—La empresa está registrada a nombre de un prestanombres relacionado con usted.

—Mentira.

—Y los retiros terminaban en dos lugares.

Rafael levantó la vista.

—Sus cuentas.

Miró a Brenda.

—Y las de ella.

El dueño de Altavista Motors, un hombre de cabello blanco que estaba a unos metros, se acercó.

—Brenda.

Ella se quedó helada.

—Señor Villegas…

—¿Qué hiciste?

—Yo puedo explicar.

—Pues órale —dijo él—. Explica.

—

Derek me miró como si yo hubiera provocado un terremoto.

—¿Tú hiciste esto?

—No.

—¡Claro que sí!

—Yo sólo revisé mi propio dinero.

Los agentes se acercaron.

Derek se volvió hacia ellos.

—Esto es un malentendido.

Brenda intentó irse.

Uno de los agentes se interpuso.

—Necesitamos que ambos nos acompañen.

Derek explotó.

—¡Valeria!

Todo el salón volteó.

—¡Tú no tenías derecho!

Por primera vez no me encogí.

—¿A qué?

—¡A meterte en mis cuentas!

Sonreí tristemente.

—Qué raro.

Di un paso hacia él.

—Porque tú llevabas años metiéndote en las mías.

No respondió.

—Me quitaste tarjetas.

Otro paso.

—Revisaste mis compras.

—Valeria…

—Me aislaste de mis amigas.

—No hagas esto.

—Me dejaste tirada sin dinero para “enseñarme mi lugar”.

Mi voz no temblaba.

—Pues ya aprendí.

Derek tragó saliva.

—¿Qué aprendiste?

Lo miré de frente.

—Que mi lugar nunca fue debajo de ti.

Los agentes lo tomaron del brazo.

Y entonces Brenda gritó.

—¡Fue idea de él!

Derek se giró.

—¡Cállate!

—¡Tú dijiste que nadie revisaba esas cuentas!

—¡Brenda!

—¡Tú falsificaste las autorizaciones!

El salón estalló en murmullos.

Rafael levantó ligeramente una ceja.

—Excelente.

—¿Qué? —pregunté.

—Acaba de ahorrarnos varias horas de interrogatorio.

—

Pensé que ahí terminaba todo.

No.

Lo que pasó después fue peor.

O mejor.

Dependiendo de quién lo mirara.

Al día siguiente, la fiscalía revisó Altavista Motors.

Encontró facturas duplicadas.

Pagos falsos.

Lavado mediante compras y reventas de autos.

Derek llevaba casi cuatro años participando.

Brenda coordinaba la operación.

Y había otra cosa.

Una póliza de seguro.

A mi nombre.

Me enteré tres días después en la biblioteca de Catalina.

Rafael dejó el documento frente a mí.

—Quiero que leas esto sentada.

Lo hice.

Seguro de vida.

Asegurada: Valeria Mendoza.

Beneficiario: Derek Mendoza.

Monto: veinte millones de pesos.

Sentí que el mundo se volvió silencioso.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sabemos.

—¿Cuándo…?

—Hace siete meses.

Catalina dejó de mover los dedos sobre el bastón.

—¿La firma?

Rafael me miró.

—Falsificada.

Sentí náusea.

—¿Por qué veinte millones?

Rafael tardó demasiado en responder.

—Porque Derek declaró que tú participabas administrativamente en Altavista Motors.

Me reí.

Una risa seca.

—Soy bibliotecaria.

—Lo sé.

—Nunca he trabajado ahí.

—También lo sabemos.

Catalina se inclinó.

—Rafael.

—Hay algo más.

Me preparé.

No sirvió.

—Encontramos búsquedas en una computadora incautada.

—¿De Derek?

—Sí.

—¿Qué búsquedas?

Rafael deslizó una hoja.

“Accidente auto seguro vida.”

“Cuánto tarda pagar seguro muerte.”

“Medicamentos que provocan somnolencia.”

“Curvas peligrosas carretera Cuernavaca.”

Dejé caer el papel.

—No.

Catalina extendió la mano hasta encontrar la mía.

—Respira.

—Me iba a matar.

Nadie contestó.

Eso fue suficiente.

Me cubrí la cara.

—Me iba a matar.

Rafael habló despacio.

—No podemos afirmar todavía que hubiera un plan ejecutable.

—Pero…

—Pero sí hay indicios suficientes para investigar tentativa y fraude.

Entonces recordé algo.

La parada.

El coche.

La discusión.

Derek había insistido aquel día en que fuéramos a Cuernavaca a visitar a un cliente suyo.

Luego cambió de opinión a mitad del camino.

Y me dejó en un lugar que yo no conocía.

—Rafael…

—¿Qué?

—Ese día.

—¿Qué pasa con ese día?

—Íbamos rumbo a Cuernavaca.

Catalina apretó mi mano.

—¿Dónde te dejó?

Le dije lo poco que recordaba.

Rafael buscó en el mapa.

Después se quedó quieto.

—Valeria.

—¿Qué?

Giró la pantalla.

La parada estaba a unos kilómetros del acceso a una carretera secundaria.

La misma ruta que aparecía varias veces en el historial de búsquedas.

Me quedé helada.

—

El juicio tardó casi un año.

Derek negó todo al principio.

Luego culpó a Brenda.

Brenda culpó a Derek.

Los dos terminaron hundiéndose entre sí.

Los cargos financieros fueron sólidos.

El fraude de la póliza también.

Sobre la posible intención de matarme, la investigación fue más compleja.

Pero aparecieron mensajes.

Uno de Derek a Brenda decía:

“Cuando esto se resuelva, por fin vamos a poder empezar limpio.”

Ella respondió:

“¿Y si se arrepiente?”

Derek:

“No se va a arrepentir de nada.”

Nunca supimos exactamente hasta dónde habría llegado.

A veces pienso que es mejor así.

—

Me divorcié.

Recuperé el dinero que Derek había sacado de nuestra cuenta.

Mi mamá mejoró.

Volví a hablar con Lorena.

Regresé a la biblioteca.

Y algo inesperado ocurrió.

No renuncié a mi trabajo.

Todo el mundo suponía que Catalina iba a convertirme en heredera.

Que yo terminaría viviendo entre choferes y cenas de gala.

Pero no.

Me gustaba mi biblioteca.

Me gustaba el olor a papel.