muriera, me había pedido que fuera sola a verlo al hospital.

No era una escena dramática.

No estaba conectado a máquinas.

Todavía podía caminar y se quejaba de la comida.

Me señaló una silla.

—Siéntate.

—¿Qué pasó?

—Tu mamá está abajo comprando café. Tenemos doce minutos antes de que vuelva a preguntar dónde estoy aunque literalmente esté en el hospital.

Me reí.

Él también.

Luego dejó de sonreír.

Sacó de un cajón un sobre grueso.

—Guárdalo.

—¿Qué es?

—Algo que probablemente vas a odiar.

—Excelente introducción.

—Elena, escucha.

Mi padre siempre había sido tranquilo.

Constructor de profesión. Hijo de un carpintero de Puebla que se había ido a Estados Unidos de joven y regresó años después a México con suficientes ahorros para empezar una pequeña empresa.

Él construyó su vida peso por peso.

Mi mamá siempre contaba otra versión.

Según Diane, la casa de Lomas era “el patrimonio que construimos juntos”.

Pero la verdad era menos romántica.

La casa había sido comprada con dinero de la venta de la empresa de mi padre.

Diane nunca trabajó fuera del hogar.

Eso no significaba que no hubiera contribuido.

Pero con el paso de los años empezó a hablar de los bienes de mi papá como si hubieran aparecido por generación espontánea.

—Quiero asegurarme de que tu mamá esté bien —me dijo.

—Claro.

—Pero también quiero asegurarme de que tú y Lucía tengan un hogar si algo pasa.

Fruncí el ceño.

—Tengo departamento.

—Tienes un departamento rentado que apenas puedes pagar.

—Gracias por recordármelo.

Me tomó la mano.

—Tu hermana ha pedido dinero otra vez.

Suspiré.

—¿Cuánto?

—Setecientos mil.

—¿Qué?

—No se los di.

Eso sí me sorprendió.

Mi padre casi nunca decía que no a Marissa.

Ella tenía cuarenta años, pero llevaba dos décadas manejando cada crisis como si fuera una emergencia que alguien más debía financiar.

Matrimonios.

Divorcios.

Negocios.

Una boutique que duró siete meses.

Un estudio de yoga que duró cuatro.

Un novio que “invertía en criptomonedas”.

Y siempre, siempre, regresaba con una tragedia cuidadosamente empaquetada.

—Tu mamá quiere que le dé el dinero —continuó mi padre—. Yo ya no quiero.

—Entonces no se lo des.

—Eso estoy haciendo.

Me acercó el sobre.

—La casa ya no puede usarse como garantía sin autorización del fideicomiso.

Lo miré.

—¿Qué fideicomiso?

—El que acabo de crear.

Ahí comenzó todo.

Mi padre me explicó que mi madre había intentado convencerlo de hipotecar la propiedad para financiar otro negocio de Marissa.

Él se negó.

Después descubrió que Diane había preguntado por su cuenta cuánto podrían prestarles usando la casa.

No firmó nada.

Pero para él fue suficiente.

Protegió la propiedad.

Y me nombró administradora del fideicomiso.

—¿Por qué yo?

—Porque tú eres la única persona de esta familia que se queda cuando no hay nada que ganar.

Lloré.

No de felicidad.

De vergüenza.

Porque una parte de mí sintió que traicionaba a mi madre al aceptar.

—No quiero estar en medio de ustedes.

—Ya estás en medio.

—Papá.

—Elena, cuando yo ya no esté, tu mamá va a sentirse vulnerable. Marissa va a verlo como oportunidad. Y tú vas a intentar arreglarlo todo.

Sonrió con tristeza.

—Siempre intentas arreglarlo todo.

Me limpié los ojos.

—¿Y eso es malo?

—Cuando te cuesta tu propia vida, sí.

No sabía cuánta razón tenía.

—

Después de su muerte, mi madre se derrumbó.

O eso creí.

Me llamaba a medianoche porque escuchaba ruidos.

Decía que no podía subir las escaleras sola.

Olvidaba pagos.

Confundía citas.

Una vez dejó la llave del agua abierta en el jardín durante horas.

Yo me asusté.

Pensé que estaba deprimida.

Que quizá estaba envejeciendo demasiado rápido.

Así que terminé mi contrato de renta.

Metí mis cosas y las de Lucía en cajas.

Nos mudamos con ella.

Y durante dieciséis meses yo hice todo.

Pagué la mitad pendiente de la hipoteca.

Después la pagué completa.

Cubría el predial.

El mantenimiento.

El jardinero.

La luz.

El súper.

La nueva bomba de agua.

La impermeabilización de la azotea.

Reparé dos baños.

Arreglé una fuga que había podrido parte del techo de la cocina.

Mi madre repetía:

—No sé qué haría sin ti.

Yo le creía.

Marissa aparecía los domingos para traer flores de supermercado y tomarse fotos con Diane.

Subía imágenes a redes sociales con frases como:

“Cuidando a mi reina.”

Luego se iba antes de lavar un plato.

Y tres semanas antes de que cambiaran las cerraduras, apareció con dos maletas.

—Terminé con Carlos —dijo.

Yo ni siquiera sabía que había vuelto con Carlos.

—¿Te vas a quedar aquí?

—Sólo unos días.

Mi madre salió del comedor.

—Tu hermana necesita apoyo.