No recuerdo cuánto tiempo permanecí sentado junto a Nia después de escuchar aquellas palabras.
Casi dos días.
Mi hija había pasado casi dos días sin comer de verdad, mientras yo estaba fuera trabajando y creyendo que todo estaba bien en casa.
La miré. Tenía los ojos rojos y la cara pálida. Sus dedos seguían aferrados a los míos, como si temiera que yo también pudiera desaparecer si soltaba su mano.
—Cariño, necesito que me expliques lo que pasó —dije con la mayor suavidad que pude—. No tienes que contarme todo ahora si no quieres.
Nia negó con la cabeza.
—Quiero contártelo.
Malik se sentó al otro lado de ella.
—Yo también voy a contar lo que vi.
Le acaricié el cabello a mi hija.
—Está bien. Los voy a escuchar a los dos.
Nia respiró hondo.
—El lunes, Vanessa dijo que había comido demasiadas galletas después de la escuela. Me dijo que no podía cenar hasta aprender a controlarme.
Fruncí el ceño.
—¿Habías comido galletas?
—Una. La encontré en mi mochila. Malik me la había dado porque no había terminado mi almuerzo.
Mi hijo bajó la cabeza.
—Yo sabía que tenía hambre —murmuró—. Por eso se la guardé.
Nia continuó.
—Vanessa dijo que no podía comer porque ya había gastado mi parte de la comida. Me dio agua y me mandó a mi cuarto.
Me quedé inmóvil.
—¿Te dijo que no podías comer nada más?
Nia asintió.
—Pensé que solo era esa noche. Pero el martes, cuando regresé de la escuela, me dijo que tenía que aprender a no pedir tanto. Me dio un poco de arroz por la tarde, pero no me dejó cenar.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Y el miércoles?
—Me dolía la cabeza. Le dije que tenía hambre, pero me respondió que estaba tratando de manipularla.
Malik intervino.
—Yo intenté darle parte de mi comida, papá. Pero Vanessa me vio y me quitó el plato. Me dijo que si volvía a hacerlo, me mandaría a vivir con mi abuela.
Lo miré.
—¿Te dijo eso?
Él asintió.
—No quería que me separara de Nia.
Me pasé una mano por la cara.
Aquello explicaba por qué mi hijo había permanecido callado durante tanto tiempo. Vanessa no solo había controlado la comida de mi hija. También había utilizado el miedo a la separación para silenciar a su hermano.
—¿Qué ocurrió el miércoles por la noche? —pregunté.
Nia se encogió un poco.
—Me sentía muy débil. Cuando subí las escaleras, me mareé. Intenté agarrarme del barandal, pero me caí.
Cerré los ojos por un instante.
—¿Recuerdas lo que pasó después?
—Recuerdo que Vanessa me encontró. Estaba enojada al principio. Me dijo que dejara de fingir. Después se asustó porque yo no contestaba.
Malik apretó la mano de su hermana.
—Yo escuché el golpe desde mi habitación. Salí al pasillo, pero Vanessa me dijo que regresara a la cama.
—¿Y tú qué hiciste? —le pregunté.
—Me escondí detrás de la puerta. Vi que Vanessa llamaba a Marissa.
Nia miró a su hermano.
—Marissa llegó y me levantó. Me preguntó cuándo había comido por última vez. Yo le dije que no me acordaba.
La voz de mi hija se quebró.
—Me llevó al hospital. Vanessa estaba muy enojada porque Marissa quería llamar a la policía.
Sentí un escalofrío.
—¿Marissa quería llamar a la policía?
Nia asintió.
—Dijo que alguien tenía que saber lo que había pasado. Vanessa le dijo que, si lo hacía, todos nos separaríamos.
Malik intervino de nuevo.
—Después Vanessa me dijo que no le contara nada a papá. Me dijo que si hablábamos, papá pensaría que no habíamos sabido comportarnos.
Me acerqué a mis hijos y los abracé a ambos.
No quería que sintieran que tenían que seguir hablando para convencerme de que les creía. Lo que me habían contado era suficiente para que tomara medidas inmediatas.
—Escúchenme bien —dije—. Nada de esto es culpa de ustedes. Ni de ti, Nia, por tener hambre, ni de ti, Malik, por intentar ayudar a tu hermana. No hicieron nada malo.
Nia comenzó a llorar contra mi pecho.
—¿Estás enojado conmigo?
La pregunta me destrozó.
—No, mi amor. Estoy enojado porque no estuve aquí para protegerte como debía. Pero no estoy enojado contigo.
—Vanessa dijo que no ibas a creerme.
Le besé la frente.
—Debí haber prestado más atención. Si alguna vez vuelves a tener miedo, puedes decírmelo. Siempre voy a escucharte.
Malik se secó las mejillas con la manga.
—¿Vanessa va a volver a castigarnos?
—No voy a permitir que vuelva a hacerles daño.
Me quedé con ellos hasta que ambos se calmaron. Después preparé un pequeño refrigerio y me aseguré de que Nia pudiera comer sin sentirse observada ni presionada. No intenté que comiera una gran cantidad de golpe. Lo importante era que se sintiera segura y que un profesional pudiera valorar su estado físico cuanto antes.
A la mañana siguiente, llamé a su pediatra y expliqué lo ocurrido. La clínica nos indicó que Nia necesitaba una evaluación médica urgente, así que organicé el traslado para que la revisaran ese mismo día. También contacté a mi abogado y le informé de las nuevas revelaciones.
Vanessa seguía en la casa cuando bajamos.
Estaba sentada en la cocina, bebiendo café como si la noche anterior no hubiera sucedido.
Al vernos, dejó la taza.
—Buenos días, niños.
Nia se escondió detrás de mí.
Vanessa suspiró.
—¿Todavía van a seguir con esto?
Me volví hacia ella.
—No les hables ahora.
—¿Vas a llevarlos a algún lado?
—Nia necesita una evaluación médica.
—No necesita un médico. Lo que necesita es que dejes de consentirla.
Di un paso hacia ella.
—No vuelvas a hablar de mi hija de esa manera.
Vanessa se levantó.
—Daniel, no puedes seguir creyendo cada palabra que dicen. Nia siempre ha sido sensible. Y Malik la protege porque sabe que tú sientes debilidad por ella.
Mi hijo apretó los labios.
—No es verdad.
Vanessa lo miró con frialdad.
—Tú deberías tener más cuidado con lo que dices.