Ahí había ayudado a Alonso a preparar su primera presentación para inversionistas.
Ahí corregí contratos.
Ahí diseñé modelos financieros mientras él dormía sobre el sofá.
Ahí escuché cómo prometía:
—Cuando esto crezca, va a ser de los dos.
Mentira.
Abrí el cajón inferior del escritorio.
Saqué un teléfono pequeño.
Negro.
Sin funda.
Alonso nunca lo había visto.
Lo encendí.
Marqué un número cifrado.
Tomás contestó en el segundo tono.
—Licenciada Cárdenas.
Hubo una pausa.
—Pensé que esta llamada nunca llegaría.
Miré la firma falsa a través de la puerta entreabierta.
—Activa el protocolo de protección patrimonial.
La voz de Tomás cambió.
Ya no sonaba sorprendido.
Sonaba profesional.
—¿Alcance?
—Bloquea cualquier intento de inscripción relacionado con la casa de Lomas. Revisa esa notaría. Congela movimientos extraordinarios de Alonso y convoca al consejo.
—¿Consejo completo?
—Completo.
—¿Motivo oficial?
Apreté la moneda dentro del bolso.
—Falsificación documental, intento de disposición irregular de activos vinculados y posible conflicto de interés.
—¿Quiere que activemos también auditoría interna?
—Sí.
Tomás guardó silencio dos segundos.
—¿Total?
—Total.
—Entendido.
Respiré.
—Todo por la vía legal.
—Como siempre.
Colgué.
Salí por la puerta lateral.
Sin maletas.
Sin despedirme.
Sin mirar atrás.
Desde el comedor seguían los brindis.
Ellos creían que acababan de dejarme sin hogar.
Antes de llegar a Reforma, Tomás me envió la convocatoria.
Consejo extraordinario.
Ocho de la mañana.
Y el primer nombre en el orden del día era:
Alonso Luján Serrano.
Dormí en un hotel pequeño cerca de Polanco.
A las tres de la mañana seguía despierta.
No lloraba.
Eso me preocupaba.
Pensé en la primera vez que conocí a Alonso.
Tenía treinta años y una oficina rentada que apenas podía pagar.
Él decía que iba a transformar el mercado inmobiliario de lujo.
Yo acababa de terminar una maestría en finanzas corporativas.
Nos conocimos en una conferencia.
Alonso tenía carisma.
Ambición.
Una sonrisa peligrosa.
Pero estaba lleno de deudas.
Su primera empresa estaba al borde de la quiebra.
Lo ayudé.
No con dinero.
Con estructura.
Contactos.
Estrategia.
Y algo más importante.
Con acceso.
Lo que Alonso jamás supo era que mi padre, Emilio Cárdenas, no había sido solamente “un empresario de Querétaro” como yo siempre decía.
Había fundado, junto con dos socios, un grupo de inversión privada que manejaba participaciones en constructoras, hoteles, logística, energía y bienes raíces.
Mi familia no aparecía en revistas.
No patrocinaba fiestas.
No necesitaba.
Cuando mi padre murió, yo heredé su participación.
El treinta y ocho por ciento del fondo que, años después, se convertiría en el principal inversionista de la firma de Alonso.
Nunca le dije.
Al principio porque mi padre me enseñó algo sencillo:
“El dinero que necesita anunciarse no suele ser dinero. Suele ser ego.”
Después no se lo dije porque quería saber quién era Alonso sin influencia.
Luego, cuando empecé a descubrir quién era de verdad, ya no se lo dije porque necesitaba protegerme.
Durante seis años, él creyó que los inversionistas que rescataban sus proyectos venían por su talento.
No sabía que muchas veces era yo quien, desde un comité donde usaba mi segundo apellido, votaba a favor de darle otra oportunidad.
Qué ironía.
Alonso llevaba años diciéndome que yo vivía gracias a él, cuando en realidad gran parte de su imperio seguía vivo gracias a mí.
A las siete cuarenta y cinco llegué al edificio de Reforma.
No llevaba vestido elegante.
Traía pantalón negro, blusa blanca y el cabello recogido.
Tomás me esperaba en el elevador.
—Buenos días, Abril.
—¿Qué encontraron?
Me entregó una tableta.
—Mucho.
Levanté la mirada.
—¿Qué tanto?
—Alonso autorizó transferencias a tres empresas proveedoras durante los últimos dieciocho meses.
—¿Irregulares?
—Las tres están ligadas indirectamente a Regina Soto.
Sentí una presión en el pecho.
—¿Cuánto?
—Cuarenta y dos millones de pesos.
Me detuve.
—¿Cuarenta y dos?
—Y hay más.
Entramos a la sala de consejo.
Doce personas.
Abogados.
Auditores.
Socios.
Algunos me conocían desde niña.
Otros solo sabían que yo representaba a Cárdenas Capital.
Nadie de la familia Luján conocía mi posición real.
A las ocho con cinco, Alonso entró.
No venía solo.
Regina caminaba detrás de él.
Alonso traía gafas oscuras y una expresión fastidiada.
—¿Qué urgencia es ésta?
Entonces me vio.
Se detuvo.
—¿Qué haces tú aquí?
Regina también me miró.
Luego soltó una risa.
—No manches. ¿Nos seguiste?
Nadie más se rio.
Alonso giró hacia los socios.
—Disculpen. Es mi exesposa. Está pasando por un momento complicado.
Tomás habló.
—Señor Luján, tome asiento.
Alonso levantó una ceja.
—Tomás, no necesito que me digas…
—Tome asiento.
Su tono bastó.
Alonso obedeció.
Regina buscó una silla.
—La señorita Soto no forma parte del consejo —dije.
Ella me fulminó.
—Yo trabajo para Alonso.
—Precisamente.
Tomás llamó a seguridad.
Regina se puso roja.
—¿Qué fregados está pasando?
Alonso golpeó la mesa.
—¡Abril, ya basta!
Lo miré.
—Apenas estamos empezando.