La silla vacía

Relato de ficción.

Capítulo 1. El jueves

Los jueves hacía croquetas porque eran las favoritas de Diego.

Llevaba treinta y nueve años haciéndolas: primero para un niño que se comía la masa cruda a escondidas, después para un adolescente que llegaba tarde del instituto y ahora para un hombre que salía cansado de su turno en comisaría y todavía me daba un beso en la frente al entrar.

Aquel jueves las estaba friendo cuando se lo dije a Ramón.

—Quiero ir unos días a casa de Carmen.

Mi hermana vivía a dos horas en autobús. Hacía tres años que no dormía en su casa.

Ramón no levantó la vista del periódico.

—¿Para qué?

—Para estar con ella. Sola.

Entonces sí levantó la vista. La palabra «sola» siempre le había molestado más que cualquier otra.

—Tú no vas a ninguna parte.

Apagué el fuego. Dejé las croquetas en el plato, con su papel de cocina, como siempre. Me temblaban las manos, pero lo dije igual:

—Ya he comprado el billete.

No sé de dónde salió aquella frase. Llevaba el billete doblado en el bolsillo de la rebeca desde el martes, y todavía no me había atrevido a enseñárselo a nadie.

Ramón se levantó. Yo di un paso atrás, hacia el comedor. Él vino detrás.

Me agarró de los brazos, justo por encima de los codos, donde siempre apretaba, y me empujó.

Caí de espaldas sobre la silla del comedor. La de madera con reposabrazos, la que había sido de su madre. Me agarré al brazo de la silla para no resbalar al suelo.

Oí la llave en la cerradura.

La puerta se abrió y Diego se quedó quieto en el umbral, con la chaqueta todavía puesta y la bolsa del gimnasio en una mano.

Vio mi cara. Vio a su padre inclinado sobre mí.

Soltó la bolsa. Y sacó el arma.

Recuerdo el ruido de la bolsa al caer más que el del arma. Recuerdo que no apuntaba a nadie, que la llevaba hacia el suelo, y que le temblaba el brazo como me temblaban a mí las manos en la cocina.

—¡Apártate de ella!

Ramón me soltó. Dio un paso atrás, pero se quedó entre la puerta y yo. Como siempre. Entre la puerta y yo.

—¡Guarda eso! ¡Es mi casa!

—¡La has tirado!

Nunca había oído a mi hijo gritar así. Ni siquiera de niño, cuando se caía de la bici o cuando su padre le rompió el balón porque había dado contra la ventana.

Me levanté apoyándome en la silla. Me dolían los brazos. Pero no era eso lo que me daba miedo.

Me daba miedo la mano de mi hijo.

Un segundo. Solo hacía falta un segundo de rabia para que todo lo que yo había aguantado durante cuarenta y un años no hubiera servido para nada. Había aguantado para que él tuviera una vida. No podía dejar que la perdiera en mi comedor.

—Diego, baja el arma.

Me miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¡Si te dejo aquí, volverá a hacerlo!

Tenía razón. Los dos lo sabíamos.

Entonces Ramón se volvió hacia mí. Bajó la voz y la puso tranquila, amable, como la ponía cuando hablaba con los vecinos en el ascensor.

—Dile que fue un accidente.

Conocía esa frase mejor que mi propio nombre.

La había dicho en la consulta del médico. En la cocina de mi hermana. En la puerta del colegio, cuando la maestra de Diego me preguntó por el moratón de la muñeca. La había dicho tantas veces que ya no tenía que pensarla: salía sola, como el padrenuestro.

Abrí la boca para decirla.

Y no salió.

Miré a Ramón a los ojos. No bajé la mirada.

—No. Me has empujado.

Se quedó callado. Creo que en cuarenta y un años nunca me había visto así. Yo tampoco.

Di un paso hacia Diego. Luego otro. Pasé junto a Ramón sin tocarlo. Me quedé al lado de mi hijo, lejos de su mano.

—Bájala. Esta vez me voy contigo.

Diego bajó el brazo. Guardó el arma. Y se echó a llorar como cuando tenía ocho años.

Cuando salimos, Ramón seguía de pie junto a la silla vacía.

Las croquetas se quedaron en la cocina.

Capítulo 2. Cuarenta y un años de «sin querer»

Me casé con Ramón a los veinticuatro años. Era trabajador, formal y bailaba bien. Mi madre decía que era un hombre serio, y en aquella época eso sonaba a elogio.

La primera vez fue a los pocos meses de casarnos. Se me quemó el arroz y tiró el plato contra la pared. Después me abrazó, me dijo que estaba cansado del trabajo y que no volvería a pasar.

—Ha sido sin querer. Tú me pones nervioso.

Esa segunda frase tardé años en escucharla de verdad. La primera la repetí durante toda mi vida.

Ramón nunca me dio una paliza. Eso me decía a mí misma cuando veía las noticias. Aquellas mujeres de la televisión eran otra cosa. A mí solo me apretaba el brazo. Me empujaba contra el fregadero. Me cerraba la puerta en la cara. Me quitaba el monedero para «administrarlo mejor». Me decía qué ropa era «de vieja» y qué amigas eran «mala influencia».

Todo eso cabía dentro de «sin querer».

Diego creció en esa casa. Yo pensaba que no se daba cuenta. Las madres pensamos muchas tonterías para poder seguir.

Esa noche, en su coche, aparcados en la esquina de mi calle, me dijo algo que no sabía.

—A los doce años te oí llorar en el baño. Le pregunté a papá si te había hecho algo y me dijo que eras muy sensible. Y tú, al día siguiente, me dijiste que papá tenía mal carácter pero que era buena persona.

—Me acuerdo.

—Me hice policía por eso, mamá. Pensaba que si un día pasaba algo, yo sabría qué hacer.

Tenía las manos sobre el volante y no arrancaba.

—Y hoy no he sabido. He sacado el arma. Delante de ti. Podría haber…