—Porque Renata estaba embarazada.

Cerré los ojos.

Damián.

Mi nieto.

Había nacido muerto a los siete meses.

Renata nunca volvió a ser la misma después.

—Roberto pensó que podía sacarla de ese matrimonio primero —dijo Julián—. Creyó que Santiago la estaba manipulando.

—¿Y lo estaba?

—En parte.

—¿En parte?

—Los mensajes muestran que Renata participaba activamente.

Me tapé la boca.

Qué fácil es decir que una madre conoce a sus hijos.

No.

Una madre conoce las versiones que sus hijos le permiten ver.

—¿Qué quiere que haga?

—Venga a mi despacho.

—Hoy.

—Hoy.

Una hora después estaba sentada frente a Julián en una oficina sobre Paseo de la Reforma.

Era un hombre de sesenta años, cabello plateado, traje oscuro y expresión de quien llevaba demasiado tiempo esperando malas noticias.

Colocó una tableta frente a mí.

—Primero, su casa.

Me mostró el Registro Público.

—Sigue legalmente a su nombre.

Sentí que respiraba de nuevo.

—¿Entonces puedo regresar?

—No todavía.

—Es mi casa.

—Sí, pero el grupo que recibió la garantía tiene gente adentro.

—¿Dentro de mi casa?

—Probablemente.

—Mis cosas.

—No toque nada sin acompañamiento legal.

Apreté los puños.

—Traigo una muda de ropa y un cepillo de dientes. ¿Y me dice que no puedo entrar a mi propia casa?

—Por unas horas.

—Qué poca madre.

Julián arqueó una ceja.

—Roberto decía eso también.

A pesar de todo, sonreí.

Luego él abrió el folder color vino.

—Esto es más importante.

Dentro había un fideicomiso.

Roberto había transferido la casa a una estructura patrimonial especial seis meses antes de morir.

Yo seguía siendo beneficiaria vitalicia.

Pero había una cláusula extraordinaria.

Cualquier intento de disponer del inmueble mediante poder, sustitución, compraventa o garantía sin mi comparecencia física anulaba automáticamente toda autorización previa y activaba una investigación notarial.

—O sea que él preparó una trampa.

—Una alarma.

—Para Renata.

—Para cualquiera.

Lo miré.

—No. Para Renata.

Julián no discutió.

—Hay algo más.

—Claro que hay algo más.

Sacó una grabadora digital.

—Roberto dejó una declaración.

Mi garganta se cerró.

—¿Video?

—Audio.

Presionó reproducir.

La voz de mi marido llenó la oficina.

Más débil de lo que recordaba.

“Si Elena escucha esto, significa que fallé en mi intento de protegerla del dolor.

Mi amor, perdóname.

Renata está metida en algo muy feo.

Y hay una posibilidad que me cuesta siquiera escribir.”

Escuché papeles moverse.

“Creo que Santiago no se casó con ella por casualidad.

Creo que la buscó.”

Fruncí el ceño.

“Hace siete años, Santiago trabajó brevemente para Grupo Delmar. Antes de conocer a Renata, tuvo acceso a un expediente que contenía información sobre propiedades antiguas en Las Lomas.

Nuestra casa estaba ahí.”

Sentí la piel fría.

“Pero no era la casa lo que les interesaba originalmente.

Era el terreno.”

Miré a Julián.

—¿El terreno?

Él levantó una mano.

La grabación continuó.

“En 1989, debajo del predio se registró un derecho de paso vinculado a una antigua conducción hidráulica. Años después, durante unas obras municipales, se descubrió que el subsuelo conecta con una franja de propiedad mucho más grande.

No entendí su valor hasta hace tres años.”

Roberto tosió.

“El predio completo está involucrado en un proyecto de reurbanización que jamás se hizo público.

Si se consolida, el valor de nuestra casa no es treinta millones.

Ni cincuenta.

Es potencialmente más de doscientos.”

Me quedé muda.

Julián detuvo el audio.

—Por eso Santiago necesitaba la propiedad.

—¿Doscientos millones?

—Tal vez más.

—¿Y Renata sabía?

—Escuche.

Continuó el audio.

“Renata sí sabía que la casa valía más de lo que Elena creía.

Pero no creo que conociera la cifra exacta.

Santiago le dijo que con ese dinero podrían empezar de nuevo.

Lo que ella no sabe es que él planea dejarla fuera después de transferir el inmueble.”

La grabación terminó.

Yo no podía respirar.

—Entonces mi hija destruyó nuestra relación por un hombre que piensa abandonarla.

Julián asintió.

—Eso parece.

Miré la pantalla.

—Quiero pruebas.

Las tenía.

Mensajes.

Correos.

Audios.

Un chat de Santiago con un hombre llamado “E.V.”.

“En cuanto la vieja esté fuera, Renata sobra.”

Otro:

“Ella cree que recibe diez millones. Dale dos y que firme.”

Otro:

“Si se pone sentimental con su mamá, recuérdale lo de Beatriz.”

Sentí asco.

—¿Renata sabe que él la está usando?

—No.

—¿Y usted quiere que yo la salve?

Julián me miró.

—Eso lo decide usted.

Me levanté.

—No.

Él pareció sorprendido.

—¿No?

—No voy a salvarla.

Tomé mi bolso.

—Voy a decirle la verdad.

A la mañana siguiente regresé a Las Lomas con Julián, un notario, dos agentes ministeriales y un cerrajero.

La puerta verde estaba abierta.

Adentro había tres hombres tomando fotos.

Santiago salió del despacho.

Cuando me vio, palideció.

—¿Qué hace aquí?

—Qué onda, yerno.

Le mostré una orden.

—Vengo a mi casa.

Renata apareció detrás.

Seguía usando mis perlas.