Marisol deslizó el sobre hacia mí.
—Encontramos una caja de seguridad vinculada a HM Consultores. Para abrirla se necesitan dos cosas: una llave y una secuencia numérica.
Don Horacio miró su reloj.
Yo también.
—La llave está adentro —dijo.
Doña Silvia palideció.
—No te atrevas.
Don Horacio presionó la abolladura de la tapa. Se escuchó un clic diminuto. El fondo del reloj se abrió y reveló una llave plana.
—Híjole —susurró el notario.
—¿Desde cuándo la tienes? —pregunté.
—Desde hace once años.
—¿Y por qué nunca dijo nada?
Don Horacio me miró con los ojos llenos de culpa.
—Porque fui un cobarde.
Doña Silvia comenzó a caminar hacia la puerta.
Uno de los agentes se interpuso.
—Nadie la está reteniendo —dijo Marisol—, pero si se marcha, notificaremos a la fiscalía que se negó a declarar.
Doña Silvia regresó al comedor.
—Esto es una ridiculez.
—No —respondió Don Horacio—. Ridículo fue creer que Armando cumpliría su promesa.
—¡Cállate!
—Me prometió que nunca lastimaría a Estela.
Mi corazón dio un golpe.
—¿Por qué tendría que prometer eso?
Don Horacio se sentó.
De pronto parecía diez años más viejo.
—Porque Armando no llegó a tu vida por casualidad.
Sentí que el piso se inclinaba.
—Explíquese.
—Hace dieciséis años, tu abuela Mercedes contrató mis servicios. Yo trabajaba como contador independiente. Ella sospechaba que alguien estaba robando dinero de un fideicomiso familiar.
—¿Qué fideicomiso?
Doña Silvia se dejó caer en una silla.
—Horacio, no.
—Ya basta, Silvia.
Él me miró.
—Tu abuelo había comprado terrenos en las afueras de Monterrey cuando no valían casi nada. Décadas después, varias empresas quisieron construir parques industriales. Tu abuela recibió una fortuna.
Yo negué con la cabeza.
—Mi abuela vivía de manera sencilla.
—Porque no quería que nadie supiera. Creó un fideicomiso para ti.
—¿Para mí?
—Doscientos cuarenta millones de pesos.
El silencio fue tan pesado que se escuchó el reloj de pared.
Doña Silvia comenzó a llorar.
No con tristeza.
Con rabia.
—Eso no puede ser verdad —dije.
—Lo es —respondió Don Horacio—. Tu abuela sospechó que su abogado estaba desviando dinero. Ese abogado era mi cuñado.
Marisol abrió la carpeta.
—Tenemos copias de los documentos originales.
—¿Qué tiene que ver Armando con esto?
Don Horacio bajó la mirada.
—Todo.
Me costaba respirar.
—Habla.
—Armando trabajaba para el despacho del abogado. Cuando descubrió quién eras y cuánto dinero recibirías al cumplir cincuenta años, se acercó a ti.
Recordé la primera vez que lo vi.
Una cafetería cerca del hospital donde trabajaba mi madre. Armando me ayudó a recoger unos papeles que se me habían caído. Me invitó un café. Dijo que el destino nos había puesto en el mismo lugar.
No había sido destino.
—Se casó conmigo por el fideicomiso —dije.
—Sí.
La palabra cayó como una piedra.
Sentí náuseas.
—¿Y ustedes lo sabían?
Doña Silvia se levantó.
—No todo.
Don Horacio la miró con desprecio.
—Tú sabías suficiente.
—¡Yo quería proteger a mi hijo!
—No es tu hijo.
El aire desapareció de la habitación.
Doña Silvia se quedó blanca.
Marisol dejó de revisar los documentos.
—¿Qué dijo? —pregunté.
Don Horacio miró a su esposa.
—Diles la verdad.
—No.
—Diles quién es Armando.
—¡Cállate!
—Armando no es hijo nuestro —continuó Don Horacio—. Es sobrino de Silvia. Su madre murió cuando él era niño y nosotros lo criamos.
—Eso no cambia nada —dijo ella.
—Cambia mucho —respondió Marisol—. Sobre todo porque encontramos un acta de nacimiento con otro nombre.
Sacó una hoja.
Armando Mendoza no existía legalmente antes de cumplir veintidós años.
Su verdadero nombre era Adrián Cole.
Cole.
El mismo apellido de Vanessa.
—No manches… —murmuró uno de los agentes.
—Vanessa no es su asistente —dijo Marisol—. Es su hermana.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Su hermana?
—Y también su socia en al menos cuatro empresas fantasma.
Doña Silvia cerró los ojos.
—Vanessa fue criada por otra familia —explicó Don Horacio—. Los dos se reencontraron de adultos.
—Entonces no se fueron juntos como amantes.
—No exactamente.
Marisol sacó varias fotografías tomadas en el aeropuerto.
Armando y Vanessa aparecían abrazados. En otra imagen estaban con un hombre vestido de traje. En una tercera, Armando entregaba una memoria USB.
—La policía financiera llevaba meses investigándolos —dijo—. Su viaje a Mónaco no era una escapada romántica. Iban a transferir el dinero y desaparecer.
—¿Y las joyas?
—Diamantes —respondió Marisol—. Fáciles de transportar y vender.
Miré a Doña Silvia.
—¿Usted sabía que iba a huir?
Ella guardó silencio.
—¡Conteste!
—Sabía que tenía problemas —dijo al fin—. Nada más.
Don Horacio golpeó la mesa.
—¡Mientes! Tú le diste los documentos de Estela.
Doña Silvia lo fulminó con la mirada.
—Lo hice por la familia.
—¿Qué documentos? —pregunté.
Marisol habló con suavidad.
—Copias de su identificación, firmas, información médica y pólizas.
Mi cuerpo se enfrió.
—¿Información médica para qué?
Nadie respondió.