El aro pasó el nudillo con una resistencia pequeña, casi dolorosa.
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Elena lo sostuvo entre dos dedos y lo dejó sobre la página abierta.
El metal golpeó el atril.
Gabriel extendió la mano hacia ella.
El violinista se colocó en medio.
—Hasta aquí, maestro.
Nuria llegó al lado de Elena y le ofreció el brazo sin tocarla todavía.
—¿Puedes caminar?
Elena asintió.
Tenía la mejilla caliente y un temblor extraño en las rodillas.
Gabriel buscó una cámara.
—Está pasando por una crisis. Necesita descansar.
Elena lo miró por encima del hombro del músico.
—Esta es la última vez que me tienes enfrente.
No esperó una respuesta.
Nuria la acompañó hacia el lateral del escenario, mientras alguien pedía que dejaran de grabar.
La funcionaria que debía celebrar el matrimonio salió de la sala interior.
Vio el anillo sobre la partitura y guardó los documentos.
Nadie había dado su consentimiento.
Todavía podían salir de allí sin que un papel las obligara a explicar aquella decisión.
Mateo avanzó dos pasos.
-Ella…
Elena se detuvo apenas.
Su padre tenía la cara gris y los dedos cerrados alrededor del respaldo de una silla.
Ella esperó que dijera algo sobre la música.
Él miró hacia Gabriel.
Ese movimiento terminó de apartarla.
Nuria eligió la puerta de la cocina.
Atravesaron un pasillo que olía a mantequilla caliente, azahar y detergente.
Una mesera sostuvo la puerta de servicio.
—Mi coche está afuera.
Se llamaba Celia y todavía llevaba puesto el mandil.
Elena quiso darle las gracias, pero al abrir la boca le ardió el labio.
Celia vio la pequeña mancha roja y dejó de buscar explicaciones.
En el asiento trasero, Nuria le acercó un pañuelo limpio.
Elena no lo puso sobre la mejilla.
Lo dobló sobre las piernas, una vez, otra vez, hasta que los bordes dejaron de coincidir.
El teléfono vibró.
Gabriel.
Vibró de nuevo.
Gabriel.
—Podemos ir a mi casa —dijo Nuria.
—Primero al hospital.
En urgencias, una médica le preguntó si quería que su amiga permaneciera durante la exploración.
Elena dijo que sí.
Le revisaron el labio, la mejilla y la marca que empezaba a aparecer sobre el brazo.
Cuando describió cómo la había sujetado, descubrió que todavía podía sentir sus dedos.
La médica dejó el bolígrafo.
—Voy a registrar lo que me cuentas y lo que encuentro.
Aquella frase le permitió respirar más profundamente.
No tenía que convencerla de que Gabriel era distinto fuera del escenario.
No tenía que contar las mañanas tranquilas para que el golpe mereciera atención.
Después acudieron a denunciar.
Elena dio nombres, señaló cámaras y pidió que conservaran las grabaciones de la finca.
Le costó pronunciar el nombre de Mateo como testigo.
Lo hizo de todos modos.
Ya de madrugada, Nuria consiguió localizar a una abogada que conocía.
Rebeca oyó el relato sin interrumpir y pidió copias del informe médico y del programa musical.
—Esta noche guarda los mensajes. Mañana decidiremos cuáles sirven.
Elena tenía diecinueve llamadas perdidas.
En uno de los audios, Gabriel hablaba con una voz casi dulce.
«No podemos destruirlo todo por un malentendido.»
Rebeca le indicó que no respondiera.
Después comunicó a su representante que cualquier asunto se trataría por medio de ella.
Elena bloqueó el número.
Durmió en la antigua habitación de Lucía, sobre el taller de pianos de su padre.
Nuria se quedó en una silla junto a la puerta.
Desde abajo llegaba el olor familiar de madera vieja y pegamento.
Elena llevaba años entrando allí sin sentir miedo.
Aquella noche se sentó en la cama con los zapatos puestos.
La pantalla del teléfono iluminó una fotografía de la boda.
Alguien ya había escrito que la novia había perdido el control.
En el video publicado por Armonía, Elena preguntaba, Gabriel se movía y después aparecía rodeado de invitados.
El golpe no estaba.
Nuria reprodujo el fragmento otra vez.
—Faltan segundos.
Elena contó los saltos con el dedo.
Siete.
Siete segundos bastaban para convertir una mano en una duda.
Rebeca recibió el enlace antes del amanecer.
También recibió un mensaje de Celia.
«Tengo otra grabación. No se ve todo, pero se escucha.»
Elena quiso llamarla inmediatamente.
Nuria le sujetó el teléfono con suavidad.
—Déjale a Rebeca organizarlo. Que nadie pueda decir que preparaste su declaración.
Abajo, Mateo abrió el taller a la hora de siempre.
Elena lo encontró trabajando sobre una tecla que no necesitaba reparación.
Puso el programa de la boda junto al banco.
—Tú reconociste la música.
Mateo mantuvo los ojos sobre el mecanismo.
—Tu hermana dejó muchas cosas sin terminar.
Elena sintió frío.
Gabriel había usado una frase parecida.
—No te pregunté si terminó. Te pregunté si la reconociste.
Su padre dejó la herramienta.
—Los recuerdos cambian.
—Los tuyos cambiaron antes de que yo hablara.
Mateo no respondió.
Elena subió al cuarto de Lucía y abrió el armario donde guardaba sus papeles.
Como restauradora, estaba acostumbrada a encontrar vidas enteras dentro de carpetas pequeñas.
Nunca le había pesado tanto levantar una tapa.
Encontró recibos, fotografías y once postales sujetas con una cinta azul.
Lucía las había enviado durante sus últimos meses de tratamiento.
En cada una había dibujado una ola.
Elena recordaba las bromas sobre el café del hospital y una enfermera que cantaba mientras cambiaba las sábanas.
Ahora vio números en los sobres.
Del uno al doce.
El último estaba vacío.
Nuria acomodó las postales sobre la cama.
—¿Ella te mandaba juegos así?
—Siempre quería que mirara dos veces.
Las olas tenían alturas distintas.
Al ordenarlas, algunas iniciales parecieron agruparse.
No formaban todavía una frase completa.
Elena encendió una lámpara y examinó el sobre vacío sin forzarlo.
Bajo la solapa había una línea de lápiz casi borrada.
Leyó despacio.
—Si las mareas vuelven bajo su nombre, busca detrás del fa sostenido.
Nuria dejó de mover las tarjetas.
—¿Qué significa?
Elena pensó en el piano vertical del taller.
Lucía llamaba fa rebelde a una tecla que tardaba en regresar.
Bajó al almacén.
Mateo apareció antes de que pudiera retirar la lona.
—Ese piano no se toca sin mí.