Elena soltó la tela.

—Entonces quédate.

—No entiendes lo que puedes encontrar.

—Ayúdame a entenderlo.

Su padre se apoyó en el marco.

Parecía demasiado cansado para seguir discutiendo.

Elena llamó a Rebeca antes de desmontar nada.

La abogada llegó con una cámara y bolsas adecuadas para conservar documentos.

Fotografiaron el instrumento, su posición y el estado del mecanismo.

Mateo identificó la tecla.

Sus manos, que podían afinar un piano entero sin vacilar, temblaron al retirar el frente.

Detrás del fa sostenido había un paquete estrecho.

Papel encerado, una cinta de carrete rota y varias hojas de carbón dobladas.

Elena no tocó la cinta.

Acercó la lámpara al papel.

Aparecieron pentagramas, correcciones y una frase en la letra inclinada de su hermana.

«La pausa no se rellena.»

Le faltó aire.

Aquella pausa había sonado en la boda.

—Ella sabía que alguien iba a quitarle esto —dijo.

Mateo se sentó en el banco.

No negó nada.

Rebeca le pidió que describiera por escrito cómo habían encontrado el paquete.

Él apartó la hoja.

—No voy a mentir.

Elena esperó.

—Pero todavía no puedo hablar.

Nuria la acompañó al patio.

Elena apoyó las manos sobre una pared tibia y cerró los ojos.

Su hermana llevaba catorce años muerta.

De pronto, su padre parecía custodiar algo más pesado que un recuerdo.

El teléfono vibró con un número desconocido.

«No confíes en las copias de la fundación. Revisa las fechas de acceso.»

Antes de que pudiera responder, llegó un correo de la hacienda.

La copia de seguridad de las cámaras ya no estaba allí.

Una persona de Armonía había retirado el soporte esa madrugada.

Rebeca pidió el registro de entrega.

—Que lo hayan retirado no significa que haya desaparecido. Necesitamos saber quién lo recibió.

Elena dejó el teléfono sobre la mesa.

Por primera vez comprendió que incluso el silencio podía organizarse.

La cinta quedó en manos de Amparo Sánchez, una técnica jubilada especializada en archivos sonoros.

Su pequeño estudio olía a plástico antiguo y café recién hecho.

Amparo examinó los extremos bajo una lupa.

—Se rompió al reproducirla. La deformación parece vieja.

—¿Puedes arreglarla?

—Puedo intentar recuperar el sonido. Demostrar de dónde viene llevará más trabajo.

Registró cada operación y conservó una copia de lo obtenido antes de limpiar el ruido.

Elena esperó dos días.

Al tercero, escuchó la respiración de su hermana detrás de un cristal.

No era una voz perfecta.

Había chasquidos, una interferencia y alguien moviendo una silla.

Pero Lucía tomaba aire del mismo modo antes de decir algo importante.

«Gabriel, puedes ayudarme a orquestarla, pero no puedes poner tu nombre en mi obra.»

Elena apretó las manos entre las rodillas.

La respuesta masculina llegó más baja.

Hablaba de estructura, oportunidades y la necesidad de un profesional.

Era Gabriel, más joven.

Amparo detuvo la reproducción.

Elena quiso que continuara.

—Primero necesito que entiendas algo. La cinta tiene una reparación.

—La estoy oyendo.

—Yo también. Eso no impide que alguien cuestione el fragmento.

Elena se levantó y caminó hasta la ventana.

Le costaba aceptar que la voz de Lucía no bastara.

Durante catorce años había deseado escucharla una vez más.

Ahora tenía que aprender a escucharla sin utilizarla demasiado pronto.

El mensaje anónimo terminó conduciéndolas a una cafetería frente a un conservatorio de Guadalajara.

Un muchacho esperaba con una carpeta sobre las piernas.

Iván tenía veinticuatro años y una beca de Armonía.

Había participado en la digitalización del archivo familiar.

—No te escribí desde mi teléfono —dijo—. Me dio miedo.

Elena se sentó frente a él.

—¿Qué has visto?

Iván abrió su carpeta.

Había correos, una prueba de composición y páginas de una obra publicada por Gabriel.

Señaló una transición irregular.

—Nos pide borradores completos. Después aparecen cosas nuestras en sus piezas.

—Un parecido necesita examinarse.

—Por eso traje lo mío. Lo que puedo enseñar sin meterme en archivos ajenos.

Nuria observó cómo apretaba las rodillas debajo de la mesa.

Elena cerró la carpeta un momento.

—No voy a pedirte contraseñas.

Iván levantó la vista.

—Todos los que preguntan quieren que consiga algo.

—Yo quiero que puedas seguir estudiando cuando esto termine.

El muchacho sonrió apenas.

—Eso depende de él.

La frase acompañó a Elena de regreso al taller.

En la puerta había un requerimiento de los abogados de Gabriel.

La acusaban de retener documentos y advertían que reclamarían daños si seguía atribuyendo la música a Lucía.

Adjuntaban fotografías de un camerino desordenado.

Elena jamás había entrado allí.

Rebeca pidió las imágenes originales y sus fechas.

No contestó con una entrevista.

Empezó una tabla.

Origen de cada documento, persona que lo había conservado y pregunta que podía responder.

Elena añadió las postales.

No demostraban toda la obra, pero alguien las había escrito antes de la boda.

Iván reunió a dos antiguos alumnos dispuestos a hablar en privado.

Clara, una violonchelista, llegó con un cuaderno lleno de tachaduras.

Gabriel había convertido un solo suyo en una pieza premiada.

Conservaba correos donde él le pedía completar secciones.

—Decía que todavía no estaba lista para defender mi trabajo.

—¿Y después?

Clara acarició el lomo del cuaderno.

—Después supe que estaba listo cuando llevaba su nombre.

Julián tenía sesenta y siete años.

Trajo una grabación doméstica y un contrato cuyos párrafos había subrayado tantas veces que el papel estaba adelgazado.

—Quiero recuperar mi música. También quiero conservar la casa donde vive mi esposa.

Elena no le prometió que ambas cosas serían fáciles.

Pidió permiso para que Rebeca estudiara el documento.

Un tercer compositor escuchó las preguntas sin sacar nada de su mochila.

Tenía una audición financiada por un patrocinador de Armonía.

—Si hablo, quizá consiga que me crean. Quizá también consiga que nunca me vuelvan a contratar.

Elena recordó sus dedos apretando la partitura.

Aquel hombre no tenía un escenario del que pudiera bajarse sin perder el sustento.

Volvió a casa y encontró a Mateo afinando el mismo piano.

Puso delante de él la transcripción de la cinta.

—Hay jóvenes pagando por tu silencio.

Su padre leyó la frase de Lucía.

Después vio el nombre de Iván.