Me quedé sentado en el despacho con el informe médico entre las manos, incapaz de apartar la mirada de la fotografía.
Nia tenía diez años, pero en aquella cama de hospital parecía mucho más pequeña. Su cabello estaba pegado a la frente, sus labios se veían resecos y una pulsera blanca rodeaba su muñeca. Había un monitor junto a la cama y una manta azul cubriéndole las piernas.
Debajo de la fotografía aparecía la fecha.
Veintisiete de septiembre.
La misma noche en que Vanessa me había enviado un mensaje diciendo que Nia estaba dormida y que no debía preocuparme.
Recordaba perfectamente aquel día. Yo había viajado a Phoenix para resolver un problema en uno de nuestros almacenes. Vanessa me llamó a las siete de la tarde y me preguntó cuánto tardaría en regresar.
Le dije que probablemente llegaría después de las diez.
Ella respondió que los niños estaban bien, que había preparado la cena y que me guardaría algo.
A las nueve y doce recibí otro mensaje.
Ya estamos acostados. Maneja con cuidado.
Yo había sonreído al leerlo.
Ahora sentía ganas de romper el teléfono contra la pared.
Seguí revisando el expediente. Había notas médicas, una factura por servicios de emergencia y una hoja con información proporcionada por la persona que había llevado a Nia al hospital.
Marissa.
La hermana de Vanessa.
En el apartado de observaciones, alguien había escrito que la menor había presentado debilidad, mareos y un episodio de pérdida de conciencia. También se mencionaba que la familia debía buscar atención médica de seguimiento.
No había ninguna explicación clara sobre la causa.
Tampoco había una nota que demostrara que Vanessa hubiera solicitado ayuda.
Me obligué a respirar despacio.
No podía sacar conclusiones médicas de unos cuantos papeles. Necesitaba saber qué había sucedido, cuándo había ocurrido y por qué mi esposa había ocultado algo tan importante.
Entonces encontré una hoja doblada detrás de la factura.
Era una copia de un mensaje impreso.
*Vanessa: No puedes contarle a Daniel que la llevaste al hospital. Él va a pensar que fue culpa mía.*
Debajo, la respuesta de Marissa:
*Marissa: No voy a mentir sobre lo que pasó. La niña estaba demasiado débil para mantenerse de pie. Si Daniel pregunta, le diré la verdad.*
La última respuesta de Vanessa estaba subrayada con tinta roja.
*Vanessa: Si hablas, también vas a tener que explicar por qué estabas aquí esa noche.*
Me quedé mirando la frase.
¿Por qué había estado Marissa en mi casa?
Vanessa me había dicho que estaba sola con los niños.
¿Por qué su hermana había tenido que llevar a Nia al hospital?
Y, sobre todo, ¿qué podía saber Marissa que hiciera que Vanessa estuviera dispuesta a amenazarla?
Escuché pasos en el pasillo.
Cerré el expediente y lo guardé en la carpeta.
Vanessa apareció en la puerta.
Ya no llevaba la expresión furiosa de la cena. Se había cambiado de ropa y tenía el cabello recogido. Parecía una mujer preparándose para una conversación difícil, no alguien que acababa de admitir que había ocultado una emergencia médica relacionada con mi hija.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Buscando respuestas.
Sus ojos se desplazaron hacia el cajón abierto.
—¿Revisaste mis cosas?
—Encontré un expediente médico con el nombre de Nia.
Vanessa se quedó quieta.
—Daniel, no tenías derecho.
—¿No tenía derecho a saber que mi hija estuvo en el hospital?
—Yo iba a contártelo.
—¿Cuándo? ¿En su graduación? ¿En su cumpleaños número dieciocho?
Ella apretó los labios.
—No fue tan grave como parece.
Levanté la fotografía.
—¿Por qué estaba aquí?
Vanessa miró la imagen y después apartó los ojos.
—Se desmayó.
—Eso ya me lo dijiste. Quiero saber por qué Marissa la llevó al hospital.
—Porque yo estaba alterada y no podía conducir.
—¿Por qué estabas alterada?
—Porque Nia se cayó y pensé que podía haberse lastimado.
—¿Y por qué no me llamaste?
—¡Porque sabía que reaccionarías exactamente así!
Dejé la fotografía sobre el escritorio.
—¿Así cómo? ¿Preocupándome por mi hija?
Vanessa empezó a caminar de un lado a otro.
—Tú siempre haces lo mismo. Tomas cualquier problema y lo conviertes en una tragedia. Yo tenía que manejar la situación, cuidar a los niños y evitar que todo se saliera de control.
—¿Qué situación?
Ella se detuvo frente a mí.
—No voy a discutirlo otra vez.
—Entonces mañana lo discutirás con mi abogado.
Su rostro cambió.
—No puedes llevar esto a un abogado.
—Ya lo hice.
Vanessa miró la carpeta legal que había dejado junto al teléfono.
—¿Qué les dijiste?
—La verdad que conozco.
—¡No conoces toda la verdad!
—Por eso quiero escucharla.
Ella abrió la boca, pero volvió a cerrarla.
Durante varios segundos solo se oyó el aire acondicionado.
Finalmente, Vanessa bajó la voz.
—Marissa estaba en casa porque vino a recoger unas cosas. Nia se sintió mal. Yo le pedí que me ayudara y ella decidió llevarla al hospital sin preguntarme.
—¿Y por qué ocultaste el expediente?
—Porque sabía que ibas a culparme.
—¿Y el mensaje en el que le dices que no me cuente lo ocurrido?
Vanessa palideció.
—¿Leíste eso?
—Estaba dentro del expediente de mi hija.
Se sentó en la silla frente al escritorio.
Por primera vez, pareció comprender que ya no podía controlar lo que yo sabía.
—Daniel, hay cosas que no entiendes de la relación entre Marissa y yo.
—Entonces explícamelas.
—Mi hermana siempre ha querido demostrar que es mejor que yo. Desde niñas ha sido así. Si algo sale mal, ella corre a contárselo a todo el mundo para que parezca que yo soy la irresponsable.
—Eso no explica por qué mi hija terminó en el hospital.
Vanessa se frotó las manos.
—Nia había estado comiendo muy poco durante varios días. Se quejaba de dolor de estómago y no quería cenar. Cuando se cayó, me asusté. Marissa llegó poco después y me convenció de que la llevara a urgencias.
—Hace unos minutos dijiste que Marissa la llevó.
—Las dos estábamos allí.
—¿Y tú me dijiste que estabas sola con los niños?
Vanessa no contestó.
Me levanté.