Mis nietos, en cambio, no preguntaron nada raro. Solo querían saber si la abuela iba a seguir viniendo los domingos.
—Todos los domingos —les prometí.
Esa promesa sí pensaba cumplirla.

Capítulo 5. Una silla para mí
A los tres meses me mudé a un piso pequeño, cerca de Carmen.
Tiene una cocina estrecha, un baño con la ducha que gotea y una ventana que da a un parque donde por las tardes juegan los niños. Lo pago con mi pensión y con algo de ayuda de Diego, que al principio me daba vergüenza aceptar.
—Mamá, tú me diste de comer treinta años —me dijo—. Déjame devolverte tres meses.
Lo acepté. También eso lo estaba aprendiendo.
El primer día, antes de colgar las cortinas, fui a una tienda de muebles de segunda mano y compré una silla. Una sola. De madera, con reposabrazos. Parecida a la del comedor, pero no igual.
La puse junto a la ventana.
Me senté en ella y me quedé allí mucho rato, viendo a los niños del parque. Nadie me empujó. Nadie me dijo cuándo podía levantarme. Nadie me dijo que estaba confundida.
Lloré un poco. No de pena.
El expediente de Diego se resolvió meses después. Le pusieron una sanción y volvió a su puesto. El día que le devolvieron el arma vino a verme sin avisar.
—Hoy me la han devuelto.
—¿Y cómo te sientes?
Se sentó en el borde de la cama, porque la silla era mía.
—Pesa más que antes.
Pensé que era lo más sensato que había oído decir a un hombre de mi familia en toda mi vida.
Ramón sigue viviendo en la casa. Me dicen que ha vendido la silla del comedor. No sé si es verdad y no lo he preguntado.
Los jueves, Diego sigue viniendo a verme al salir del turno. Yo sigo haciendo croquetas. Él sigue dándome un beso en la frente.
Y cuando me pregunta en voz baja «¿Estás bien, mamá?», ya no le miento.
Algunos días le digo que sí. Otros le digo que no.
Y eso también es estar bien.
Durante cuarenta y un años llamé «accidente» a lo que me hacían. La primera verdad que dije en voz alta me costó una casa.
Pero me devolvió a mi hijo. Y me devolvió a mí.
