Me grababa buscando mis lentes. Me grababa revisando cajones. Me grababa preguntando por una cita que ella misma había cambiado.
Un día escuché a la vecina, Doña Chelo, decirle a su hija por teléfono:
—Pobrecita la señora Valeria, dicen que ya anda caminando de madrugada como alma en pena.
Yo no caminaba de madrugada.
Renata movía cosas por la noche para que yo las encontrara fuera de lugar al amanecer.
Cuando se lo dije a Alejandro, él se sentó conmigo en el comedor, me tomó las manos y me habló como se habla con una niña.
—Mamá, híjole… eso que estás diciendo suena a confusión. Así empezó la abuela Isabel.
—Tu abuela Isabel jamás tuvo demencia.
—Eso creíamos al principio.
Y lo terrible fue que, poquito a poco, empecé a dudar de mí.
Hasta que encontré el estado de cuenta.
Trescientos sesenta y ocho mil pesos habían salido de mi cuenta de retiro. No una compra, no un pago, no un error. Una transferencia completa. Mi dinero. Lo que Mauricio y yo habíamos ahorrado durante décadas, peso por peso, dejando de viajar, remendando sillones, posponiendo gustos.
Llevé la hoja a la cocina. Renata estaba cortando papaya con una calma que me dio escalofríos.
—¿Qué hiciste con mi dinero?
Ella dejó el cuchillo sobre la tabla, cerró la puerta y giró el seguro.
—Está usted muy alterada.
—No me hables como si fuera tonta. Aquí dice que sacaron trescientos sesenta y ocho mil pesos.
—Eso pagó deudas de Mauricio.
—Mauricio no tenía deudas.
Ahí cambió su cara.
No fue un gesto grande. Solo se le apagó la sonrisa. Como si se hubiera quitado una máscara invisible.
—Usted no sabe todo de su marido, Valeria.
—Sé más que tú.
La cachetada me hizo escuchar un zumbido dentro del cráneo. Mis lentes salieron volando y cayeron al fregadero, entre platos con salsa verde. Me llevé la mano a la mejilla. La piel me ardía. Pero lo peor no fue el golpe.
Lo peor fue levantar la vista y ver a Alejandro en la puerta.
Él lo había visto todo.
—Dile que me pida perdón —susurré.
Mi hijo entró, recogió mis lentes rotos, los puso sobre la barra y dijo:
—No debiste provocarla, mamá.
Esas cinco palabras me rompieron algo que no ha vuelto a sanar.
Tres días después, un doctor que jamás me había tocado, ni mirado de cerca, ni preguntado por mi vida, me diagnosticó “deterioro cognitivo avanzado” durante una videollamada de siete minutos.
Al día siguiente, Alejandro solicitó tutela legal de emergencia.
Si el juez Ortega aprobaba la petición, Alejandro tendría control sobre mis cuentas, mi casa, mis doctores, mis tratamientos, mi pensión, mi testamento. Ya tenían elegida una residencia en Toluca, “muy bonita”, según Renata, “con jardines amplios y personal capacitado”.
Camila se enteró porque Doña Chelo, bendita sea esa vieja chismosa, la llamó desde su celular.
—Mijita, vente ya. A tu mamá la quieren encerrar.
Camila tomó el primer vuelo desde Monterrey. Llegó a mi casa con una maleta pequeña y una furia enorme. Discutió con Alejandro en el vestíbulo, bajo los azulejos de Talavera que Mauricio había escogido en Puebla.
—¿Cómo te atreviste a hacer esto sin avisarme?
—Tú no estás aquí, Camila. No sabes cómo está mamá.
—La que no sabe eres tú, carnal. O te haces.
Renata sonrió desde la escalera.
—Qué pena que vengas con esa actitud. Tu mamá necesita paz, no escándalos.
Camila quiso contestarle, pero yo le apreté el brazo. Para entonces ya había aprendido que Renata siempre estaba grabando.
En el juzgado, el abogado de Alejandro presentó documentos. Estados de cuenta. Recetas médicas. Videos míos buscando cosas. Una carta del doctor Samuel Price. Fotografías de supuestos accidentes domésticos.
Después llamaron al doctor.
Era un hombre delgado, con lentes caros y voz de comercial de seguros. Juró decir verdad y luego habló de mí como si yo fuera una silla rota.
—La señora presenta signos compatibles con deterioro cognitivo severo: desorientación, pérdida de objetos, confusión temporal, acusaciones persecutorias.
El abogado de Camila se puso de pie.
—Doctor, ¿la examinó usted en persona?
—No.
—¿Cuánto duró la videollamada?
—Alrededor de siete minutos.
—¿Considera suficiente una videollamada de siete minutos para recomendar que una mujer pierda sus derechos civiles?
El doctor tragó saliva.
—En conjunto con los reportes familiares, sí.
—¿Sabía que la hija de la señora Salazar solicitó una segunda valoración presencial?
—Sí.
—¿Y por qué no la realizó?
—Me pareció innecesaria.
Camila soltó una risa seca.
—No manches.
El juez la miró con advertencia.
Luego subió Renata.
Su llanto fue perfecto. Ni demasiado. Ni poco. Lágrimas finas, voz rota, pañuelo blanco.
—Yo dejé mi trabajo para cuidar a Valeria —dijo—. Sacrifiqué mi matrimonio, mi privacidad, mi paz. Pero ella se volvió hostil. Nos insulta. Me acusó de robar. Incluso me atacó.