—Si nos está viendo, seguro está diciendo que pagamos demasiado por este hotel.
Ella soltó una carcajada.
—¿Era codo?
—No. Era mecánico. Es casi lo mismo.
—¡Abuela!
Reímos hasta que me dolió el estómago.
Y ahí, bajo el cielo de Cozumel, entendí finalmente el último regalo que Mauricio me había dejado.
No eran los millones.
No era el fideicomiso.
Ni siquiera la cuenta de Camila.
Era una lección que yo había tardado toda una vida en aprender:
El amor verdadero puede darte todo, pero jamás te pide que te desaparezcas para demostrarlo.
Y aquella vez, cuando mi familia volvió a decirme “este viaje es solo para nosotros”, la frase significó algo completamente distinto.
Porque Camila me agarró de la mano, miró el mar y sonrió.
—Abuela, órale. Mañana nos levantamos temprano.
—¿Para qué?
—Para ver el amanecer.
—Está bien.
—Pero no te me vayas a quedar dormida.
La miré fingiendo ofensa.
—¿Yo? ¿La señora grande que aburre?
Camila se puso seria.
—Mi papá fue un idiota.
—Camila.
—Bueno… fue muy poco inteligente.
—Eso sí te lo acepto.
Volvimos a reír.
Y al entrar a nuestra habitación, cerré la puerta del balcón sabiendo algo que nadie volvería a hacerme olvidar:
yo no tenía que pagar un lugar en ninguna familia.
Quien quisiera caminar conmigo tendría que hacerlo por amor.
Y quien no pudiera…
que disfrutara el viaje sin mí.