Su rostro quedó vacío.
Tomás añadió:
—Incluyendo el Hotel Gran Salcedo.
Patricia se puso de pie.
—¡Esto es fraude!
—No —respondió Tomás—. Su hijo contó con asesor independiente. Hay constancia de que se le recomendó leer cada cláusula.
Renata sonrió apenas.
—Él dijo que no tenía tiempo.
Yo miré a Alejandro.
Y, por primera vez, comprendí algo.
Su arrogancia había sido su firma.
—
Pero mi abuela aún no había terminado.
—Ahora viene la parte verdaderamente incómoda.
Patricia se giró.
—¿Qué más puede haber?
Renata miró a Marcela.
La ejecutiva abrió otra carpeta.
—Hace nueve meses detectamos movimientos irregulares relacionados con las cuentas personales del señor Ibarra.
Alejandro se puso rígido.
—Mis cuentas no son asunto suyo.
—Lo son cuando intentan usar activos de la señora Salcedo como respaldo.
Sentí que se me secaba la boca.
—¿Qué quiere decir?
Marcela deslizó varios estados de cuenta.
Había créditos.
Líneas de financiamiento.
Préstamos.
Empresas que no reconocía.
Montos enormes.
—Alejandro acumuló una deuda equivalente a cuarenta y dos millones de pesos —dijo.
Lo miré.
—¿Qué?
—Valeria…
—¿Cuarenta y dos millones?
Patricia intervino.
—Son inversiones.
Marcela negó.
—La mayoría corresponde a dos desarrollos inmobiliarios fallidos, una empresa de importaciones y operaciones especulativas.
La miré.
—¿Por eso necesitaban mi hotel?
Nadie respondió.
Entonces lo entendí.
No había sido improvisación.
No habían visto ciento cincuenta millones de dólares y enloquecido aquella noche.
Ya estaban desesperados antes.
Mi herencia solo les había parecido la solución perfecta.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Alejandro apretó los dientes.
—No dramatices.
—¿Desde cuándo estás endeudado?
—Podía resolverlo.
—¿Con mi hotel?
—Con una reestructuración familiar.
Me reí.
—¿Familiar?
Patricia se acercó.
—Valeria, entiende. Si Alejandro entraba a operaciones, podía usar parte del flujo del hotel para respaldar proyectos.
—¿Sin preguntarme?
—Tú eres su esposa.
—No soy su banco.
Patricia perdió finalmente la máscara.
—¡Todo lo que tienes existe porque naciste en la familia correcta!
La habitación quedó en silencio.
Di un paso hacia ella.
—Y todo lo que él perdió existe porque tomó decisiones equivocadas.
Alejandro me miró con odio.
—¿Vas a ponerte del lado de ella?
Señaló a mi abuela.
—Estoy del mío.
—
El divorcio comenzó esa misma semana.
Alejandro pasó de amenazarme a rogarme en cuarenta y ocho horas.
Primero mandó mensajes.
“Podemos arreglarlo.”
Después flores.
“Mi mamá exageró.”
Luego correos.
“Los dos dijimos cosas enojados.”
Cuando entendió que yo no iba a volver, cambió.
“Vas a arrepentirte.”
“Ese hotel también me corresponde.”
“Te voy a destruir en tribunales.”
Renata me mostró cada mensaje.
—Guárdalos.
—Ya no sé quién es.
Ella me miró.
—Sí sabes.
La frase dolió porque era cierta.
Quizá yo había pasado años enamorada más de lo que esperaba que Alejandro fuera que de lo que realmente era.
Mientras el divorcio avanzaba, empecé a trabajar en el Gran Salcedo.
El primer día llegué a las siete de la mañana.
El director general, Ernesto Cabrera, me recibió con cautela.
Era un hombre de sesenta años que llevaba media vida en la empresa.
—Señora Salcedo.
—Valeria, por favor.
—Su abuela me dijo que vendría.
—Quiero aprender.
Me observó.
—¿Quiere dirigir?
—Algún día, quizá.
—¿Y hoy?
—Hoy quiero escuchar.
Eso cambió su expresión.
Durante meses trabajé desde abajo.
Revisé reservas.
Costos.
Proveedores.
Experiencia de huéspedes.
Marketing.
Recursos humanos.
Me senté con camaristas, chefs, recepcionistas y gerentes.
Descubrí que sabía mucho más de lo que Patricia había logrado convencerme de que sabía.
Y también descubrí cuánto había perdido de mí misma durante mi matrimonio.
Un viernes, mientras revisábamos resultados, Ernesto cerró una carpeta.
—¿Puedo decirle algo?
—Claro.
—Su abuela sabía que usted podía hacer esto.
Sonreí.
—Parece que ella sabe demasiadas cosas.
Ernesto soltó una pequeña risa.
—Eso sí.
—
Tres meses después, Alejandro presentó una demanda alegando que el acuerdo prenupcial era inválido.
Perdió.
Después intentó argumentar que había contribuido al mantenimiento de la mansión.
Los registros mostraron que los pagos salían del fideicomiso.
Perdió.
Intentó reclamar participación indirecta en el hotel por “expectativa conyugal”.
El juez ni siquiera admitió el argumento.
Volvió a perder.
Pero Patricia no se rindió.
Fue ella quien cometió el error final.
Una tarde apareció en el Gran Salcedo.
Entró a mi oficina sin cita.
—Tenemos que hablar.
—No.
Cerré la carpeta que estaba leyendo.
—Puedes pedir una cita.
—Soy tu suegra.
—Por poco tiempo.
Su rostro se endureció.
—Alejandro está en una situación complicada.
—Lo sé.
—Podrías resolverla.
—También lo sé.
—Entonces hazlo.
Me quedé mirándola.
—¿Perdón?
—Tienes dinero de sobra.
—No tengo ninguna deuda con él.
Patricia se inclinó sobre mi escritorio.
—Te dio sus mejores años.
No pude evitar reír.
—Patricia, llevamos casados tres.
—Te dio posición.
—Mi apellido está en el edificio donde estamos paradas.
Eso la hizo temblar.
—Eres una malagradecida.
—No. Solo dejé de tener miedo.
Entonces dijo algo que no debía.
—Pues deberías tenerlo.