—Porque Ricardo desapareció cuando auditoría empezó a preguntar por AS Servicios.
—¿Desapareció?
—Renunció hace dos semanas.
Ahora entendí por qué el perfil laboral se había actualizado recientemente.
Renata continuó:
—Y me dijeron que iban a revisar mis accesos.
Mi mamá habló apenas.
—Entonces inventaste el ascenso.
Renata la miró.
—No podía venir y decirles que quizá me iban a correr.
—¿Por qué no?
Mi hermana soltó una risa amarga.
—¿En serio, mamá?
La pregunta la dejó muda.
Renata señaló hacia mí.
—Toda mi vida me dijiste que yo era la exitosa.
Luego se señaló el pecho.
—La bonita. La lista. La que sí sabía hacer las cosas bien.
Las lágrimas le caían sin control.
—¿Qué crees que pasa cuando construyes a una hija entera alrededor de ganar?
Mi mamá bajó la mirada.
—Renata…
—Yo no podía perder.
Miró hacia mí.
Y por primera vez no vi arrogancia.
Vi cansancio.
—Porque si yo perdía, entonces Valeria podía tener algo que yo no.
Me dolió escuchar eso.
Pero no por mí.
Por las dos.
A mí me habían convertido en “la insuficiente”.
A ella, en “la perfecta”.
Ambas eran jaulas.
Sólo que la de Renata tenía flores.
Mi abuelo suspiró.
—Qué manera tan pendeja de criar competencia entre hermanas.
Mi mamá empezó a llorar.
Mi padre rodó los ojos.
—Ay, por favor. Ahora resulta que todo es culpa nuestra.
Ese comentario hizo que Alejandro levantara la vista.
—No.
Papá lo miró.
—¿No qué?
—No todo.
Alejandro señaló a Renata.
—Ella decidió mentir.
Luego a mi padre.
—Usted decidió facturar servicios dudosos.
Después me miró a mí.
—Y Valeria decidió contratar a un extraño para escapar unas horas de una dinámica familiar que le hacía daño.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Cada quien tomó decisiones. Pero fingir que el ambiente no influyó sería bastante cómodo.
Nadie dijo nada.
Mi abuelo sonrió.
—Me cae bien el muchacho.
—Papá —murmuró mi mamá.
—¿Qué? Dice las cosas derecho.
Alejandro miró a Renata.
—Necesito que me contestes algo.
Ella se secó la cara.
—¿Qué?
—El segundo nombre falso que encontramos no era el de tu padre.
Mi corazón se detuvo.
Mi padre volteó.
—¿Qué?
Alejandro sacó el celular.
—AS Servicios fue una irregularidad adicional.
—Entonces ¿qué nombre?
Alejandro me miró.
Yo sentí frío.
—El tuyo, Valeria.
El jardín desapareció alrededor de mí.
—¿Mi nombre?
—Sí.
—Pero yo nunca he trabajado en Sterling.
—Lo sé.
—Entonces…
Alejandro giró la pantalla.
Había una ficha de proveedor.
Valeria Salgado Consultoría Estratégica.
Mi dirección antigua.
Mi CURP.
Mi RFC.
Una cuenta bancaria.
No reconocí la cuenta.
—¿Qué demonios es esto?
Mi padre palideció.
Renata dejó de llorar.
Mi mamá volteó lentamente.
Alejandro siguió deslizando.
—Durante dieciocho meses, Sterling pagó poco más de dos millones de pesos a una consultora registrada con tu información fiscal.
Mis piernas temblaron.
—Yo no tengo ninguna consultora.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque revisamos declaraciones relacionadas con los contratos y la firma digital usada no coincide con tus certificados vigentes.
Miré a mi padre.
Él no me sostuvo la mirada.
—Papá.
Silencio.
—Papá.
—No sabes lo complicado que era.
Sentí un golpe en el estómago.
—¿Usaste mi nombre?
—Fue temporal.
—¿Usaste mi RFC?
—Necesitábamos otra razón social.
—¡¿Usaste mi identidad?!
Mi voz rebotó contra las paredes de cantera.
Mi mamá se levantó.
—Arturo.
—Era para proteger a Renata.
Yo me quedé helada.
—¿Qué?
—Cuando Ricardo dijo que ya no podía meter más facturas de AS Servicios, necesitábamos otro proveedor.
—¿Necesitábamos?
—Renata podía perder el trabajo.
Miré a mi hermana.
—¿Tú sabías?
Renata negó desesperadamente.
—No. Te juro que no.
Mi padre levantó las manos.
—Usé tus datos porque eras la opción más segura.
Casi me reí.
—¿Segura?
—Tienes buen historial fiscal. No tienes deudas. Nadie iba a revisar.
Las palabras me golpearon.
Mi independencia.
Mi responsabilidad.
Todo eso que mi familia trataba como si no valiera nada…
había sido exactamente lo que mi padre aprovechó para usar mi identidad.
—¿Y si Hacienda investigaba? —pregunté.
Mi padre bajó la voz.
—No iba a pasar.
—¿Y si pasaba?
Silencio.
La respuesta estaba ahí.
Yo habría cargado con el problema.
La hija soltera.
La “fracasada”.
La que no tenía esposo ni hijos.
La sacrificable.
Algo dentro de mí se endureció.
—Alejandro.
Él me miró.
—¿Qué necesito hacer?
Mi padre dio un paso.
—Valeria.
—No te estoy hablando a ti.
—Somos familia.
Volteé.
—¿Familia?
Se quedó quieto.
—¿Familia es usar mi identidad sin permiso?
—Yo iba a arreglarlo.
—¿Cuándo?
—Pronto.
—¿Antes o después de que me acusaran de fraude?
Mi madre se tapó la boca.
Renata lloraba en silencio.
Mi padre parecía envejecido.
—No habría llegado a eso.
—Ya llegó.
Alejandro habló:
—Necesitas un abogado fiscal y uno penal. También levantar una denuncia por uso indebido de identidad y desconocer formalmente esas operaciones.
Mi padre explotó.