—¿Te dijo cuándo empezó todo eso? —pregunté.
—Según él, desde hace meses.
Teresa me había acompañado a renovar el contrato del local apenas 2 semanas antes. Recordaba que yo había detectado un error en el depósito de garantía.
Me pidió perdón por haber dudado.
—No te disculpes. Guarda sus mensajes y no discutas con él.
Ese mismo día cambié las cerraduras. El cerrajero retiró el cilindro y me entregó las llaves anteriores en una bolsita. Guardé también esa factura.
Esteban llegó mientras yo estaba con Patricia. Lo vimos desde la ventana intentando abrir.
Cuando llamó, contesté con el altavoz encendido.
—¿Cambiaste la chapa?
—Sí.
—Tengo que sacar unos papeles.
—Dime cuáles. Te los entregaré acompañado.
Hubo un silencio.
—Papá, no puedes tratarme como un delincuente.
—Tampoco tú podías dejarme sangrando en la cocina.
Colgó.
Patricia revisó después mi testamento. Mi hijo era el principal beneficiario. También revisamos las escrituras y lo que se había repartido cuando murió mi esposa. La parte de Esteban en aquella sucesión ya estaba resuelta; yo sólo decidiría sobre mis bienes.
Concertamos una cita con un notario.
No firmé nada aquella tarde. Primero pedí entender cada cambio, incluidos los trámites que debían hacerse directamente con el banco.
A los 3 días, mi hijo mandó una propuesta.
Necesitaba $900,000. Según él, con eso liquidaría sus deudas y dejaríamos “el asunto familiar” atrás.
Respondí que cualquier conversación sería en el despacho de Patricia.
Aceptó demasiado rápido.
Antes de la reunión, Teresa me envió los mensajes originales de Esteban. Había uno dirigido a Claudia que él había reenviado por error:
“Si mi tía confirma que anda mal, va a ser más fácil que firme”.
Lo llevé al despacho. Patricia lo leyó sin hacer comentarios.
A las 5 en punto, Esteban entró con Claudia y un abogado. Mi hijo colocó la carpeta vino sobre la mesa.
—Vamos a arreglar esto antes de que hagas algo que ya no puedas deshacer.
Patricia giró la computadora hacia ellos.
Quédate para la parte 3; todavía faltaba escuchar lo que dirían frente a las pruebas.
Parte 3
El abogado de Esteban se presentó como licenciado Barrera. Pidió conocer el propósito de la reunión antes de revisar cualquier documento.
Patricia señaló la carpeta que mi hijo había puesto sobre la mesa.
—Su cliente solicitó hablar de un préstamo. Antes necesitamos aclarar ciertos hechos y establecer cómo será el contacto con el señor Roberto.
—También queremos resolver lo de su atención —intervino Claudia—. Últimamente está muy susceptible.
Barrera levantó la mano para que lo dejara hablar.
Agradecí ese gesto. Por primera vez, alguien que venía con ellos parecía dispuesto a escucharme.
Esteban abrió la carpeta. Había una propuesta de préstamo y un borrador para otorgarle facultades sobre mis asuntos.
—Podemos garantizarlo con el local —dijo.
—¿Garantizar qué?
—Los $900,000. Así todo queda ordenado.
Tomé el documento sin acercármelo demasiado. Ya había aprendido a desconfiar de los papeles que mi hijo llamaba ayuda.
—¿Quieres que te preste dinero y además te dé poder para manejar mis bienes?
—Para evitar tantos trámites.
Dejé las hojas sobre la mesa.
—No voy a prestarte. Tampoco voy a firmar ese poder.
Esteban miró a Patricia.
—¿Esto fue idea suya?
—Fue mía —respondí—. Ella me está ayudando a hacerlo bien.
Claudia cruzó los brazos.
—Podríamos empezar por reconocer que todos dijimos cosas.
Saqué de mi bolsa la copia de los documentos médicos.
—Yo dije que no iba a seguir pagando apuestas. Él me rompió la nariz.
—Te fui a levantar y te moviste —dijo Esteban.
Patricia preguntó a Barrera si ya había visto la grabación.
El abogado volvió hacia mi hijo.
—¿Qué grabación?
Esteban apretó la mandíbula.
—Tiene cámaras por toda la casa.
—En las entradas y en la cocina —aclaré—. Tú lo sabes.
Patricia reprodujo el archivo completo desde unos minutos antes del golpe. No había música, acercamientos ni cortes para hacerlo más impresionante.
Se escuchaba el refrigerador. Yo aparecía guardando unas tortillas. Esteban entraba y preguntaba por la transferencia.
Ver aquella escena sentado frente a él me costó más de lo que esperaba. Metí las manos debajo de la mesa para que no notara cómo me temblaban.
Cuando llegó el golpe, Barrera bajó la mirada un instante. Claudia se quedó inmóvil.
Después se oyó su propia voz justificándolo.
Patricia detuvo el video al terminar.
—El original está preservado y fue ofrecido dentro de la investigación. También están los documentos médicos.
Mi hijo miró la pantalla apagada.
—No tenías por qué enseñárselo.
—Acabas de decir que me caí cuando intentabas ayudarme.
—Estaba enojado.
—Yo también. Y no te pegué.
Barrera pidió hablar a solas con ellos. Patricia señaló una sala contigua.
Mientras salían, Esteban intentó tocarme el hombro. Me aparté. No fue un movimiento grande, pero lo vio.
Me serví agua con ambas manos.
—Podemos terminar aquí —me dijo Patricia.
Negué con la cabeza. Faltaba la carta del banco.
Cuando regresaron, Esteban ya no llevaba la carpeta. La sostenía su abogado.
Patricia puso sobre la mesa la copia entregada por la sucursal.
—El señor Roberto desconoce esta firma. La documentación fue presentada antes de la agresión.
Claudia se inclinó para verla.
—Eso era para adelantar el trámite. En el banco dijeron que él tenía que ir.
—¿Quién preparó la carta? —preguntó Barrera.
Ella miró a Esteban.
Mi hijo se acomodó en la silla.
—No se movió un peso.
—Eso no responde la pregunta —dije.
Su abogado le pidió que no contestara hasta revisar el documento y hablar nuevamente en privado. No hubo una confesión espectacular. Tampoco la necesitaba.
La sucursal había registrado la gestión, conservaba documentación y había identificado a quien la presentó. La investigación tendría que establecer responsabilidades.
Yo quería dejar clara otra cosa.
—No vuelvan a presentarse en mi nombre.
Claudia abrió la boca, pero Barrera se adelantó.
—No habrá nuevas gestiones sin autorización expresa.
Entonces Patricia mostró los mensajes enviados a Teresa. Mi hermana había conservado la conversación en su teléfono y estaba dispuesta a explicar cómo los recibió.