—Después de su muerte —continué— las acciones debían dividirse en partes iguales entre sus dos nietas.
Renata parpadeó.
—¿Nosotras?
—Sí.
Me miró confundida.
—Nunca recibimos nada.
—Exacto.
Puse otra hoja.
—Porque alguien modificó el libro corporativo.
Mi padre cerró los ojos.
—Mauricio —susurró mi madre.
Renata miró a papá.
—¿Qué hiciste?
Él se pasó una mano por la cara.
—Fue hace muchos años.
Sentí algo extraño.
Una victoria sin alegría.
—Falsificaste la cesión de mis acciones.
—Yo administraba los bienes.
—No eras dueño.
—Todo quedó dentro de la familia.
—Vendiste el terreno por diecinueve millones.
Santiago levantó la cabeza.
—¿Diecinueve?
—Sí.
Renata miró a mi padre.
—¿Dónde está ese dinero?
Mi padre no contestó.
Entonces mi madre empezó a llorar.
—Camila, no —dijo él.
Demasiado tarde.
Ella habló.
—Lo perdimos.
Renata se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tu papá hizo inversiones.
—¿Qué inversiones?
—Criptomonedas, fondos privados, cosas…
—¿Perdieron diecinueve millones?
—No todo.
Mi padre apretó los dientes.
—Cállate.
—¡No me digas que me calle!
Fue la primera vez en mi vida que vi a mi madre gritarle.
Renata se volvió hacia mí.
—Entonces todo esto…
—Los créditos, las empresas, las facturas falsas…
Asentí.
—Estaban cubriendo pérdidas.
Santiago soltó una maldición.
Mi padre señaló a Renata.
—Y ella también se benefició.
—¡Tú me dijiste que todo era legal!
—Porque necesitábamos liquidez.
—¡Usaste a Santiago!
La habitación estalló.
Todos hablaron al mismo tiempo.
Mi madre lloraba.
Mi padre gritaba.
Renata acusaba.
Santiago exigía respuestas.
Yo permanecí sentada.
Esperando.
Hasta que dije:
—Queda un minuto.
Nadie me escuchó.
Golpeé la carpeta contra la mesa.
—¡QUEDA UN MINUTO!
Silencio.
Renata respiraba agitadamente.
—¿Para qué?
La miré.
—Para decidir si quieren escucharme aquí…
Puse mi celular sobre la mesa.
—…o frente a dos agentes de la Fiscalía.
Mi madre palideció.
—¿Qué hiciste?
—Lo que hago profesionalmente.
—Valeria…
—Documenté.
Mi padre se dejó caer en la silla.
—¿Nos denunciaste?
—Todavía no.
Renata soltó el aire.
—Entonces podemos arreglarlo.
La miré.
—No dije que no hubiera denuncia.
Su expresión cambió.
—Dije que yo todavía no la presenté.
Sonó el timbre.
Nadie se movió.
Sonó otra vez.
Santiago caminó hacia la puerta.
Dos hombres y una mujer estaban afuera.
La mujer mostró identificación.
—Fiscalía General de Justicia. Buscamos al señor Mauricio Rivas.
Mi madre gritó.
Mi padre se puso blanco.
Renata volteó hacia mí.
—¡Dijiste que no habías denunciado!
—Yo no.
—¿Entonces quién?
Antes de que pudiera contestar, la agente habló.
—La denuncia fue presentada hace tres semanas por el señor Santiago Beltrán.
Todos volteamos hacia él.
Hasta yo.
Santiago parecía tan sorprendido como los demás.
—Yo no presenté nada.
La agente frunció el ceño.
Revisó su carpeta.
—Aquí está su firma.
Mi corazón dio un golpe.
Santiago se acercó.
—Déjeme ver.
Tomó la hoja.
Y la habitación cambió por completo.
—Tampoco es mía.
Renata dejó de respirar.
Yo sentí un escalofrío.
Era la misma firma.
La misma firma falsa.
Alguien había usado la firma de Santiago para sacar un crédito.
Y también para presentar una denuncia.
Pero ¿por qué?
La agente nos miró.
—Necesitamos hacer algunas preguntas.
Mi padre empezó a decir que llamaría a sus abogados.
La mujer respondió con absoluta calma.
—Hágalo.
Mientras hablaban, Renata retrocedió.
Sacó su celular.
Yo la observé.
Sus dedos temblaban.
Marcó un número.
Esperó.
Nadie respondió.
Volvió a marcar.
—¿A quién llamas? —preguntó Santiago.
—A nadie.
—¿A quién?
Ella guardó el teléfono.
Entonces vi el nombre en la pantalla antes de que se apagara.
Mamá Oficina.
Miré a mi madre.
Su celular estaba sobre la mesa.
Renata no la estaba llamando a ella.
—¿Quién es “Mamá Oficina”? —pregunté.
Renata palideció.
Mi madre Camila la miró.
—¿Qué?
Santiago agarró el teléfono de Renata.
—Dame eso.
—¡No!
Forcejearon.
El celular cayó al piso.
La pantalla siguió encendida.
Santiago lo recogió.
Abrió los mensajes.
No necesitó buscar mucho.
Su rostro cambió.
—No puede ser.
—¿Qué? —pregunté.
Me mostró la pantalla.
Había una conversación.
Años de mensajes.
“Mamá Oficina” daba instrucciones.
Qué empresas usar.
Qué cuentas mover.
Qué papeles firmar.
Qué montos retirar.
Y una frase repetida una y otra vez:
“Que Mauricio crea que la idea fue suya.”
Mi padre se puso de pie.
—¿Quién demonios es esa persona?
Renata empezó a llorar.
—Yo no quería.
—¿Quién es? —grité.
Entonces la agente de la Fiscalía habló.
—Tal vez nosotros podamos responder eso.
Sacó una fotografía.
La colocó sobre la mesa.
Yo reconocí a la mujer.
Pero no tenía sentido.
Sentí que el aire desaparecía.
Mi mamá murmuró:
—No puede ser.
Mi padre se agarró de la silla.
Renata cerró los ojos.
La mujer de la foto llevaba el cabello más corto.
Más canas.
Pero la sonrisa era idéntica.
Era Teresa.
La hermana mayor de mi madre.
Nuestra tía.
La mujer que supuestamente había muerto en un accidente automovilístico cuando yo tenía nueve años.