No lloré hasta llegar al coche.
—
El lunes regresé a trabajar.
Hice lo de siempre.
Me puse un traje impecable.
Recogí el cabello.
Contesté correos.
Corregí a un asociado que había confundido una fecha.
Dirigí una junta de cuarenta minutos sin equivocarme una sola vez.
A las once de la mañana, mi jefa, Laura Mendoza, apareció en mi oficina.
—Cierra la puerta.
Sentí el estómago hundirse.
—¿Qué pasó?
Laura dejó una carpeta frente a mí.
—Sterling Infrastructure pidió que te retires de su proyecto.
Pensé inmediatamente en Alejandro.
—Entiendo.
—Yo no.
Levanté la mirada.
—¿Perdón?
—Porque en la misma solicitud pidieron que seas considerada para dirigir toda la revisión legal externa de sus operaciones nacionales.
Parpadeé.
—¿Qué?
Laura sonrió.
—Son como diecisiete millones de pesos en honorarios anuales, Valeria.
Mi boca se secó.
—Yo no pedí eso.
—Ya sé.
—No quiero favores.
—Yo tampoco. Así que pregunté.
Abrió la carpeta.
Había evaluaciones internas.
Comentarios.
Fechas.
Algunos eran de hacía seis meses.
Mucho antes de conocer personalmente a Alejandro.
“Análisis excepcional.”
“Identificó riesgo operativo material.”
“Recomendación técnicamente superior al comité interno.”
Todos hablaban de mi trabajo.
No de Alejandro.
Laura se inclinó hacia mí.
—Escúchame bien. Este cliente estaba hablando de ti antes de que tú supieras siquiera quién era su director general.
Sentí un nudo en la garganta.
—Entonces él no…
—No te regaló nada.
Laura sonrió.
—De hecho, puso por escrito que no participará en la decisión por conflicto personal.
Miré la hoja.
Ahí estaba su firma.
Alejandro Sterling.
“Solicito abstenerme de cualquier determinación relacionada con la licenciada Valeria Rivas.”
Algo dentro de mí se aflojó.
Pero no lo suficiente.
—
Esa noche, Renata llegó a mi departamento.
Sin avisar.
Abrí la puerta y me encontré con ella usando sudadera, el cabello recogido y los ojos hinchados.
No parecía la mujer que presumía vestidos de diseñador en Instagram.
Parecía mi hermana menor.
—¿Qué quieres?
—Hablar.
—No tengo ganas.
—Me corrieron.
Eso me detuvo.
—¿Qué?
—De Sterling.
—Alejandro dijo que no iba a…
—No fue él.
Su voz se rompió.
—Recursos Humanos encontró documentos alterados después de revisar mi expediente.
Entró sin esperar permiso.
—Mamá está histérica. Papá no me contesta.
—¿Y vienes conmigo?
—No tengo con quién más.
Casi me reí.
Toda mi vida había sido la última opción.
Ahora era la única.
—Siéntate.
Renata se dejó caer en el sofá.
Pasaron varios segundos.
—¿Por qué mentiste? —pregunté.
Ella se tapó la cara.
—Porque estaba cansada.
—¿De qué?
—De tener que ser yo.
Eso no tenía sentido.
—Tú eras la favorita.
Renata soltó una risa horrible.
—Exacto.
Me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Sabes qué pasa cuando eres la favorita? Que no puedes dejar de ganar.
No contesté.
—Cuando tenías buenas calificaciones, mamá decía que yo tenía que sacar mejores. Cuando conseguiste tu primer trabajo, papá empezó a preguntarme qué iba a hacer con mi vida. Cuando rentaste tu primer departamento, mamá decía: “Renata, tú no te vayas a conformar con algo así”.
Sentí una incomodidad extraña.
—Nunca escuché eso.
—Porque lo decían cuando no estabas.
Renata se secó la nariz.
—Tú creías que me estaban celebrando. Yo sentía que me estaban empujando desde un edificio.
—Eso no justifica cómo me tratabas.
—No.
Fue la primera vez que la escuché admitirlo.
—Te traté como mierda.
Silencio.
—Porque mientras tú eras “la decepción”, yo podía seguir siendo “la buena”.
Bajó la mirada.
—Si mamá estaba ocupada criticándote por no tener novio, no me preguntaba por qué yo llevaba nueve meses mintiendo sobre mi trabajo.
Aquello me dolió de una manera distinta.
No era una disculpa limpia.
Pero era verdad.
Y las verdades familiares rara vez son limpias.
—¿De verdad eras capturista?
—Analista auxiliar.
La miré.
—Bueno.
—No me veas así.
—Estoy intentando ayudarte.
—Pues no ayudas.
Por primera vez, casi sonreí.
Renata también.
Duró poco.
Luego sacó una memoria USB de su bolsa.
—Encontré algo antes de que me corrieran.
La dejó en mi mesa.
—¿Qué es?
—No sé si te va a gustar.
—¿Sobre Alejandro?
—Sobre papá.
La sangre me bajó a los pies.
—¿Qué tiene que ver papá con Sterling?
Renata respiró.
—Más de lo que crees.
—
El nombre de mi padre era Gabriel Rivas.
Durante toda mi infancia, me dijeron que había construido su fortuna vendiendo maquinaria industrial y desarrollando bodegas.
Nunca pregunté demasiado.
Era el hombre al que todo mundo saludaba.
El que conocía secretarios, empresarios, notarios.
El que hacía una llamada y conseguía mesa donde no había espacio.
Pero los documentos de la memoria mostraban otra historia.
Transferencias entre una empresa de papá llamada Rivas Logística Integral y Sterling.
Contratos viejos.
Facturas duplicadas.
Pagos por “consultoría” de hace diecinueve años.
Y algo peor.
Un acuerdo confidencial firmado por mi padre y por un hombre llamado Arturo Sterling.
El padre de Alejandro.