Y el único hombre al que Trent se había asegurado durante tres años de que yo viera muy pocas veces.

Eli miró más allá de todos.

Helen del pasado.

Richard del pasado.

Nicole del pasado.

Pasado Trent.

Entonces me vio en el suelo con una mano alrededor del estómago.

Algo cambió en su rostro.

Él no gritó.

Eso era lo que aterrorizaba a Trent.

Eli se calmó por completo.

—Claire —dijo—. No te muevas.

Trent levantó ambas manos.

“Esto es un malentendido.”

Eli miró el bastón que tenía a su lado.

Luego, al teléfono de Nicole.

Luego, en las marcas de mis brazos.

—No —dijo mi hermano en voz baja.

El aire de la cocina se volvió gélido al instante. Trent se quedó paralizado, con sus mocasines lustrados pegados al suelo de madera y la mano aún suspendida en el aire donde había dejado el pesado bastón. Detrás de él, el rostro de Helen había perdido todo color. La sonrisa triunfal y burlona que había lucido momentos antes había sido reemplazada por una expresión de puro y asfixiante terror. Sus dedos, bien cuidados, arañaban nerviosamente el cuello de cachemir de su suéter.

Eli no miró a Trent. No miró a Helen ni a Richard, que había dejado bruscamente su taza de porcelana, derramando el líquido sobre la mesa de caoba pulida. Los ojos de Eli estaban fijos en mí.

—Claire —repitió Eli, con una voz peligrosamente serena, desprovista del pánico que me había invadido—. Los paramédicos están justo detrás de nosotros. Respira despacio. Mantén la mano sobre el vientre.

“Eli…” Mi voz se quebró, apenas un susurro a través del sabor metálico de la sangre que se acumulaba en mis encías. Cada músculo de mi cuerpo temblaba violentamente. El frío del suelo se filtraba en mis costillas magulladas, y el dolor fantasma en mi abdomen hacía que mi corazón latiera con fuerza contra mi garganta como un pájaro atrapado. “El bebé… Eli, el bebé…”

—Te tengo —dijo. Dio dos pasos decididos hacia la cocina, sus botas tácticas resonando con un ritmo ominoso. Detrás de él, dos policías estatales flanqueaban el arco de la puerta, con las manos firmemente apoyadas en las fundas de sus cinturones, sus miradas recorriendo los cristales rotos, el vino derramado y la cabeza de latón abollada del bastón que yacía a cinco centímetros de mi cadera.

Trent tragó saliva con dificultad, dio un paso al frente con las palmas extendidas, intentando evocar el encanto sereno e inquebrantable que usaba en los juzgados y las salas de juntas. “Eli, escucha. Te has pasado de la raya. Acabas de entrar en una casa particular sin una orden judicial. Claire se cayó. Tuvo un accidente. Estábamos intentando ayudarla a levantarse cuando empezó a reaccionar violentamente…”

Eli no alzó la voz. Ni siquiera pestañeó. Simplemente acortó la distancia que lo separaba de Trent con un movimiento fluido y preciso. Se detuvo a centímetros de mi esposo, imponente y con la presencia silenciosa y letal forjada en Faluya y perfeccionada a lo largo de una década de investigación.

—Aléjate de mi hermana —dijo Eli en voz baja—. Si vuelves a respirar en su dirección, Trent, te consideraré una amenaza para un funcionario estatal. ¿Entiendes las consecuencias de lo que sucederá después?

Trent cerró la boca de golpe. Una gota de sudor le resbaló por la sien.

Across the room, Nicole tried to slide her phone into her back pocket, her knuckles white. But Trooper Davis, a broad-shouldered officer with a jaw carved from granite, pointed directly at her. “Leave the device on the island, ma’am. Put your hands flat where I can see them. Right now.”

“It’s just my personal phone!” Nicole squeaked, her voice trembling in a way her livestream audience had never heard. “You can’t just seize my property!”

“That device is evidence in a felony domestic assault involving an unborn child,” Eli said, turning his head slightly toward her, his dark eyes burning with lethal precision. “And if you delete so much as a single frame of that stream, Nicole, I will personally charge you with tampering, conspiracy, and accessory to aggravated battery. Put. It. Down.”

Nicole’s fingers shook violently as she dropped the phone onto the granite counter. The screen was still glowing brightly, comment bubbles floating rapidly across the glass like swarming insects. The internet had seen everything.

Two EMTs rushed through the doorway carrying a trauma bag and a portable stretcher. As they knelt beside me, cutting through the sleeve of my shirt to check my vitals and wrapping a fetal monitor around my abdomen, I looked up through swollen eyes.