Valeria ocupa demasiado. Valeria siente demasiado. Valeria molesta cuando deja de servir.
Abrí otra hoja.
—¿Escribiste esto?
Camila leyó el correo sobre “la vieja”.
Su cara perdió color.
—¿De dónde sacaste eso?
—Contesta.
—Eso está sacado de contexto.
—¿Cuál es el contexto donde llamar “la vieja” a tu hermana y planear convencerla de vender sus bienes está bien?
Camila agarró su bolsa.
—Me voy.
—La policía financiera ya tiene copia.
Era mentira.
Pero se congeló.
Y entonces cometió el error.
—Renata dijo que había borrado esos correos.
El silencio posterior fue delicioso.
Camila se tapó la boca.
Yo sonreí.
—Gracias.
—Valeria…
—Sal de mi casa.
—Espera.
—Fuera.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Por primera vez, creo que sí.
Camila se acercó.
—Si Santiago pierde esa demanda, va a quedar destruido.
—Entonces ayúdalo.
—No puedo.
—¿Por qué?
Y ahí vi algo.
Miedo.
No codicia.
Miedo.
—Camila.
Ella bajó la voz.
—Porque Renata tiene algo contra él.
—¿Qué?
—No sé exactamente.
—Mentira.
—Te juro que no sé todo.
—¿Qué sabes?
Camila cerró los ojos.
—Alejandro no murió como tú crees.
Sentí que el piso desaparecía.
—¿Qué dijiste?
—No debí decir eso.
La sujeté del brazo.
—¿Qué sabes de la muerte de mi esposo?
—Suéltame.
—¡Habla!
Camila lloró.
Y mi hermana casi nunca lloraba.
—Alejandro estaba investigando a uno de sus socios.
—¿Qué socio?
—El papá de Renata.
Me quedé helada.
Renata Alcázar.
Su padre, Rodrigo Alcázar, había muerto años atrás.
Yo apenas lo conocí.
—¿Qué tenía que ver Rodrigo con Alejandro?
—El terreno.
Camila hablaba rápido.
—Rodrigo quería comprar las participaciones. Alejandro descubrió que estaban usando empresas fantasma para sacar dinero. Amenazó con denunciar.
—¿Y?
—Tres semanas después cayó del andamio.
No pude respirar.
El accidente.
Siempre me dijeron que Alejandro había pisado mal una plataforma.
—¿Estás diciendo que lo mataron?
—No sé.
—¡Camila!
—¡No sé!
Se cubrió la cara.
—Pero Alejandro estaba asustado. Me dio documentos. Yo los guardé.
—¿Dónde?
Camila me miró.
—Renata los tiene.
—
Esa noche llamé a Santiago.
Contestó al primer tono.
—Mamá.
—Ven solo.
—¿Pasó algo?
—Ven.
Llegó cuarenta minutos después.
No le ofrecí café.
Puse los papeles frente a él.
Su rostro se derrumbó.
—¿Cómo conseguiste esto?
—Entonces es verdad.
—Mamá…
—¿Hace cuánto sabes?
Se sentó.
—Ocho meses.
—¿Y preferiste burlarte de mí anoche?
Se tapó la cara.
—No entiendes.
—Pues explícame.
—Renata sabía que yo había descubierto lo de Camila.
—¿Y?
—Me amenazó.
—¿Con qué?
Santiago levantó los ojos.
—Con hacerme perder a Mateo.
Fruncí el ceño.
—¿Quién es Mateo?
Mi hijo empezó a llorar.
Y entonces dijo una frase que jamás habría imaginado escuchar.
—Mi hijo.
Lo miré sin comprender.
—Tú no tienes hijos.
—Sí.
—Santiago…
—Tenía diecinueve años.
Sentí el pulso en el cuello.
—¿Qué estás diciendo?
—Antes de conocer a Renata, tuve una novia. Mariana.
El nombre me resultó vagamente familiar.
—Se embarazó.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Porque papá se enteró primero.
Alejandro.
—¿Y?
—Él me ayudó.
Santiago lloraba abiertamente.
—Mariana quería dar al bebé en adopción. Yo no podía criarlo. Papá encontró una familia.
Mi cabeza daba vueltas.
—¿Mateo fue adoptado?
—Sí.
—¿Dónde está?
—En Guadalajara.
—¿Cuántos años tiene?
—Diecinueve.
Me cubrí la boca.
Yo tenía un nieto de diecinueve años.
—¿Renata sabe?
—Encontró documentos de papá.
—¿Y qué puede hacer?
—Mateo no sabe quién soy.
—Eso no significa que pueda quitarte nada.
—La familia adoptiva es muy privada. Renata amenazó con contactarlo y decirle que lo abandoné, que nunca quise saber de él.
—¿Es verdad?
Santiago negó.
—Llevo años recibiendo fotografías por medio del abogado que manejó la adopción. Nunca lo contacté porque eso fue lo acordado.
—Entonces no hiciste nada ilegal.
—No.
—¿Por qué le tienes tanto miedo?
Santiago me miró.
—Porque Mateo está buscando a sus padres biológicos.
El cuarto quedó en silencio.
—¿Y?
—Renata dice que si yo sigo con la demanda, ella hablará primero y le contará su versión.
Me senté frente a él.
—¿Y por eso permitiste que me humillara?
Bajó la cabeza.
—Sí.
—¿Por eso te reíste?
—Sí.
—Mírame.
Lo hizo.
—Puedes estar asustado sin volverte cruel.
Santiago cerró los ojos.
—Lo sé.
—No. Anoche no lo sabías.
Lloró.
—Perdóname.
Yo también tenía lágrimas.
—Te di todo lo que pude.
—Ya sé.
—Y cuando alguien me llamó estorbo, tú elegiste que fuera yo quien pagara el precio de tu miedo.
—Sí.
No intentó defenderse.
Eso, al menos, era algo.
Le conté sobre la casa.
Santiago abrió los ojos.
—¿Compraste la propiedad de papá?
—Sin saberlo.
Se rio entre lágrimas.
—No manches.
—Eso mismo pensé.
Después le conté lo que Camila había dicho sobre Alejandro.
La risa desapareció.
—Mamá…
—¿Sabías?
—No.
Entonces saqué la carta incompleta.
Santiago leyó.
Cuando llegó a la última línea, se quedó blanco.
—¿Qué pasa?
—Yo sé cuál era la confesión.
—¿Qué?
Me miró.