Su asistente.
La mujer que le mandaba mensajes después de medianoche. La que siempre encontraba una razón para llamarlo los domingos. La que, en la fiesta de la empresa, me había abrazado demasiado fuerte y me había dicho:
—Qué afortunada eres, Estela.
En aquel momento pensé que se refería a mi matrimonio.
Ahora comprendí que se estaba burlando de mí.
Me apoyé contra el coche.
Durante unos segundos sentí miedo.
Después el miedo desapareció.
En su lugar llegó una calma tan fría que hasta mi respiración cambió.
Marqué al banco.
—Soy Estela Ríos, titular principal —dije—. Necesito bloquear todas las tarjetas vinculadas a mis cuentas.
La ejecutiva tecleó algo.
—¿Incluidas las seis tarjetas negras?
Miré el edificio del aeropuerto.
—Especialmente esas.
—Señora, hay cargos pendientes por más de ochenta mil dólares.
—Rechácenlos.
—¿Desea reportar fraude?
—Sí.
—¿Por parte de quién?
Cerré los ojos.
—De mi esposo.
La siguiente llamada fue para la licenciada Marisol Ávila, una abogada de divorcios que había ayudado a una amiga años atrás.
Le expliqué lo esencial.
—No regreses a tu casa sin revisar tus cuentas —me dijo—. Cambia contraseñas, bloquea inversiones y descarga todos los movimientos.
—Mis suegros están ahí.
—Entonces no discutas con ellos. Documenta todo. Voy para allá.
Pasé casi dos horas en una cafetería del aeropuerto, revisando estados de cuenta.
Lo que encontré me dejó sin aire.
Durante siete años, Armando había transferido cantidades pequeñas de mis inversiones a empresas con nombres desconocidos. Algunas operaciones eran de cinco mil pesos. Otras de veinte mil. Ninguna parecía suficiente para llamar la atención.
Pero juntas sumaban más de ocho millones de pesos.
También había solicitudes de crédito con mi firma.
Una firma que yo jamás había puesto.
Y una póliza de seguro de vida.
Veinte millones de pesos en caso de mi muerte.
Armando figuraba como único beneficiario.
Llamé otra vez a Marisol.
—Esto ya no es solo un divorcio —dijo—. No borres nada. Voy con un notario y seguridad privada.
Cuando regresé a Saltillo, las maletas de mis suegros estaban en el recibidor.
Doña Silvia había colocado una caja de zapatos sobre mi consola de madera y había quitado la fotografía de mi abuela.
—¿Dónde está la foto? —pregunté.
—La guardé —respondió—. Esa señora siempre parecía estar juzgando a uno.
Entré a mi recámara.
Las cosas de Doña Silvia ocupaban la mitad del clóset. Su perfume flotaba sobre la cama. En el baño había cepillos, cremas y una bolsa con medicamentos.
—Tardaste demasiado —dijo desde la puerta—. Armando dejó instrucciones.
—¿Instrucciones?
—Sí. Yo manejaré la cocina y las compras. Horacio se encargará del jardín. Tú pagarás los gastos.
La miré fijamente.
—¿Y mi recámara?
—Nosotros necesitamos más espacio.
—¿Dónde esperabas que durmiera yo?
—El cuarto de visitas está bien.
—Ese cuarto no tiene baño.
—A tu edad ya no deberías ser tan delicada.
Me dieron ganas de gritar.
No lo hice.
Fui al recibidor, abrí el cajón inferior y saqué una carpeta de piel.
Adentro estaban las escrituras de la casa.
Las puse sobre la mesa del comedor.
Don Horacio entró detrás de nosotras.
Al ver la carpeta, palideció.
—¿Qué es eso? —preguntó Doña Silvia.
—Las escrituras.
—Armando dijo que la casa era de los dos.
—Armando mintió.
Don Horacio apretó su reloj.
—Estela… —murmuró.
—¿Sí, Don Horacio?
El hombre abrió la boca, pero antes de que pudiera decir algo sonó el timbre.
Doña Silvia frunció el ceño.
—¿Esperas a alguien?
—Sí.
Abrí la puerta.
La licenciada Marisol Ávila estaba afuera con un notario, dos agentes de seguridad privada y una carpeta gruesa.
—Señora Ríos —dijo—, necesitamos hablar.
Doña Silvia se acercó.
—Esta es una reunión familiar.
Marisol la miró de arriba abajo.
—Entonces qué bueno que están todos.
Entraron.
Uno de los agentes cerró la puerta.
Marisol puso un sobre manila sobre la mesa.
—La auditoría preliminar encontró transferencias, créditos falsificados y sociedades fantasma —explicó—. Pero también encontramos algo más.
—¿Qué cosa? —pregunté.
Marisol miró a Don Horacio.
—Una de las empresas utilizadas para mover el dinero aparece registrada a su nombre.
Doña Silvia giró la cabeza.
—¿Qué?
Don Horacio cerró los ojos.
—Se llama HM Consultores —continuó Marisol—. Fue creada hace doce años. El señor Horacio Mendoza figura como administrador único.
Doña Silvia le arrebató el reloj de bolsillo.
—¡Viejo inútil! ¿Tú ayudaste a Armando?
—No —dijo él.
—¡No me mientas!
Don Horacio temblaba.
—Yo no creé esa empresa.
—Su firma aparece en los documentos —dijo el notario.
—Está falsificada.
Doña Silvia levantó la mano para abofetearlo, pero yo le detuve la muñeca.
—En mi casa no.
Ella me miró con odio.
—Suéltame.
—Si vuelve a tocarlo, se va en este instante.
—¡Tú no sabes nada de esta familia!
Don Horacio soltó una risa amarga.
—Ese es el problema, Silvia. Estela sabe menos de lo que debería.
Todos nos quedamos inmóviles.